[p. 153] Después
de excesivos trabajos, gastos enormes y numerosos ensayos, aunque
muy insuficientes aún, ha conseguido Ricardo Wágner
hacer oír algunas de sus composiciones en el Teatro Italiano.
Los fragmentos sacados de obras dramáticas pierden más
o menos con ejecutarse así, fuera del marco que les está
destinado; las oberturas e introducciones musicales, al contrario,
ganan con ello, porque se interpretan con más brillo y
pompa de lo que las interpretaría una orquesta corriente
de ópera, mucho menos nutrida y no tan ventajosamente preparada
como una orquesta de concierto.
Fácil era de prever el resultado del experimento intentado
en el público parisiense por el compositor alemán.
Cierto número de oyentes sin prevenciones ni preocupaciones
pronto ha reconocido las poderosas cualidades del artista y las
enfadosas tendencias de su sistema; un número mayor no
ha parecido ver en Wágner más que una voluntad violenta,
y en su música, un ruido fastidioso e irritante. Era interesante
observar el foyer del Teatro Italiano la noche del primer concierto:
todo eran enfados, gritos, discusiones que parecían siempre
a punto de degenerar en vías [p. 154] de hecho. En semejante
caso, el artista que ha provocado la emoción del público
querría verle ir más lejos aún y no le disgustaría
presenciar una lucha cuerpo a cuerpo entre sus partidarios y sus
detractores, siempre que vencieran los primeros. Victoria improbable
en esta sazón, ya que Dios ayuda siempre a los batallones
más numerosos. En tales casos es realmente prodigiosa la
cantidad de estupideces, absurdos y hasta mentiras que se dicen
y que demuestran evidentemente que, al menos entre nosotros, cuando
se trata de apreciar una música diferente de la música
callejera, la pasión y el prejuicio son los únicos
que toman la palabra e impiden que hablen el gusto y el sentido
común.
Es más: las prevenciones, favorable u hostiles, dictan
la mayoría de los juicios acerca de los maestros reconocidos
y consagrados. Este, aclamado como gran melodista, escribirá
algún día una obra totalmente desprovista de melodía,
y no por eso dejarán de admirarle por esa misma obra individuos
que la silbarían si llevase otro nombre. La grande, la
sublime, la arrebatadora obertura Eleonora, de Beethoven, pasa
para muchos críticos por una composición exenta
de melodía, aunque está llena de ella, aunque todo
canta, todo llora melodiosamente en el allegro como en el andante,
y los mismos jueces que la denigran aplauden y piden muy a menudo
la repetición de la obertura de Don Juan, de Mozart, en
donde no hay ni huellas de lo que llaman melodía; pero
¡es de Mozart, el gran melodista!...
Adoran, con razón, en esa misma ópera de Don Juan,
la sublime expresión de los sentimientos, de [p. 155] las
pasiones y de los caracteres; y cuando llega el allegro de la
última aria de doña Ana, ni uno solo de esos aristarcos
tan sensibles al parecer a la música expresiva, tan quisquillosos
en cuanto a los usos dramáticos, se extraña de las
abominables vocalizaciones que Mozart, impulsado por algún
demonio cuyo nombre permanece en el misterio, tuvo la desgracia
de dejar escapar de su pluma. La pobre doncella ultrajada exclama:
Quizás algún día se apiade de mí el
cielo. Y precisamente ahí colocó el compositor una
serie de notas agudas, vocalizadas, gorgoriteadas, punzantes,
juguetonas, que ni siquiera tienen el mérito de hacer que
se aplauda a la cantante. Si alguna vez hubiera habido en algún
sitio de Europa un público verdaderamente entendido y sensible,
este crimen (porque lo es) no habría quedado impune, y
el culpable allegro no hubiera subsistido en la partitura de Mozart.
Podría citar multitud de ejemplos parecidos para probar
que, salvo rarísimas excepciones, la música se juzga
solamente por prevención y bajo el imperio de las más
deplorables preocupaciones.
Esa será mi disculpa por la libertad que voy a tomarme
de hablar de Ricardo Wágner según mi sentimiento
personal y sin atender para nada las diversas opiniones emitidas
respecto de él.
Ha tenido el atrevimiento de componer el programa de su primera
velada exclusivamente de piezas de conjunto, coros o sinfonías.
Eso era ya un reto a las costumbres de nuestro público,
que, so pretexto de ser aficionado a la variedad, muéstrase
siempre dispuesto a manifestar el más ruidoso entusias-
[p. 156] mo por una canzoneta bien dicha, por una sosa cavatina
bien vocalizada, por un solo de violín bien movido en la
cuarta cuerda o por variaciones bien ejecutadas en cualquier instrumento
de viento, después de acoger honradamente, pero con frialdad,
alguna gran obra de genio. Ese público opina que el rey
y el pastor son iguales durante su vida.
Nada como hacer osadamente las cosas factibles. Wágner
acaba de demostrarlo; su programa, exento de golosinas que atraen
a los niños de cualquier edad en los festines musicales,
no ha dejado de escucharse con atención constante y vivísimo
interés.
Comenzaba con la obertura del Buque Fantasma, ópera en
dos actos, que yo vi representar en Dresde dirigida por el autor,
en 1841 [en realidad: 2.1.1843], y cuyo principal papel la representaba
la señora Schroeder-Devrient. Dicha pieza me produjo entonces
la misma impresión que me ha producido recientemente. Empieza
con un fulminante pleno de orquesta en que se cree reconocer ante
todo los bramidos de la tempestad, los gritos de los marineros,
los silbidos de las cuerdas y los tormentosos ruidos del mar embravecido.
Ese comienzo es magnífico; se apodera imperiosamente del
oyente y le entusiasma; pero como luego se emplea constantemente
el mismo procedimiento de composición, en que al trémolo
sucede el trémolo y las escalas cromáticas no tienen
más fin que otras escalas cromáticas, sin que un
solo rayo de sol penetre al través de esas sombrías
nubes cargadas de fluido eléctrico y que derraman sin tregua
ni fin sus torrentes, sin que el menor dibujo melodioso venga
a colorar tan negras armonías, la atención del auditorio
se cansa, se [p. 157] desanima y acaba por sucumbir. Ya se manifiesta
en dicha obertura, cuyo desarrollo me parece además excesivo,
la tendencia de Wágner y de su escuela a no tener en consideración
la sensación, a no ver más que la idea poética
o dramática que se quiere expresar, sin cuidarse de si
la expresión de esa idea obliga o no al compositor a salirse
de las condiciones musicales.
La obertura del Buque Fantasma está instrumentada vigorosamente,
y el autor ha sabido sacar, al principio, extraordinario partido
del acorde de quinta desnuda. Esta sonoridad así presentada
adquiere un aspecto extraño y salvaje que hace estremecerse.
La gran escena de Tanhauser (marcha y coro) es de un brillo y
una pompa soberbios, aumentados aún por la sonoridad especial
del tono si natural mayor. El ritmo, que nunca se ve lastimado
ni dificultado en su acción por la yuxtaposición
de otros ritmos de índole contraria, adquiere aspecto caballeresco,
arrogante, robusto. Sin ver la representación de esa escena,
se tiene la seguridad de que semejante música acompaña
los movimientos de hombres valientes y fuertess y cubiertos de
brillantes armaduras. Este fragmento contiene una melodía
claramente dibujada, elegante, pero poco original, que recuerda
por su forma, si no por su acento, un tema célebre de Freyschütz.
El último retorno de la frase vocal, a toda orquesta, es
aún más enérgico que todo cuanto le precede,
gracias a la intervención de un dibujo de los bajos que
ejecutan ocho notas por compás y contrastan con la parte
superior, que sólo deja oír dos o [p. 158] tres.
Ya hay algunas modulaciones algo duras y demasiado apretadas unas
contra otras, pero impónelas la orquesta con tal valentía,
con tal autoridad, que el oído las acepta al momento sin
resistencia. En resumen, hay que reconocer en esto una página
magistral, instrumentada, como todo lo demás, por una mano
hábil. Los instrumentos de viento y las voces están
animados de un soplo poderoso, y los violines, escritos con admirable
facilidad en lo alto de su escala, parecen lanzar al conjunto
deslumbradoras chispas.
La obertura de Tanhauser es en Alemania la pieza de orquesta más
popular de Wágner. En ella siguen dominando la fuerza y
la grandeza; pero, de la decisión previa del autor en esta
composición, resulta, para mí al menos, extremada
fatiga. Comienza por un andante maestoso, especie de coro de bello
carácter, que más adelante, hacia el final del allegro,
reaparece acompañado en lo alto por un obstinado disparo
de violines. El tema de este allegro, compuesto sólo de
dos compases, es poco interesante en sí. Los desarrollos
a que luego sirve de pretexto están, como en la obertura
del Buque Fantasma, erizados de escalas cromáticas, de
modulaciones y armonías de extraordinaria dureza. Cuando,
al fin, reaparece el coral, como este tema es lento y de considerable
extensión, el rasgueado de los violines que debe acompañarle
hasta el fin se repite necesariamente con una persistencia terrible
para el oyente. Ya se ha oído veinticuatro veces en el
andante; se oye ciento diez y ocho en la peroración del
allegro. Este dibujo tan obstinado o, mejor di- [p. 159] cho,
tan encarnizado, figura, pues, en junto ciento cuarenta y dos
veces a la obertura. ¿No es demasiado? Vuelve a reaparecer
con frecuencia en el curso de la ópera, lo cual me induciría
a suponer que el autor le atribuye un sentido expresivo relacionado
con la acción, sentido que yo no adivino.
Los fragmentos de Lohengrin brillan por cualidades más
salientes que las obras anteriores. Me parece que aquí
hay más novedad que en Tanhauser; la introducción
o preludio, que hace veces de obertura en esta ópera, es
una invención de Wágner del más arrobador
efecto. Podría darse una idea de él hablando a los
ojos con esta figura <>. Es en realidad un inmenso crescendo
lento que, después de haber llegado al último grado
de fuerza sonora, sigue la progresión inversa, volviendo
al punto de partida, y acaba en un murmullo armonioso casi imperceptible.
No sé las relaciones que existen entre esta forma de obertura
y la idea dramática de la ópera; pero, sin preocuparme
de esta cuestión y considerando el fragmento como una pieza
sinfónica nada más, la encuentro de todo punto admirable.
Verdad es que no hay frase propiamente dicha, pero sus encadenamientos
armónicos son melodiosos, encantadores, y el interés
no decae un solo instante, a pesar de la lentitud del crescendo
y de la del diminuendo. Añadiré que es una maravilla
de instrumentación tanto en los matices suaves como en
el colorido estrepitoso, y que hacia el final se observa un bajo
que va subiendo diatónicamente, en tanto que las demás
partes bajan, idea que es muy ingeniosa. Por lo demás,
esta hermosa pieza no contiene durezas de ninguna clase; es tan
suave y ar- [p. 160] moniosa como grande, potente y retumbante:
para mí, es una obra maestra.
La gran marcha en sol que abre el segundo acto ha producido en
París, como en Alemania, una verdadera conmoción,
no obstante la vaguedad de la idea al principio y la fría
indecisión del pasaje episódico del medio. Esos
compases incoloros en que el autor parece andar a tientas, buscar
el camino, no son sino una preparación para llegar a una
idea formidable, irresistible, en la que se debe ver el verdadero
tema de la marcha. Una frase de cuatro compases, repetida dos
veces subiendo una tercia, constituye el vehemente período,
al cual quizás no se encontrase en música nada comparable
por el grandioso arranque, por la fuerza y el brillo, y que, lanzado
por los instrumentos de metal al unísono, convierte los
acentos fuertes (do, mi, sol) que empiezan las tres frases en
otros tantos cañonazos para el oyente.
Creo que el efecto sería aún más extraordinario
si el autor hubiera evitado conflictos de sonidos como los que
se tienen que sufrir en la segunda frase, en que la cuarta inversión
del acorde de novena mayor y el retraso de la quinta por la sexta,
producen disonancias dobles, que mucha gente (y yo entre ella)
no puede soportar ahí. Esa marcha trae el coro a dos tiempos
(Freulich geführt zichet dahin), que apena hallar ahí,
por la pequeñez de su estilo, que hasta me atrevería
a calificar de infantil. Su efecto fué tanto más
pobre en el auditorio de la sala Ventadour, cuanto que los primeros
compases recuerdan un mísero trozo de las Dos Noches, de
Boildieu: "¡Hermosa noche, hermosa fiesta!", introducido
en las zarzuelas, y que en París conoce todo el mundo.
[p. 161] No he hablado todavía de la introducción
instrumental de la última ópera de Wágner:
Tristán e Iseo. Es singular que el autor la haya hecho
ejecutar en el mismo concierto que la introducción de Lohengrin,
por cuanto ha seguido el mismo plan en una que en otra. Vuelve
a tratarse de una pieza lenta, que comienza pianissimo, se eleva
poco a poco hasta el fortissimo y desciende de nuevo al matiz
de su punto de partida, sin más tema que una especie de
gemido cromático, pero lleno de acordes disonantes cuya
crueldad acrecientan aún largas apoyaturas que reemplazan
a la nota real de la armonía.
He leído y releído esa página extraña;
la he escuchado con la más profunda atención y con
vivos deseos de descubrir su significado; pero debo confesar que
aun no tengo la menor idea de lo que ha querido hacer el autor.
Esta sincera crónica hace resaltar bastante las grandes
cualidades musicales de Wágner. Creo que debemos deducir
de ahí que posee esa rara intensidad de sentimiento, ese
ardor interior, ese poder de voluntad y esa fe que subyugan, emocionan
y entusiasman; pero que esas cualidades tendrían mucho
más brillo si estuvieran acompañadas de más
invención, de menos rebuscamiento y de una apreciación
más exacta de ciertos elementos constitutivos del arte.
Eso, en cuanto a la práctica.
Examinemos ahora las teorías que dicen ser las de su escuela,
escuela generalmente llamada hoy de la "música de
lo por venir", porque se la supone en directa oposición
con el gusto musical de la época presente, y, por lo contrario,
se la cree segura [p. 162] de hallarse en perfecta concordancia
con el de una época futura.
Respecto de este punto, en Alemania y otras partes me han atribuído
opiniones que no son las mías; por consiguiente, han solido
dirigirme alabanzas en las cuales podía ver ofensas verdaderas;
pero siempre he guardado silencio. Hoy, obligado a explicarme
categóricamente, ¿puedo seguir callando, o debo
hacer una profesión de fe engañosa? Supongo que
nadie será de esta opinión.
Hablemos, pues, y hablemos con entera franqueza. Si la escuela
de lo por venir dice lo siguiente:
«La música, hoy día en la fuerza de su juventud,
está emancipada, es libre: hace lo que se le antoja.
»Muchas reglas viejas ya no corren; las dictaron observadores
poco atentos o espíritus rutinarios, para otros espíritus
rutinarios.
»Nuevas necesidades del espíritu, del corazón
y del sentido del oído imponen tentativas nuevas, y aun,
en ciertos casos, la infracción de las leyes antiguas.
»Hay varias formas ya demasiado gastadas para que puedan
seguir admitiéndose.
»Por lo demás, todo es bueno o todo es malo, según
el uso que de ello se hace y la razón que trae ese uso.
»En su unión con el drama, o sólo con la palabra
cantada, la música debe estar siempre en razón directa
con el sentimiento expresado por la palabra, con el carácter
del personaje que canta, y a veces hasta con el acento y las inflexiones
vocales que parecen ser las más naturales del lenguaje
hablado.
»Las óperas no han de escribirse para los can- [p.
163] tantes; al contrario, los cantantes deben formarse para las
óperas.
»Las obras escritas únicamente para hacer que brillen
las facultades de ciertos virtuosos no pueden ser más que
composiciones secundarias y de bastante escaso valor.
»Los ejecutantes no son sino instrumentos más o menos
inteligentes destinados a poner en claro la forma y el sentido
íntimo de las obras: ha concluído su despotismo.
»El maestro sigue siendo el maestro: a él le toca
mandar.
»El sonido y la sonoridad están por debajo de la
idea.
»La idea está por debajo del sentimiento y de la
pasión.
»Las largas vocalizaciones rápidas, los adornos del
canto, el trino vocal, una multitud de ritmos son inconciliables
con la expresión de la mayoría de los sentimientos
verdaderos, nobles y profundos.
»Por consiguiente, es insensato escribir un Kyrie eleison
(la oración más humilde de la Iglesia católica)
notas que se parecen extraordinariamente al vocerío de
una cudrilla de borrachos sentados en un taberna.
»Tal vez no lo sea menos el aplicar la misma música
a una invocación a Baal por idólatras y a la oración
dirigida a Jehová por los hijos de Israel.
»Aun es más odioso coger una criatura ideal, hija
del más grande de los poetas, un ángel de pureza
y de amor, y hacerle cantar como a una mujerzuela, etc, etc.»
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
[p. 164] Si es ése el código musical de la música
de lo por venir, somos de esa escuela, le pertenecemos en cuerpo
y alma, con la más profunda convicción y la más
calurosa simpatía.
Pero todos lo son: hoy día cada cual profesa más
o menos francamente esa doctrina, en todo o en parte. ¿Hay
algún gran maestro que no escriba lo que quiere? ¿Quién
cree, pues, en la infalibilidad de las reglas escolásticas,
sino algunos infelices tímidos a quienes espantaría
la sombra de su nariz, si la tuvieran?...
Diré más: hace mucho tiempo que así sucede.
En ese sentido, el mismo Gluck perteneció a la escuela
de lo por venir: en su famoso prefacio de Alcestes dice:
No existe niguna regla que yo no haya creído sacrificar
gustoso en favor del efecto
¿Y qué fué Beethoven si no el más
atrevido de todos los músicos conocidos, el más
independiente, el más impaciente de todo freno? Y aun mucho
tiempo antes de Beethoven, Gluck había admitido el uso
de las teclas superiores (notas de tono agudo) que no entran en
la armonía y producen dobles y triples disonancias. Supo
sacar efectos sublimes de ese atrevimiento, en la introducción
de la escena de los infiernos de Orfeo, en un coro de Ifigenia
en Aulida y, sobre todo, en este pasaje del aria inmortal de Ifigenia
en Táuride:
Mezclad a mis gemidos vuestros lastimeros gritos
Otro tanto ha hecho Auber en la tarantela de la [p. 165] Muda.
¿Y qué libertades no se tomó asimismo Gluck
con el ritmo? ¿No se burló Méndelsohn, que,
sin embargo, por clásico de la escuela de lo por venir,
no se burló, repito, de la unidad tonal, en su hermosa
obertura Athalia, que empieza en fa y termina en re mayor; lo
mismo que Gluck, que comienza en mi menor un coro de Ifigenia
en Táuride para acabarlo en la menor?
Luego, por este concepto, todos somos de la escuela de lo por
venir.
Pero si esta viene a decirnos:
«Hay que hacer lo contrario de lo que indican las reglas.
»Estamos hartos de melodía, hartos de dibujos melódicos;
estamos hartos de arias, dúos, tríos, de piezas
cuyo tema se desenvuelve regularmente; estamos saciados de armonías
consonantes, de disonancias simples, preparadas y resueltas; de
modulaciones naturales arregladas con arte.
»No hay que atender más que a la idea, sin hacer
el menor caso de la sensación.
»Hay que despreciar el oído, fruslería despreciable;
hay que maltratarlo para dominarlo: la música no tiene
por objeto complacerle. Es menester que se acostumbre a todo,
a las series de séptimas disminuídas, ascendentes
o descendentes, semejantes a un grupo de serpientes que se tuercen
y se desgarran unas a otras silbando; a las triples disonancias
sin preparación ni resolución; a las partes intermedias
a que se obliga a ir juntas sin que se acuerden ni por armonía
ni por el ritmo y que se desuellan mutuamente; a las modulaciones
atroces, que introducen [p. 166] una tonalidad en un rincón
de la orquesta antes de que haya salido del otro la precedente.
»No hay que estimar en nada el arte del canto, ni pensar
en su naturaleza ni en sus exigencias.
»En una ópera, hay que limitarse a anotar la declamación,
aunque se hubieren de emplear los intervalos más incontables,
los más feos y ridículos.
»No hay ninguna diferencia que establecer entre la música
destinada a ser leída por un músico tranquilamente
sentado ante su pupitre y la que debe cantar de memoria, en escena,
un artista obligado a cuidarse a un mismo tiempo de su acción
dramática y de la de los demás actores.
»No hay que preocuparse nunca de las posibilidades de la
ejecución.
»Si para retener un papel, para metérselo en la voz,
tienen tanto trabajo los cantores como para aprender de memoria
una página de sánscrito o para tragarse un puñado
de cáscaras de nuez, peor para ellos; les pagan por trabajar:
son esclavos.
»Las hechiceras de Macbeth tienen razón: lo bello
es horrible; lo horrible bello».
Si es así esa religión, novísima, en efecto,
estoy muy lejos de profesarla; no la he profesado nunca, no la
profeso ni la profesaré jamás.
Levanto la mano y lo juro: Non credo.
Al contrario, creo firmemente que lo bello no es horrible ni lo
horrible bello. Sin duda no es el objeto de la música agradar
al oído; pero mil veces menos lo es desagradarle, atormentarle,
asesinarle.
Soy de carne como todos; quiero que se tengan [p. 167] en cuenta
mis sensaciones, que se trate con consideración a mi oído,
a esa fruslería.
Fruslería, si se quiere; pero mi fruslería me es
cara.
Así, pues, responderé imperturbablemente en esta
ocasión lo que contesté una vez a una señora
de gran corazón y de gran talento, a quien sedujo un tanto
la idea de la libertad en el arte, llebada hasta lo absurdo. Decíame
la tal señora, a propósito de una pieza en que se
habían empleado medios cencerriles y acerca de la cual
absteníame de emitir mi opinión: -Sin embargo, eso
debe de gustar a usted... -Sí, me gusta, como me gustaría
comer arsénico o beber vitriolo...-
El mismo cumplimiento me dirigió más tarde un cantor
célebre, a quien se cita como uno de los más ardientes
antagonistas de la música de lo por venir. Ha escrito una
ópera que contiene una escena importante en la que la chusma
judía insulta a un cautivo. Para producir mejor el efecto
de la gritería popular, el realista compositor ha escrito
una orquesta y un coro tumultuosos, en continuas discordancias.
Encantado de su noble audacia, el autor abrió un día
su partitura por el lugar de la cacofonía y me dijo, aunque
sin malicia, lo reconozco: "Tengo que enseñarle a
usted esta escena, que le ha de gustar". Nada contesté,
ni menté siquiera el vitriolo y el arsénico; pero
puesto que hoy hablo y que aun no se me ha olvidado el singular
cumplido, le diré:
«No, querido D***, no ha de gustarme; al contrario, me disgusta
horriblemente. Al tratarme de [p. 168] realista que cencerrea
me ha calumniado usted. Según dicen, ahora se pronuncia
usted contra Wágner y sus adeptos, que tienen más
derecho a clasificarle entre los serpentones de la música
de lo por venir, a usted, el músico italiano en sus tres
cuartas partes, capaz y culpable de tal horror, que usted a incluirme
aunque sea entre las águilas de esa escuela, a mí,
el músico en sus tres cuartas partes alemán que
nunca he escrito nada semejante; no, nunca jamás, y le
desafío a que me pruebe lo contrario. Vamos, invite usted
a uno de sus condiscípulos; mande traer copas de cobre
oxidado, escancie vitriolo y beba; que yo prefiero agua, aunque
esté tibia, o una ópera de Cimarosa».
FUENTE:
LA MÚSICA Y LOS MÚSICOS, H. Berlioz
Sociedad General de Publicaciones. Barcelona, s. a.
Versión española de José M Borras