LOHENGRIN DE PENA
Por Kurt Osterwald

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(...) Así es como un degenerado Lohengrin aparece, desgraciada aparición de chatarra militar, rodeado de un tumulto de portadores de cascos, mallas doradas, lentejuelas y galones. Los críticos poco informados se preguntaban si Enrique el Pajarero se había convertido en Guillermo I ó II y el Heraldo en Hindemburg o Bismarck. Todo transcurría en un sombrío y sanguinoliento barracón de campaña cobijado bajo un buitre imperial que amenazaba con su caída hasta en las escenas de amor y que se podía ver bordado en las sábanas del lecho imperial. Al final del acto se movían multitud de banderitas, como si nos encontrásemos en un campo de maniobras. Solo la escena de la conjura entre Ortrud y Telramund rompió la unidad de imagen, fue desterrada a una especie de estrecha barbacana en la parte delantera de la escena, detrás, al fondo, una pared negra en la cual -con escaso entusiasmo por parte de los protagonistas- se descubría una alacena que dejaba pasar justamente un largo velo que caía hasta el suelo y desde el cual entre un suave ondular Elsa ventiló sus penas (...) tras algunas valientes evoluciones de los comparsas portadores de banderines rojos, la pared del fondo de la sala estalló en un rugido tormentoso dejando ver un cielo estrellado ante el que flotaba un vaporoso lienzo surrealista del que salió el valiente caballero (...). Mannheim.
 

(Extracto de una crítica de Kurt Osterwald. Por desgracia no nos ha sido comunicado el nombre del periódico. Dirección de escena: una alumna de Kupfer. ¡Sin comentarios!) ("Richard Wagner Nachrichten", diciembre-enero 1993).