En un principio, Wagner concibió
“Los Maestros Cantores de Nuremberg” como la pareja o la contrapartida
de “Tannhäuser”. Un primer texto quedó ya listo en 1845 en
Marienbad, apenas terminado “Tannhäuser”. Como Wagner mismo explicó
más tarde, al acabar de componer el torneo dramático de los
caballeros medievales del segundo acto, sintió la necesidad acuciante
de pasar de un extremo a otro y convertir este torneo poético en
una competición desatinada, rebosante de gozo y alegría.
Algo parecido a lo que sucedía en la tragedia griega, en que una
vez terminada era necesario interpretar una “comedia-sátira”.
Pero transcurrieron largos
años antes de que el compositor Wagner recogiera los versos del
poeta Wagner. Y probablemente esto no ocurrió por casualidad, pues
fue en París en el instante en que se vio obligado a retocar su
“Tannhäuser” para el estreno en esa ciudad, el cual acabó con
el enorme escándalo de todos conocido.
Abandonando París, Wagner
partió hacia Karlsruhe, Viena, Zurich, Nuremberg... Viajaba casi
sin pausa. Pero la decisión de componer “Los maestros cantores”
iba fortaleciéndose cada vez más.
A finales de año Wagner
se encuentra de nuevo en París. En una carta dirigida a Mathilde
Wesendonck (21 diciembre 1861, París, c/Voltaire, 19) escribe:
«Y eso me condujo de
nuevo a Nuremberg donde había estado un día el verano pasado.
¡Cuántas cosas hermosas se pueden ver allí! Sentí
como un eco en mi interior, como una Obertura para los “Maestros Cantores
de Nuremberg”».
Poco a poco, retoca el texto
original. El personaje central de la obra es Hans Sachs, zapatero-poeta
(1494-1576) residente en Nuremberg, que había escrito cánticos
de la “nueva religión luterana” y numerosos poemas y farsas y a
quien sus contemporáneos respetaban vivamente. El resultado es la
primera y última ópera cómica de Wagner y la segunda
y también última que transcurre en un entorno burgués.
Es, asimismo, la primera y única vez en que el Wagner teórico
contradice al compositor al no extraer el texto de los mitos y leyendas
(el propio “Tannhäuser” se nutre de la leyenda y “El holandés
errante” es un antiguo relato de marineros). Y es que los mitos, las sagas
y los cuentos no resultan apropiados para la recreación cómica
ola risa desbordante. Los “héroes” de esta ópera son zapateros,
panaderos, sastres, orfebres y sus respectivas familias. La contradicción
de Wagner es intencionada. El mito eterno-humano es trágico, lo
cotidiano puede ser cómico y lleno de alegría. Wagner sabe
muy bien que la vida es trágica y que lo cómico no puede
proceder más que de actitudes convencionales. Mime, abyecto, egoísta
y codicioso resulta espantoso en las circunstancias que nos lo describen;
Beckmesser, también codicioso, malo, egoísta y, sobre todo,
más mal bicho, se nos aparece profundamente ridículo.
Pero los personajes de Wagner,
ya sean mujeres, hombres, héroes, dioses o simples burgueses no
actuarán nunca “en parte” sino que siempre, en todas las ocasiones
reaccionan “por completo”. Su bondad, su maldad son totales, integrales,
sin que se conviertan jamás en “figuras de papel”. Poseen caracteres
completos y extremos, igual que el propio Wagner.
La heroína es Eva Pogner,
hija del vecino de Hans Sachs, convertida por voluntad de su padre en “el
primer premio” para el ganador del “Meistersing” (canción del maestro).
El concurso tendrá lugar el día de San Juan Bautista en el
transcurso de las correspondientes festividades. Al levantarse el telón,
Eva se encuentra en el interior de una Iglesia donde siguiendo la nueva
religión se celebra el servicio divino.
El personaje de Eva en escena es “el perfecto imposible”. Eva ocasiona los mismos problemas que el personaje de Julieta en Shakespeare. Un director de escena resumía así el problema: «Cuando una actriz de talento llega a atesorar la práctica y la rutina suficiente en su profesión, ha sobrepasado ya tres veces la auténtica edad de la verdadera Julieta».
Y Wagner exige todavía más. Además de hacerle representar bien una comedia, debe cantar y no cualquier cosa ni de cualquier manera. Por todo ello resulta difícil imaginarse la verdad: la silueta de Eva, medio chiquilla, medio mujer. Todavía es un poco infantil, entre 15 y 16 años, la mujer-niña en el sentido real, no como esas bellezas histéricas de las novelas de finales del siglo XX. El estado infantil de Eva no es el de total irresponsabilidad sino todo lo contrario. Eva es seria como corresponde a una joven que ha crecido sin la presencia de una madre en compañía de otra chiquilla. Pues no olvidemos que Pogner, que es viudo y debe a menudo ausentarse por motivos profesionales, encontró otra pequeña huérfana muy poco mayor que su propia hija. Esta (Magdalena) cuenta tan sólo cinco o seis años más que Eva. Claro está que en esta época las jóvenes se casaban en edad temprana. Una muchacha de 20-21 años no casada ya era una solterona.
Sus relaciones son muy buenas.
Eso ya se ve desde el primer momento. «Lo he olvidado, lo has olvidado»,
el juego de las dos jovencitas para distraer la atención de los
demás y poder prolongar un poco más su conversación
con Walther y David. Y así la ópera comienza con dos ingenuidades
juveniles. Una: que la fiesta del día siguiente queda aún
muy lejos y tal vez se podría persuadir al padre Pogner para que
cambiara su decisión. Dos: David será muy capaz de enseñar
a Walther todas las reglas durante los siguientes diez minutos. Cuando
se es
joven el tiempo es del todo
impreciso. Su amor se inflama espontáneamente, con toda franqueza.
Es ardiente, puro y profundamente sincero, como la joven misma, como son
siempre maravillosos los primeros amores.
El segundo acto transcurre durante la noche de San Juan. Mientras en escena se van desarrollando los acontecimientos alegres y cómicos, Eva empieza a madurar lentamente. Llega con su padre y le responde como una buena hija: «Una niña educada sólo habla cuando le preguntan».
Pero su personalidad femenina está empezando a despertar: su amor, su porvenir, lo que le ocurra de ahora en adelante, dependen exclusivamente de ella. Se halla necesitada de consejo. Además, su amiga Lena le transmite dos noticias: una es el fracaso de Walther y la segunda la intención de Beckmesser de ofrecerle una serenata. Eva sabe positivamente que el “Herr Stadtschreiber” se siente interesado por el dinero de su padre y que, aunque ella es joven y su carita hermosa, esto no constituye más que un agradable “a más a más”. De pronto se acuerda de alguien que siempre le ha prestado su ayuda, que se lo ha enseñado todo, que la ha consolado en cualquier ocasión, que le ha hecho pasar ratos divertidos explicándole cuentos y entonándole canciones. Se trata de su vecino: Hans Sachs ¿En cuántas ocasiones han pasado juntos ratos agradables? ¿Cuántas veces le ha secado sus lágrimas de niña?.
Sale de casa a su encuentro.
Está allí; trabajando, canturreando, sonriendo. Comienzan
a bromear pero el zapatero-poeta desbarata sus pillas intenciones infantiles.
El diálogo es agradable, alegre, divertido pero la joven percibe
que detrás de las palabras se esconde un sueño no confesado,
un dolor intenso. Es este sentimiento oculto y trágico el que hace
madurar y transforma a la chiquilla en una jovencita. Y poco después,
cuando Walther llega, ya la encuentra dispuesta a escaparse pues tiene
miedo de hacerle daño a Hans Sachs. Con la intervención
de Beckmesser, que el zapatero se encarga de convertir en ridícula,
la “chiquilla Eva” desaparece definitivamente y la joven adivina el verdadero
sentido de la canción “humorístico-bíblica” y sufre
en consecuencia. Durante este intervalo empieza a ser consciente del primer
deber de una mujer: como contener a un futuro marido considerablemente
impulsivo.
El ensueño de la noche
de San Juan finaliza con una risa homérica para los espectadores,
mientras que para Eva constituye una angustiosa incertidumbre.
Con el amanecer soleado que
precede a la fiesta, la vida torna a comenzar en el pequeño taller
de Hans Sachs.
El zapatero desecha un sueño,
ayuda a escribir un “Meistersing” a Walther y regala este mismo poema a
Beckmesser. Cuando Eva hace su aparición llena de ansiedad, el combate
interno ha cesado en el alma serena de Hans Sachs. Y la joven que ya no
sabe discernir si los zapatos le quedan anchos o estrechos, no puede y
no quiere engañar al amigo. Confiesa que de no existir Walther,
se convertiría con agrado en la esposa de Hans Sachs, pues le considera
como su “padre espiritual” y su mejor amigo.
Wagner no había creado
más que otras dos jovencitas (Elisabeth y Elsa) revestidas de tanta
delicadeza, tan amables dulces y sensibles, ingenuas pero al mismo tiempo
valientes y fuertes en su propia fragilidad. Mientras las otras dos (Elisabeth
y Elsa) se nos aparecen ya desde el primer momento con el carácter
formado, Eva lo va adquiriendo ante nuestros ojos.
Cuando los habitantes de Nuremberg
se reúnen para celebrarla fiesta, Hans Sachs lleva a buen término
con facilidad cuanto se había propuesto y alcanza la victoria. Es
la bondad de Hans Sachs la que abre la puerta de la felicidad a Eva y Walther.
Pero es Eva quien presiente
que el verdadero maestro, el verdadero poeta, ese es Hans Sachs. No le
ofrece la corona de maestro-cantor como compensación a cambio de
su amor sino que se la entrega porque es el más grande, el que conoce
y sigue la reglas pero, al mismo tiempo, comprende las nuevas tendencias
y es capaz de reconciliarlas a ambas. El último gesto de Eva es
el de la glorificación del arte intemporal.
¿Hasta qué punto
es esto cierto? Hace algunos años, regresando de Bayreuth, hice
una pequeña parada en Nuremberg. El hotel en el que me alojaba se
encuentra a unos 200 metros de la Iglesia de Santa Catalina, desprovista
de techo en la actualidad pero que se utiliza como sala de conciertos.
Aquí pude asistir a un “Festival Hans Sachs”. Se representaban cuatro
piezas cortas de Hans Sachs acompañadas de temas populares. Se trataba
de graciosas y divertidas farsas, desprovistas de toda vulgaridad. Estas
cortas piezas guardaban la divertida huella de un gran poeta aunque el
idioma había sido un tanto modernizado. Estoy convencida de que
si el escenario no me hubiera cautivado, como así fue, y hubiese
alzado la mirada al oscuro cielo sobre nuestras cabezas, habría
podido distinguir las sonrisas de Eva, Walther y Hans Sachs. A la mañana
siguiente, antes de proseguir mi viaje, deposité una rosa blanca
ante la estatua del zapatero-poeta.
• Bibliografía
- Antal Molnár: Wagner
Breviárium. Budapest, Dante Editorial, sin fecha.
- Richard Wagner a Mathilde
Wesendonk. Trad. G.Khnopff. Ed.Parution, 1986.
- Martin Gregor-Dellin: Richard
Wagner au jour le jour. Ed.Idées/Gallimard, 1976.
- Cartas francesas de Richard
Wagner, recogidas y publicadas por Julien Tiersot. Ed. B. Grasset, 1935.