PLÁCIDO DOMINGO: TRISTÁN, TARDE PERO SEGURO
Por Sebastián Spreng

En teoría, la ecuación es simple: si toda soprano dramática querría cantar Norma e Isolda, su equivalente tenor ansía cantar Otello y Tristán. En la práctica, quienes conquistaron ambas cumbres interpretativas se cuentan con los dedos de una mano.

Para el máximo Otello de su generación, el personaje wagneriano --tan agotador que se afirma causó la muerte al tenor que lo estrenó-- fue literalmente la obsesión de Plácido Domingo. El tenor más prolífico y versátil de nuestra era lo planeaba desde hacia décadas pero la oportunidad nunca llegaba, dejando en el camino a directores e Isoldas convocadas. Finalmente su sueño se ha hecho realidad en el estudio discográfico. La ocasión se tornó doblemente significativa cuando el sello EMI decidió terminar sus grabaciones en estudio --por conveniencia y rentabilidad que las en vivo-- ofreciéndoselo para cerrar el ciclo iniciado en 1952 coincidentemente por el primer Tristán integral para perpetuar la legendaria Isolda de Kirsten Flagstad dirigida por Furtwaengler.

A veces criticado por una aproximación algo generalizada a ciertos papeles, cuando de Wagner se trata Domingo sabe que enfrenta aguas peligrosas. No obstante --y disculpándole una pronunciación alemana no siempre perfecta-- ha sabido navegarlas como Lohengrin, Parsifal y Siegmund para contarse cómodamente entre sus más destacados exponentes. Premio a su constancia, rayando los 64 años, este Tristán lo muestra en asombroso estado vocal, con timbre bruñido, casi baritonal, sutilmente aclarado cuando debe y capaz de remontar los tremendos escollos del tercer acto. En el largo delirio del héroe, histriónica y vocalmente extenuante es prácticamente la gran ''escena de locura'' para tenor jamás compuesta, emerge triunfal. De un lirismo arrebatador y emocionante nobleza es, ante todo, un trabajo de amor donde refleja la experiencia de 40 años de trayectoria. Sin borrar el recuerdo del heroico Melchior o el titánico Vickers, el latino Domingo hace un Tristán tal como pedía Wagner: desde el belcanto, con sensualidad y lirismo mediterráneo. Mortalmente herido en cuerpo y alma, es humano y creíble.

A su lado, la radiante Nina Stemme sorprende como una de las mejores Isoldas grabadas desde su compatriota Birgit Nilsson, palabras mayores. Sin el inextinguible poderío vocal de aquélla, la joven Stemme es vibrante, cálida, aguerrida, básicamente lírica, musical e inteligente en el fraseo.

Dejando de lado la anécdota que en realidad el rey tenga 40 años y su sobrino Tristán 64, impacta el doliente, colosal rey Marke de Rene Pape. El máximo bajo alemán actual, tal como lo hizo en el Met, puede robarse el show en su monólogo.

Un punto por debajo la efectiva aunque algo lavada Brangania de Mihoko Fujimura así como el por momentos ''ladrado'' Kurwenal del ilustre Olaf Baer. Pudieron considerarse mejores opciones para cubrir estos roles fundamentales. En pequeños papeles, famosos redondean un elenco de lujo: Rolando Villazon, aparente sucesor de Domingo, e Ian Bostridge como marinero y pastor respectivamente.

Brillante Antonio Pappano liderando ''su'' magnifica Orquesta del Covent Garden. Sin la mística de Furtwaengler, la opulencia de Karajan, la reciedumbre de Bohm en Bayreuth y la imaginación de Carlos Kleiber --a quien se dedica el registro--, Pappano concibe una versión teatral, rotundamente lírica, volcánica y a la medida de sus cantantes. Todo un acontecimiento, digno broche de oro para la carrera del tenor y acorde con el glorioso legado del sello grabador. (Tristan und Isolde, EMI 7243 5 58006).

Simultáneamente, Naxos edita una versión desde el Teatro Real de Estocolmo (2004) exhibiendo el alto estándar de esa compañía bajo la inspirada dirección de Leif Segerstam. En comparación, el joven Tristán de Wolfgang Millgram tiene más vibrato que el veteranísimo Domingo y la alemana Hedwig Fassbender es una Isolda interesante aunque al límite de sus posibilidades vocales. A mitad de precio que la de EMI, es un buen aporte a la vasta discografía de la obra. (Tristan und Isolde, NAXOS 8.660152-54)

El pasado año la aclamada Isolda vienesa de Deborah Voigt motivó la edición completa dirigida por Thielemann (DG). Ahora, después de la intervención quirúrgica que fue noticia en todos los diarios del mundo, la máxima soprano dramática americana actual trae un excelente recital dedicado a compositores estadounidenses. Su nueva esbeltez parecería beneficiar el enfoque íntimo requerido cuando sabiamente achica su voz wagneriana para obtener óptimos resultados. El variado programa incluye canciones de la compositora pionera Amy Beach, Ives, Griffes, Bernstein y Ben Moore, nacido en 1960. (Deborah Voigt: All My Heart, EMI 7243-5-57964)

Precursor de Wagner, Carl Maria von Weber compuso Oberon para Londres en 1826. Llega la versión original en inglés y con instrumentos de período por el expertísimo John Eliot Gardiner que aporta su conocida frescura y transparencia al más disparatado de los libretos --inspirado en Sueño de una noche de verano-- y a las bellísimas arias de la última ópera del compositor. Un adecuado elenco encabezado por el ascendente Jonas Kaufmann y Hillevi Martinpelto conforman esta notable lectura equiparable a sus rivales en alemán de corte preferentemente más wagneriano. (Oberon, Philips 475 0503).

Para terminar, dos joyitas felizmente reeditadas. Apropiadísimo titulo y dúo de Las dos ilustres rivales (Mercadante) inicia este temerario recital de 1978 por las dos últimas grandes Prima-Donnas italianas: Mirella Freni y Renata Scotto. Dirigido anecdótica e impecablemente por sus maridos --Leone Maggiera y Lorenzo Anselmi-- las divas brindan una formidable lección de canto en duetos de Norma, Bianca e Fernando más una impagable Canzonetta sull'aria de Las bodas de Fígaro. Cuando un Mozart sonó tan exquisito, socarrón e idiomático?. (Freni & Scotto in duet; DECCA 475 6811).

Asimismo esencial es el recital de la entonces novel Frederica von Stade en arias de Mozart y Rossini. El secreto de la celebrada mezzo americana fue transferir su nata aristocracia mozartiana a Rossini y la pícara chispa rossiniana a Mozart. Desde su Rosina --presagiando cierto aire de la Condesa Almaviva, en la que pronto se convertirá-- a su célebre Cherubino considerado casi ''definitivo'', pasando por Cenicienta, Desdémona, Zerlina, Vitellia y su recordado Sesto brinda con limpidez y luminosidad a toda prueba una entrega irresistible. (PTC 5186-158)

FUENTE:
El Nuevo Herald, 25-IX-2005

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