En 1948 Wagner escribe el primer esbozo del Anillo, en su primer título ‘La Muerte de Sigfrido’, poco antes acababa de terminar Lohengrin (1845-48) donde ya se trataba el tema del Graal y se situaba la acción en Brabante, y ese mismo año terminaba un esbozo de una obra que no acabó: ‘Federico I Barbarroja’. Unos años más tarde empezó el esbozo de Parsifal, aunque luego lo dejó muchos años sin tratar.... así dicho todo parece simplemente una serie de hechos sin conexión, o sin más conexión que ser obras de Wagner. Y sin embargo hay una estrecha relación entre estos hechos, una relación muy poco conocida y que realmente es sorprendente, sobre la que no tendríamos pruebas ni sería posible de convencer al lector, muchas veces acostumbrado a relaciones extravagantes y conclusiones sin más base que las ganas de originalidad del estudioso, si no fuera porque el propio Wagner nos dejó escrita la clave de su relación en un escrito de esa misma fecha, titulado “Los Wibelungen”, en el verano de 1848.
En ese año, y los anteriores, Wagner estaba dedicado al estudio de los temas ligados a la mitología germana, “yo buscaba ser un maestro en este tema”, no un experto científico sino estar suficientemente impregnado del espíritu de los antiguos germanos. Las conclusiones de sus estudios las describe en este texto, que no es un texto de historia sino de sentimiento, una interpretación personal de los conocimientos mitológicos e históricos de los pueblos germanos. Las conclusiones que saca Wagner son sorprendentes y explican muchas cosas de la génesis de estas cuatro obras en sus inicios. Por supuesto no hemos de olvidar que en 1854 Wagner descubre a Schopenhauer y en esa misma fecha escribirá ‘Opera y Drama’, su pensamiento se centra, analiza definitivamente el por que del drama y el uso del argumento, ha encontrado el motivo y la dirección final para sus Dramas, y todo va a cambiar sobre el uso del drama histórico y la mitología tal como lo veía en 1848. Ya nada será igual y el Anillo o Parsifal no será ya un tema orientado por el mismo pensamiento que tenía en 1848. Pero volvamos a 1848 y las conclusiones de Wagner en ese momento sobre sus lecturas y trabajos de concepción del drama global que llamaremos ‘gibelino’ y que le llevó a concebir en su esencia mitológica estas 4 ideas tan diversas: Lohengrin, El Anillo de los Nibelungos, Federico I Barbarroja y Parsifal. No es lo importante la realidad de las leyendas y su significación, sino que para Wagner se mostraba como una poética realidad mística, una realidad esencial e ideal que le inspiró parte de su obra.
La idea central del texto de Wagner es el estudio de las raices de una ‘realeza primigénita’, encontrar el rastro de ese concepto de ‘rey’ como jefe tanto político como religioso de un Clan, de una estirpe, el Rey-Sacerdote, el sentimiento de los pueblos de identidad ligada a una estirpe y a la Naturaleza misma. Ese sentimiento que encuentra en los pueblos indoeuropeos del Caucaso asiático, de donde emigran los clanes germano-arios hacia Europa. Y siguiendo estos clanes se encuentra con los Francos, situados en los que ahora es Bélgica, “donde bajo el nombre de Wibelinen, un reino primitivo elevó sus pretensiones hasta aspirar al Imperio del mundo”. Siempre los dirigentes de ese pueblo salieron de la misma familia o estirpe. La historia-leyenda nos recuerda como de este linaje se llega al dirigente mítico-histórico de Clodio, quien derrota a los romanos y genera la gran idea del Imperio de ‘Nibergau’ (el Pais de las Nieblas, literalmente, allí en el país franco, al norte de la Francia actual.
La leyenda es para Wagner el reflejo de una realidad anterior sublimada en la poesía popular. En los grandes grupos de leyendas primitivas hay siempre una Idea anterior y luego su encarnación en una realidad, que sublimada produce la leyenda. La idea anterior en este caso, primitiva, es la lucha solar, el Sol, el combate de lo solar contra el Dragón, contra la Cueva, la Noche. La lucha eterna y cíclica de vida y muerte. Similar a la idea de la lucha de Apolo (dios del Sol) y la serpiente Phyton en la mitología griega. Y esto se encarna en el héroe, en un Siegfried, un Clodio, una estirpe de héroes, los Welsa... o los Wibelinen... Nibelingen, los habitantes de la Niebla.. Cuando los Wibelinen derrotan a los romanos, al Dragón, toman su tesoro y aspiran al dominio del mundo que les pertenece de la misma forma que le pertenecía a Siegfried. Los francos, el pueblo Nibelungo ya, para Wagner son Nibelungos en cuanto ya ha tomado conciencia de su Tesoro Ideal y su destino, dominan a los clanes germanos ‘alemanes’, bávaros, turingios, sajones... eliminan sus familias reales y los hacen dependientes. Es la estirpe que llega a Carlomagno. En los mitos nórdicos también encuentra Wagner el Nifelheim, País de las Nieblas, y la referencia al Niflungar, los Nibelungos, pero allí convertidos en hijos de la niebla, mineros e hijos de la Tierra.
Clodio al derrotar al Dragón, al romano, al imperio ‘de la otra estirpe’, de la oscuridad, toma el Tesoro, quizás las insignias imperiales romanas, no tanto en su valor físico como espiritual. La leyenda cuenta que al morir Clodio sus hijos, excepto uno, menores aun, quedaban al cuidado de su primo Merwig, del clan Merwegau, ligados lógicamente por sangre con Clodio y la estirpe real Wibelinen. Este primo mata a los hijos de Clodio y le sucede, apropiándose del Tesoro, es el origen del nombre de los Merovingios. Pero un hijo de Clodio sobrevive, y apoyado por el pueblo volverá su estirpe con los ‘Pepinos’ (nombre popular cariñoso que le dio el pueblo, pues su triunfo posterior se debió al apoyo popular), tornando así la raiz primigénita que llegará a Carlomagno. Wagner nos recuerda que en una de las leyendas de los Nibelungos, Siegfried de Morungen (de Merwegau, de la estirpe merovingia), cuando conquista el Tesoro de los Nibelungos, se niega a compartirlo con los hijos de los Nibelungos como había prometido y se lo queda. Sea como sea, llegamos a una estirpe de raiz primigénita, los Wibelinos, los Nibelungos, dominadores del Tesoro Ideal, seguros de sus derechos sobre el mundo, héroes e imperiales, que logran ese sentimiento de imperio de Carlomagno, con el Tesoro de Carlomagno, que fue famoso en su tiempo. Wagner dedica un capítulo a exponer como en las leyendas francas se reclama para el clan franco el origen troyano, se consideran continuadores de Príamo, en un intento de recordar el origen lejano, oriental, de la Ciudad Sagrada inicial del Clan. En todo momento la estirpe Carolingea se siente ‘descendiente’ de esa Tierra ideal primitiva.
Wagner encuentra una leyenda germana de la estirpe ‘Welfe’, palabra que viene a significar ‘alimentado por la madre’, por las lobas maternas, y en si indica ‘hijo de verdadera madre’. Este clan suavo se niega a aceptar la investidura real de manos de la estirpe franca de Carlomagno, negándose pues a aceptar su dependencia. Es el rebelde contra el Nibelungen, contra el Imperio. Cuando más tarde, ya en la época histórica llegó el Imperio a las tierras italianas, como ya veremos, los italianos pronunciaron los nombres alemanes de la forma que nos han llegado a nuestro lenguaje actual: Welfe por Guelfos, Wibelinen por Gibelinos. Palabras con un significado similar al de la leyenda, pero con connotaciones que veremos seguidamente cuando entendamos como evolucionó históricamente la leyenda inicial franca y el imperio ideal carolingio, cuyo origen Nibelungo ha tratado de basar Wagner con sus estudios en las leyendas francas y germanas.
La aparición en las estirpes alemanas de una
recuperación moral y física frente a los
carolingios se inicia con Conrad de Franconia, y se realiza
mediante matrimonios de sangre con la estirpe carolingia, hasta
que Otto I logra la conquista ‘unitaria’ de los
clanes alemanes. Conrad el Salico, de estirpe carolingia, y
Lothar de Sajonia hacen que el papel carolingio, gibelino,
Nibelungo, pase a las estirpes sajonas, alemanas, creando el
deseo de continuar el Imperio carolingio. Desde el principio los
descendientes nibelungos, ahora alemanes, tienen una
aspiración ‘romana’, intentando en todo
momento ese Imperio Romano (Sacro)-Germano....
Espiritual-Imperial, Iglesia-Estado a la vez. Federico I es
descendiente directo de esa saga Nibelunga, de esas estirpes
reales primigénitas de aspiración imperial en el
sentido Gibelino-Nibelungo. Lleva en su sangre la idea de realeza
primitiva: el Rey-Sacerdote. El Papa debe ser el primer
funcionario del Imperio, un delegado del Rey-Sacerdote para las
cuestiones de Culto, ese Supremo Sacerdote que ya existía
en el Imperio Romano, pero siempre al servicio del
Emperador-Dios. La vida de Federico I fue siempre una lucha para
este ideal: Primero tuvo que vencer o pactar con los Guelfos
alemanes, independentistas, aislacionistas, unir a Alemania.
Luego dominar a los pueblos vecinos que amenazaban el Imperio,
los húngaros, polacos y daneses. Logrado todo ello, se
vió con fuerza para abordar sus dos problemas principales:
Integrar la Iglesia de Roma en el Imperio, y segundo obtener el
Tesoro, el Mito, alcanzar aquello que podía suponer vencer
de nuevo al Dragón y lograr basar de nuevo el Mito del
Nibelungo de forma que su Imperio fuera una vez más el
primigénito ideal del Wibelinen.... la búsqueda del
Rey-Sacerdote, convertido esta vez en el Reino del Graal. Contra
Federico I se encontraban 3 enemigos:
- Los Güelfos alemanes, los que veían en el Imperio
la sucesión del dominio franco-carolingio, y por tanto un
atentado a su individualismo. Aunque vencidos e integrados,
siempre hubieron pequeñas revueltas güelfas en
Alemania.
- La Iglesia de Roma, que trataba de lograr el mismo objetivo que
Federico I pero al revés, sin sentido Político ni
étnico-nacional: lograr el poder del Supremo-Sacerdote
sobre el poder imperial. Y su arma principal: la
excomunión y el fomento de la rebelión contra el
Emperador excomulgado. Federico logró fuertes victorias e
influencia en Roma sobre el poder papal, pero no logró
convencerlo de su destino imperial.
- Los Güelfos lombardos italianos, con Milán a la
cabeza, opuestos al Imperio por su tradición de
‘ciudad’ frente al de Clan y Casta natural. Ciudades
independientes, sin tradición de Imperio, de unidad, de
destino común.
Siempre el enemigo del Imperio es el individualismo, el poder que
se desea personal, desligado de la Comunidad Étnica, del
sentido Natural que la pertenencia a la estirpe
Nibelunga-Carolingia daba como algo asentado en la leyenda y el
pasado, por derecho divino. Wagner ve en Federico I el gran
continuador de las estirpes primigénitas unidas a la
leyenda, con conciencia de Leyenda, de destino sacro y no solo
temporal, material. La derrota militar de Federico frente a la
liga lombarda significó un punto aparte en la aventura
italiana del Emperador, pero no su derrota final ni la
pérdida de una buena parte del poder.
Para Wagner una vez el Tesoro carolingio desaparece en su faceta ‘física’, histórica, el Imperio busca ese Tesoro Ideal que necesita para ser Nibelungo, para ser Héroe. El Tesoro se encarna en la Idea del Graal, la idea de un Reino primigénito situado allí en Oriente (en realidad cuando Wagner más tarde lo situará en la España musulmana sigue esa idea de ‘Oriente’ pero cercano y accesible a los Caballeros franco-alemanes del Graal), donde un Rey-Sacerdote, Amfortas, reina en paz y perfección, es el Imperio perfecto, con el Graal, el Tesoro Ideal. Tesoro que ahora se había perdido y estaba en manos del Dragón del Islam, que dormía en Tierra Santa sobre ese Tesoro. Wagner encuentra entre esas leyendas la del Caballero del Graal que tras realizar grandes prodigios desaparece cuando se le busca su origen y estirpe. Y eso debe pasar, así es lo lógico, en la tierra del Nibelgau, en Brabante, alli donde era la cuna de la estirpe Carolingia.... es el entroncamiento con Lohengrin. En realidad Enrique el Pajarero es uno de los antecesores de esa estirpe de Imperiales Nibelungos- Wibelinen que culmina con Federico I. Federico I reune en Maguncia a todo el Imperio, pacta la paz con los Lombardos y los perdona de su rebeldía, se reconcilia con los Güelfos y trata de convencer a Roma con su plan ideal: la Cruzada del Graal, la conquista del nuevo Tesoro Nibelungo. Con ello pretende cumplir su destino nibelungo, ser el Rey-Sacerdote, matar al Dragón y disponer del Tesoro, el Graal que le dará el poder en Roma también. Reune un tremendo ejército, derrota a los islámicos en Asia y cuando está a punto de lograr su objetivo... se ahoga en un rio...su cuerpo nunca se encuentra y la leyenda del Graal se expande por Europa en boca de una serie de leyendas graalicas.
La estirpe sigue con Federico II pero muere, mejor, se extermina, acaba como estirpe, al ser ejecutado en Nápoles Konrad, el último descendiente de esa estirpe, a los 16 años, a manos de Carlos de Anjou, un Capeto, que, como indica muy bien Wagner, es el prototipo de las nuevas monarquías alejadas ya totalmente de la raiz primigénita, las monarquías no carolingias, las monarquías del Poder temporal sin deseo, raiz ni voluntad superior a lo material. Los Capetos, salidos de la nada, sin antecesores, sin estirpe, sin hilo con la Tradición, sin el Tesoro ideal, buscan solo la Propiedad, el poder, el dinero. El Tesoro Ideal se convierte en la Propiedad personal. De esta forma Wagner nos enlaza su Ideal de la estirpe Nibelunga, mucho más allá del Anillo, una red que empieza en el Nibelungo, sigue en el Gibelino Federico I y termina en el Graal de Lohengrin y Parsifal, el Rey-Sacerdote en el Reino Ideal. Un texto de Wagner realmente poco conocido y que nos da como su propia conclusión que en adelante el Tesoro Ideal queda ya para siempre en manos solo de los poetas y trobadores, del arte sensible... en el canto de Wagner.