El año en que “Tannhäuser” aparece de nuevo en Bayreuth nos hace recordar una vez más las célebres representaciones de 1861 en París. De los que en aquellos días participaron en los desafortunados hechos probablemente sólo sobrevive una persona, la hija adoptiva de Malwida von Meysenburg: Olga Monod-Herzen, que en aquellos momentos era una niña de diez años. Junto a la “Idealista” vivió los días de alborozada espera y más tarde la amarga decepción sufrida por el grupo de amigos que rodeaba a Wagner, y guarda todavía en su memoria el recuerdo de uno de los momentos más memorables de su vida. A menudo habla sobre este suceso y logra que, a pesar de las siete décadas transcurridas, las tumultuosas noches de aquel mes de marzo aparezcan vivas ante nuestros ojos.
En aquella primavera de 1861,
Malwida von Meysenbug (1), la fiel amiga de Bayreuth, publicó en
el Daily News un verídico relato de lo ocurrido en París,
y se dio el curioso caso que al regresar a Inglaterra, Karl
Klindworth, le habló en términos elogiosos del articulo
ignorando que ella era la autora. Pero para nosotros es mucho más
auténtico lo que sobre el caso escribe al final de sus “Memorias
de una Idealista”. No creo que ningún otro relato de la suerte que
corrió “Tannhäuser” sea tan interesante y exacto como éste.
Inicialmente estaba previsto
que se obtendría un gran éxito. En el primer ensayo de la
obra completa, tras el precioso sexteto en el cual los “Minnesänger”
saludan al recobrado Tannhäuser, la orquesta se puso en pie como tributo
de admiración hacia el compositor. Pero las buenas perspectivas
se esfumaron rápidamente. De manera encubierta se infiltraron el
rechazo, la envidia y la intriga. Los que desencadenaron las protestas
fueron los jóvenes señores del Jockey-Club parisién
que tomaron como una afrenta que el ballet se diera en el primer acto.
Así, ellos fueron los que prepararon todo el complot.
Dejemos que hable Malwida:
«Los señores cometieron
la vileza de armarse con silbatos para hacer patentes sus profundos conocimientos
artísticos. Los nubarrones que anunciaban tormenta eran cada vez
más densos. Inquieta me dirigí al ensayo general acompañada
de Olga porqué quería que empezase a amar el arte en una
de sus formas más bellas y excelsas. El ensayo transcurrió
sin problemas. El numeroso público estaba formado en gran parte
por amigos, entre ellos la princesa Metternich que dio grandes muestras
de agrado. Para mí la noche fue un verdadero paraíso porque
por fin logré lo que durante tanto tiempo había soñado;
a pesar de que la representación tuvo algunos fallos que seguramente
disgustaron a Wagner, en cambio hubo cosas muy bellas, como por ejemplo
la Elisabeth de la Sachs, pero el ambiente que se respiraba confirmó
mis temores. La pequeña Olga captó, como yo había
deseado, el encanto de la obra, permaneció sentada, quieta, embelesada,
sin dar muestras de cansancio a pesar de lo tarde que terminó el
ensayo. Al salir me encontré con Wagner que estaba esperando a su
esposa. Lo vi disgustado, insatisfecho, su rostro reflejaba la poca seguridad
que tenía de que esta representación saliera victoriosa de
la lucha que se preparaba. Pasó un día de tensa espera y
al fm llegó el momento decisivo. La obertura y el primer cuadro
pasaron sin problemas; a pesar de la antiwagneriana idea de la danza de
los dioses en el Venusberg y de los tutús rosa de las tres Gracias,
respiré aliviada y confié en que mis temores no se hicieran
realidad. Pero cuando en escena se pasó de la licenciosa bacanal
subterránea a la virginal serenidad matutina del boscoso valle de
Turingia y resonó la melodiosa dulzaina y el canto del pastor, en
la sala estalló de repente la acometida tan bien preparada. Los
gritos y los silbidos fueron tan ensordecedores que tuvo que interrumpirse
la obra, naturalmente los amigos y el público que quería
escucharla también gritaron defendiendo sus derechos y como este
grupo era el más numeroso logró imponerse al resto y la representación
pudo continuar. Los cantantes no se arredraron ante el escándalo
y continuaron su trabajo de la mejor manera posible. Pero la calma duró
poco, el barullo empezó de nuevo. Los oponentes mantuvieron su superioridad,
por lo cual la representación pudo llegar hasta el final. Pero la
obra había sido tan fragmentada que hasta los mejor predispuestos
no lograron hacerse una idea correcta de su contenido. Soy incapaz de explicar
en que grado de irritación me hallaba y puedo asegurar que el resto
del público que había pretendido disfrutar de la velada se
hallaba en la misma situación.
«Pocos días después hice una visita a Wagner. Lo encontré indignado pero sereno. Hasta la prensa, que se enzarzó en unas violentas discusiones, reconoció que durante la accidentada representación Wagner había conservado la calma. El Maestro estaba decidido a retirar la partitura ya que creía que con semejante público era imposible que la obra triunfase. El grupo de amigos que lo acompañábamos opinábamos lo contrario, queríamos un segundo intento para lograr el éxito esperado. Nuestra exaltación no nos permitía ver que justo en aquel momento la cosa era impensable.
«Así llegó la segunda representación. Ambos bandos se habían preparado a conciencia. La batalla fue mucho más violenta que la primera vez. Yo me encontraba en un palco en compañía de la esposa de Wagner. A nuestro lado un grupo de franceses organizaron un tremendo escándalo con sus gritos y sus silbidos. Estaba tan indignada que al fin no pude contener mi cólera y grité en francés: “¿Ustedes son los que pretenden dictar al mundo lo que estéticamente es correcto? Lo que ustedes son es una pandilla de golfos callejeros sin la más mínima educación que les permita respetar a los que quieren escuchar la obra en paz”. Grité con tanta fuerza que la señora Wagner me dijo asustada: “¡Dios mío! ¡Es usted demasiado valiente, ésto puede crearle problemas!” Pero yo no pensaba en nada, sólo en mi rabia y en el desprecio que tal público merecía. Finalmente me dirigí directamente a mis vecinos: “¡Señores, aunque no sientan respeto por nada, sepan que aquí, a su lado, se encuentra la esposa del compositor!” Esto los desconcertó un momento, pero no tardaron en reanudar sus gritos. A pesar de todo esta vez tampoco lograron que bajara el telón y la obra llegó hasta el final. Wagner quería terminar con el escándalo, pero logramos convencerlo de que debía darse la tercera representación ya que la función no era de abono por lo que esperábamos que los alborotadores quedarían fuera asistiendo solo el público que pretendía disfrutar de la obra. Wagner decidió no asistir a la función para ahorrarse otro inútil disgusto. Su esposa opinó lo mismo. Pues bien, los provocadores se presentaron de nuevo más numerosos que nunca y además puntuales, cosa que no era frecuente en ellos. El comportamiento de los cantantes fue heroico, a menudo tuvieron que permanecer callados más de 15 minutos esperando que el tumulto de la sala se calmase. Tranquilos, mirando impávidos al público, aguardaban a que cesara el barullo para seguir cantando y esta vez también terminó la representación, aunque, como los otros días el absurdo comportamiento de estos grupos no permitió disfrutar de la producción que contaba con algunos efectos escénicos muy bellos. La pequeña Olga estaba tan irritada como yo. Ella también admiraba a Wagner ya que su música habla penetrado en su joven alma introduciéndola en el reino de los sonidos, ejerciendo sobre ella una intensa y fascinante influencia. Olga intervino furiosa en la lucha, se inclinó sobre la barandilla del palco y gritó con todas sus fuerzas: “A la porte, à la porte!”, indicando el camino a los elegantes jóvenes que no cesaban en sus silbidos. Dos caballeros que se encontraban en nuestro palco, encantados por la indignación de la niña, exclamaron: “Elle est charmante!”
«Eran las dos de la madrugada cuando nos reunimos en el foyer con un grupo de amigos con los que habíamos quedado para dirigirnos a casa del Maestro ya que estábamos seguros que estaría esperando la reseña de los acontecimientos. Nuestra presunción fue acertada. Los encontramos sentados ante una raza de te, fumando Wagner su pipa. Recibió la noticia de la enconada lucha con una sonrisa, y bromeó con Olga, le dijo que le habían contado que ella también había silbado. Pero en el temblor de su mano al estrechar la mía advertí que el desagradable suceso le había afectado profundamente. Al recaer todo el descrédito sobre el público culpable del grosero y detestable episodio, ante Wagner se abría de nuevo una esperanza, a pesar del sombrío y descorazonador camino que no quería allanarse. Naturalmente el Maestro retiró la partitura defmitivamente y así terminaron las luchas en el teatro, pero no en la prensa ni en la sociedad donde continuaron enconadas durante semanas. Desde los tiempos de Gluck no se había visto nada semejante. Pocas fueron las voces que censuraron el comportamiento del público, pero las que lo hicieron salieron de sectores de cierto prestigio. Entre ellas las del veterano Jules Sanin que escribió un artículo muy gracioso sobre el abanico de la princesa Metternich que acabó destrozado sobre la cabeza de los revoltosos, sirviéndose de esta anécdota para fustigar violentamente el comportamiento de los parisinos».
La obra que Malwida vio entonces tan lastimosamente fragmentada la recuperó tres décadas más tarde en su auténtico contenido cuando, en 1891, “Tannhäuser” subió por primera vez al escenario de los Festivales de Bayreuth. La anciana, joven de espíritu y de corazón, expresó en esta ocasión su admiración por el personaje de Tannhäuser que es válida para nosotros y para las generaciones futuras. «Tannhäuser -dijo-, es sin duda uno de los héroes trágicos más maravillosos que la poesía de Wagner ha creado librándolo de los añadidos que la saga contenía, lo ha moldeado como una auténtica figura dramática impregnada de una humanidad esplendorosa. La soberbia idea de la redención por amor, que Wagner utiliza en muchas de sus obras, ¿puede encontrarse expresada de manera más bella en otro lugar que no sea “Tannhäuser”? Esta obra, con su frescura juvenil sube con pleno derecho al escenario de Bayreuth para colocar el primer peldaño de la escalera gloriosa que nos conducirá al reino ideal en el que se encuentra el Templo del Gral».
(Artículo publicado en la Guía de los Festivales del año 1930)
NOTAS:
(1) Meysenbug, baronesa Malwida
von. Nacida el 28 de octubre de 1816 en Kassel y fallecida en Roma el 26
de abril de 1903. Escritora. En 1852-59 estuvo en Londres como institutriz
en casa del filósofo ruso Alexander Herzen. Wagner le conoció
en 1855 cuando viajó a Londres para dirigir una serie de conciertos.
Ella visitó luego París donde en 1861 tuvo de nuevo contacto
con Wagner. Más tarde vivió en Florencia y Roma. Entremedias
se estableció por un breve periodo en Bayreuth. En 1877 visitó
a Wagner en Sorrento junto con Friedrich Nietzsche con el que también
maritenía amistad. Escribió novelas y narraciones. (Hans
Joachim Bauer, ‘Guía de Wagner’, Alianza Editorial, Madrid 1996).