Die Walküre. Royal Opera House - Covent Garden, Londres. 15-julio-2005.
Por Nicolás de las Peñas

Lisa Gasteen (Brünnhilde); Bryn Terfel (Wotan); Waltraud Meier (Sieglinde); Plácido Domingo (Siegmund); Rosalind Plowright (Fricka); Eric Halfvarson (Hunding).
Orquesta de la R.O.H., Covent Garden. Director musical: Antonio Pappano.
Dirección escénica: Keith Warner. Nueva producción de la R.O.H.

Las tres representaciones de la “Walkyria” en el Covent Garden y la versión concierto ofrecida en el Royal Albert Hall, han dejado estupefactos a todos los que hayan tenido el inmenso privilegio de haber asistido. Londres ha reunido a un equipo de intérpretes tan ideal, tan equilibrado y tan extraordinario, que los más exigentes del mundo wagneriano habrán de rebuscar mucho entre sus discos para hallar en las eras Knappertsbusch o Furtwängler documentos de similar naturaleza. Ahí es nada.

Antes de seguir con la crónica de lo sucedido en el teatro el día 15, me referiré al cómo y por qué de este periplo, que por otro lado llevaba a servidor a su primera y única visita a la Royal Opera House. Todo empezó a principios de año, con la salida a la venta del último tercio de la temporada regular del Covent Garden. En diciembre había tenido lugar el estreno de una nueva producción del “Anillo” con el Prólogo. En marzo fue estrenada esta primera jornada (se dieron 7 funciones), pero en el cast de entonces no estaban ni Plácido Domingo ni Waltraud Meier. Ambos, además de Eric Halfvarson, se sumarían a tres funciones extras más de “Walkyria” al cierre de la temporada. Apenas salieron a la venta se agotaron todas las localidades de dichas funciones. Intenté todo, hasta llamar al propio teatro para pedirlo directamente, pero ya ellos mismos me dijeron que para esto en concreto me fuera olvidando cuanto antes. Había acceso a otras cosas, y muy jugosas algunas (sin ir más lejos esta “Walkyria” ha convivido con un “Otello” con nada menos que Ben Heppner y Renee Flemming), pero el cartel del título wagneriano era demasiado fuerte. Siendo así las cosas, olvidamos este asunto con un “otra vez será”.

Pero la diosa Fortuna me vino a ver no hará más de un mes. Un amigo destinado cerca de la capital británica me telefoneó preguntándome si me interesaban dos entradas en platea para la “Walkyria” en la R.O.H. de parte de un compañero suyo que el día 15 no iba a poder asistir. La llamada fue recibida un día a eso de las 9.00. Apenas una hora más tarde teníamos ya avión, hotel y plan de viaje hecho y pagado.

Contando los días que quedaban para este esperado evento llega el 7 de julio. Londres sufre un terrible ataque terrorista en diferentes puntos céntricos que produce más de 50 víctimas. Con el hotel a apenas 200 metros de la bomba del autobús y las sospechas de posibles nuevos ataques suicidas, nos empezamos a plantear la experiencia. Una entusiasta y emotiva crónica leída acerca de la función del día 8 de esta “Walkyiria”, la ejemplar recepción de tan desagradables hechos por parte de los británicos, y la constante moral de “la vida ha de seguir” que tanto escuchábamos mi mujer y yo, terminaron de disipar las dudas. Seguimos adelante. Con algo de intriga salimos la mañana del 15, y ya en los propios aeropuertos nos tranquilizamos pues los controles, atmósfera y prisas parecían no ser muy distintos a los habituales.

Londres estaba ahí, con sus exclusivos taxis, buses y cabinas telefónicas, muy soleado y apabullado de gente. Algo se pone en la garganta de uno cuando a través de la ventana del taxi se ve la zona cortada por la bomba del autobús de la línea 30. Sigue el taxi. Sigue el viaje. Sigue la vida. Apenas hay tiempo de dejar las cosas en el hotel, y salir hacia la ópera, previa y rauda pizza.

Novatos en el Covent Garden, tiempo para hacerse una composición de lugar y tomar algo en el antiguo mercado de flores ahora inserto en el recinto lírico (buen invento, por cierto, eso de poder pedir las consumiciones de cada entre acto por anticipado.

Adentrados ya en el aforo, de exuberante y clásica belleza, sorprende lo muy aprovechado que está, habiendo bastantes localidades a pie. Al igual que en el Met, los asientos para los que supone estirar mucho el cuello para adivinar los sobretítulos, disponen de una pequeña pantalla de plasma que permite seguirlos sin tanto problema. Está estudiado que sólo puedas leer tu propia pantallita, pareciéndote apagadas las restantes, lo cual te evita posibles distracciones por tanta letrita luminosa: todo está ya inventado.

Se apagan luces y hace silencio en la sala. El foso orquestal parece estar dispuesto a recibir a su director titular, Antonio Pappano, que de italiano tiene sólo el nombre: es londinense y su repertorio tampoco se centra en la ópera belcantista ni verdiana, si no que poco a poco es un nombre de los más valiosos del mundo wagneriano. No en vano, sostuvo tres temporadas seguidas la batuta del penúltimo “Lohengrin” de Bayreuth, además de ser él quien dirige el esperado CD de “Tristan” con Plácido Domingo grabado recientemente y que estará disponible en tiendas el 1 de agosto. Pappano es de estatura muy menudita y quizás ello me impidiera ver que él ya estaba ahí situado pues el preludio tormentoso de la “Walkyira” comenzó a sonar bravamente sin mediar antes aplauso alguno. La orquesta brilla, se hace cada vez más agresiva la cuerda, hasta la llegada briosa y clara de los metales que hacen motivos del “He da! He da! He do!” de “Donner” una auténtica tronada final. Llegamos al hogar de “Hunding” donde aparece un “Siegmund” cicatrizado y abrigado con pieles de lobo. La escena donde va a tener lugar en encuentro de los dos welsungos ocupa todo el escenario, dando acceso a los diferentes aposentos de la casa los laterales del mismo además de uno superior al que se accede por escalera y situado volado en la caja escénica sujeto por el tronco de árbol donde la espada “Nothung” parece estar atravesada. Este tronco se prolonga en espiral, ahora perfeccionada y metálica, que envuelve todo el hogar. El director escénico jugará con la iluminación cada vez que reaparezca el motivo de la espada para hacerla brillar, si bien, fruto del movimiento de los personajes lo hará en diferentes puntos previstos. Como va a ser denominador común en esta regia, los personajes están retratados con especial cuidado. El desgaste de “Siegmund” se va a convertir en poderío y fuerza cuando se despoja de sus abrigos al emitir los “Wälse! Wälse!”. Por otro lado, su hermana “Sieglinde”, aparecerá con una imagen de mujer descuidada, dominada y sin apenas más feminidad de la que es capaz de arrancar su sonrisa ante los paulatinos encantos de su futuro amante. Sin embargo, tras dormir a su marido, aparecerá radiante y sensual con camisón largo blanco ante “Siegmund”. “Hunding” no dejará de tener el ceño fruncido en todo momento, desde que entra furioso pegando un hachazo al comedor, cuando tiende con fuerza la mano al extraño invitado e incluso cuando maltrata a su mujer, despojándola agresivamente de su delantal ya indicándole que debe esperarle en el lecho. Interesante primer acto que termina con una recogida de la espada espectacular y que nunca hubiese salido igual si no hubiese contado con la experiencia dramática de tres monstruos como son Plácido Domingo, Watraud Meier y Eric Halfvarson.

Del segundo acto destacar la espectacular y arriesgada aparición de “Brunnhilde”, bajando una elevadísima escalera que se alargaba de abajo a arriba de toda la gran caja. “Wotan” aparece más simple de lo usual, con su lanza pero sin su parche: han preferido mostrar la cicatriz del “muñón” al que ha quedado reducido el ojo derecho. Más impactante y natural. Pero es la de “Fricka” la caracterización más sorprendente. Su uniforme es de señorona mandona inglesa, de colores rojo, estilo entre lo “Rotenmeyer” y “mujercitas”. Arrancó incluso alguna sonrisa del respetable, un público muy educado y silencioso, por cierto, la relación de recelo entre ella y “Brunnhilda”: “Fricka” es la mujerota que ha llegado a casa para mandar y dominar a papá, y “Brunnhilde” es la hijita mimada que a ver si de una vez se va del mapa. El posterior encuentro entre “Siegmund” y su hermana-cuñada “Brunnhilde” es destacable también por la aparición de esta, al fondo de escena, con su escudo y ensombrecida. Aquí no toca ser la niñita, si no la walkyiria de verdad. La mediación de “Brunnhilde” en el duelo final del acto entre “Hunding” y “Siegmund” y su posterior resolución por parte de “Wotan” gozó de teatralidad y deja a un “Wotan” frustrado que vuelca toda su ira contra “Hunding” al que no ya intimida con su voz si no que atraviesa con su lanza. La cara de susto de Eric Halfvarson, “Hunding”, al verse frente a frente con Bryn Terfel, un tremendo “Wotan” de casi dos metros de alto, es para nota.

Pero es el tercer acto donde el equipo escénico al mando de Keith Warner arriesgaron más y obtuvieron mejores resultados. Para empezar, lograron de la cabalgata de las walkyrias un momento de especial tensión y drama. Cierto es que el equipo de cantantes fue excepcional, entre ellas hay gente de relativa importancia en el Covent Garden como Elizabeth Sikora (“Rossweisse”) o Claire Powel (“Waltraute”), y eso se notó, ya que gozó de una fuerza sonora y equilibrio inusuales. No obstante, el mayor impacto lo supuso la tétrica y agresiva imagen que de ellas se muestra, inicialmente dispuestas en fila y haciendo aspavientos y gestos de rabia, rechinando dientes, y poniendo muecas de ira. Van saliendo cada una a por los guerreros que guardan el “Walhall”. “Hojotojoh!” se convierte en el desgarrador saludo con el que se van recibiendo portadoras de huesos y miembros del campo de batalla. Con harapos oscuros, llenas de cicatrices y heridas y horrorosamente despeinadas, esta producción ha roto con la walkyiria maquilladita y mona para mostrar algo de carácter más recio. El juego de sombras y luces, engrandeciendo la salida de cada mujer, termina por confeccionar una genial escena que quedó para el recuerdo, y esto es mucho decir y muy buena noticia, insito, cuando hablamos de la cabalgata. El posterior dúo de “Wotan” con la rebelde “Brunnhilde” apuesta por una mayor sencillez que se rompe con el beso mientras suenan los motivos del amor que “Wotan” da a su hija, un beso efusivo y en los labios, algo que no creo sea en tono provocador si no más bien arrebato americano por parte de Keith Warner que tampoco debió sorprender demasiado a Terfel y Gasteen, ambos sajones, él galés y ella australiana, supuestamente duchos a la hora de besuquearse en la boca de padres a hijos. El beso adormecedor en la frente fue otro, en su momento, y en este caso, sí, en su lugar correcto. El esperado final es puro espectáculo. “Wotan” invoca al fuego de “Loge” y este se lo proporciona haciendo deslizar una llama por el cinturón metálico que no ha dejado de envolver la escena en ningún momento. De abajo a arriba una llama va a parar a la mano del dios quien tras sostenerla por unos momentos (¡cuidado, Terfel, no te quemes!), la vuelve a posar en la espiral que ahora va arder al completo. Por unos minutos la caja escénica casi era un crematorio y la temperatura debió subir mucho, máxime si tenemos en cuenta que todas las walkyrias al final en un plano superior contemplan el desenlace final de su hermana.

Ya hemos comentado de las excelencias vocales del grupo entero de “walkyirias” que fue objeto de la primera y gran ovación de una noche en la que todo lo referente al elenco solista es destacable por su magnificencia. Así lo agradeció el público con enormes braveos y largas ovaciones para todos. Eric Halfvarson es una voz prodigiosa, aterciopelada, llena de harmónicos a la vez que audible hasta el último recoveco del teatro. Es un bajo de los de verdad, es el “Hunding” ideal, que entiende perfectamente su cometido como marido dominante, machista y violento. Destacar su delicado trato al texto, del que no deja de hacer sonar toda consonante y acento requeridos.

Ver a Rosalind Plowright en como “Fricka” me era sorprendente a la vez que grata noticia saber otra vez de esta emblemática soprano, brava traductora de roles como “Leonora” o “Suor Angelica”. Nada más abrir la boca, lo que a priori podría resultar un anecdótico apunte, se convirtió por arte de magia en toda una lección de cómo cantar este papel hasta el punto de haber resultado una “Fricka” tan convincente que me pregunto si Plowright lleva traduciendo roles wagnerianos desde hace décadas. Está fresca y grande vocalmente, su timbre sigue sonando bello y poderoso, y ha sabido aplicar su sapiencia en otros repertorios al germano.

Lisa Gasteen, “Brunnhilde”, era mi desconocida, que resultó otra agradable sorpresa. Con que refine un poco más su más agudo registro estaremos ante una “Brunnhilde” de mucho cuidadito, y no sólo para esta jornada si no también para las de “Sigfrido” y “Ocaso” donde el role se carga aún más. Apoya y proyecta bien un instrumento vocal sano, con vibrato necesario y natural. Convincente con el teórico role protagonista, sus ovaciones no fueron para nada mucho menores que las dedicadas a la terna de estrellas siguiente.

Magnífico, perfecto, imponente y grande el “Wotan” de Bryn Terfel. Qué color y colocación la del barítono americano, qué manera tan inteligente de cantar y qué volcán en erupción de voz. “Wotan” baja por fin a la Tierra y se pone en la piel de un cantante: no lo hacía desde hace mucho tiempo. El dúo final con Gasteen emocionó hasta ellos mismos, y creo no equivocarme que eso es tan cierto que en las últimas frases de dicho fragmento, antes de la invocación a “Loge”, estaba Terfel haciendo de tripas corazón para sacarlas adelante; ellos mismos se dieron cuenta de la belleza que estaban ofreciendo en escena y hasta al bueno de Terfel le llegó. Matrícula de honor.

Waltraud Meier es la reina Midas del mundo wagneriano. Su “Sieglinde” comienza a resultar ser de referencia, con una canción suya del acto primero que sabe a gloria auténtica. Cubre en exceso su agudo, pero lo hace con inteligencia de tal manera que no le resta brillo ni naturalidad. Buena temporada la de Meier, quien en breve tiempo se ha disfrazado de “Ortrud” (Madrid, López Cobos), “Isolde” (Paris, E.P. Salonen) y “Kundry” (Viena, Thielemann), para terminar en Londres con la empresa de “Sieglinde”, que parece ser para ella un aperitivo en comparativa con las otras citadas.

Y dejamos para el final a Plácido Domingo, no ya porque sea el nombre más popular, más emblemático o más veterano de todos a sus 64 años de edad. Nada de eso. Es la vez que en mejor estado vocal he visto a Plácido, y sobre todo, en mayor plan generoso. Casi hace levantar al público con un electrizante “Ein Schwert verhieß mir der Vater” sobre todo con su segundo “Wälse!”, que en otras ocasiones no lo alarga más de 2-3 segundos y en esta ocasión, de repente tomó aire y perdimos cuenta (evidentemente no estamos ante lo de Melchior, pero la cosa estuvo de saltar a escena). Parece mentira que este señor haya mantenido ese esmalte tenoril, sin perder un ápice de brillantez, ganando peso su voz y todo ello con un vibrato juvenil. De exhibición wagneriana cabe calificar a Plácido en este “Siegmund”, dando lirismo en la canción de la primavera y habiendo dejado para el imborrable recuerdo el fantástico dúo con “Brunnhilde” del acto segundo.

Antonio Pappano es un director joven, enérgico, y a la vez entendedor de la obra del de Leipzig con quien está dando cada día un paso más. La orquesta está bien trabajada, las cuerdas y metales suenan de miedo y la disposición de una capa adicional traslúcida encima del foso, quizás buscando “efecto Bayreuth” funcionó ayudando a obtener un sonido más equilibrado y eficaz.

En el entreacto segundo, cuando Plácido ya había acabado su trabajo, el tenor madrileño nos dedicó un atutógrafo a nosotros y calculo que a una cola de unas 200-300 personas. Y al final, también en medio de un tumulto similar hicieron lo propio todos menos el propio Domingo (ya lo había hecho antes), y Waltraud Meier, quien en un feo gesto, todo sea dicho de esta maravilla de intérprete, salió por otra puerta para evitarse este trasiego. Sorprendió la naturalidad y simpatía de Gasteen y Plowright, e imponente la presencia de Halfvarson y no digamos la de Terfel.

Nada hará en estas fechas que haga olvidar a la capital británica la barbarie sufrida justo el día antes de la “première” de estas esperadísimas funciones. Pero el arte completo, gustoso y ajeno a atrocidades e injusticias ha dejado su granito dulce en medio de una amarga montaña. Londinenses y miles de turistas de todo el mundo se merecen esta pequeña alegría y otras que vayan poco a poco surgiendo, además, por supuesto, de empezar a celebrar de verdad haber sido elegida para los Juegos de 2012. Pasado el éxtasis lírico, el resto del fin de semana en hubo tiempo de ir a algún museo, patear la ciudad y degustar alguna pinta de cerveza, que no la comida.


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