COMENTARIO EN TORNO A RICARDO
WAGNER SUGERIDO
POR SU CORRESPONDENCIA PASIONAL
A MATILDE WESENDONK
La falta de consecuencias en la obra total de un autor determinado es, muchas veses, lo que significa su mayor potencialidad y su total singularidad. Si el artista recoge y se acaudala de antecedentes directamente tradicionales, con los cuales se lanza con intrepidez de despreocupada originalidad hacia el encuentro de sí mismo, viene a crear una cosa excepcional que marca una transformación dentro de los cánones permitidos, aunque signifique sorpresa de inaudito coraje para los filisteos, que ni siquiera comprenden que aquello no deja, en su genialidad inventiva, de originarse con acusados rasgos de filisteísmo.
Tales inventores tienen, a pesar de sus detractores, numerosos adeptos y discípulos fidelísimos, pero no eficaces continuadores si, como es el caso de Ricardo Wagner, son llamados a cerrar un ciclo y una época; artistas eminentemente históricos que definen un total resumen.
Nada más vacío
y de ruido menos sonoro que esos compositores influidos por Wagner, de
los que aquí mismo hemos padecido.
La consecuencia más
relevante la tuvo en Ricardo Strauss quien significa la antítesis
del idealismo wagneriano. Los poemas de Ricardo Strauss se marifiestan
con magistrales recursos de materialismo acústico, de imitaciones
de naturalismo sonoro y con un lirismo vulgar en lo melódico, sólo
atento a indagaciones armónicas e instrumentales.
La eficacia de futuro que cupo a Wagner fué sencillamente la de arrojar la llave de una época murada para que naciera otra revolucionaria y renovadora que había de culminar en Debussy. Fué, por consiguiente, una reacción de necesidad que, un tanto arriesgadamente, pudiera diagnosticarse de fisiológica, esta consecuencia inconsecuente que derivó de la extensión por demás intensiva de los sublimes poemas genialmente musicales merced al genio portentoso de Wagner.
Tal figura había de producirse fatalmente en el arte: es de imperioso sino histórico. Por ello fué su vida empujando a la masa de sus contemporáneos y recibiendo golpes en su avance.
Si procedía de Beethoven,
en cuanto atañe a una cierta humanización en lo sinfónico
que se apresta a la audacia en romper moldes formales establecidos -considerando
los desarrollos de los poemas dramáticos wagnerianos en su forma
trabada por los motivos temáticos y su conjunto en la integración-,
más directo sucesor era, por autor teatral, de Weber, quien señaló
los fundamentos de
la ópera alemana con
su lirismo inconfundible y el misterio selvático y legendario pintado
de panteísmo. Pero ahí estaba la dificultad y la lucha inevitable.
La ópera italiana estaba todavía en su apogeo y el público
adoraba los pugilatos de los divos, que hacían su delicia en los
escenarios donde actuaban, daban ocasiones a las más selectas galas
de la sociedad elegante y temas para entretenidas discusiones y apasionadas
disputas en favor de unos u otros.
Aun con una evidencia manifiesta, le hubiera costado bastante esfuerzo a Wagner el imponer su radical reforma, pero he aquí que aun actuaba Rossini, entre otros grandes valores, y, verdaderamente, el autor de “El barbero de Sevilla” nos seduce sin reserva alguna. Es decir, que quedamos plenamente satisfechos y en gozo de conciencia al haber cedido a su seducción. ¡Qué bello éxtasis de melancolía es el ceder también a los encantos de los cantos y de la dulcísima y constantemente original melodía, montada al aire en su brillo inmaculado, de Bellini!
El ambiente no estaba preparado para la necesaria renovación wagneriana.
Las creaciones que se producen a destiempo suelen ser las que definen luego su tiempo; las que, egregiamente, forman época.
¡Qué triste soledad ha de sentir el hombre abocado a un futuro glorioso que le será póstumo! No tanto, sin embargo, porque el hombre siempre encuentra al hombre si esencialmente es hombre (no lo reduzco a la vulgarizada confusi6n de hombre por varón).
Siempre hallaremos la réplica que nos convenga. Wagner fué el más incomprendido y el más perfectamente comprendido por selectas minorías fanáticas, términos que parecen no avenirse bien.
Liszt fué su profeta, y, en realidad, predecesor suyo en la concepción musical, en el abarque, y, en ocasiones, disposición de sus armonías y en la amplitud y libre expansión y originalidad de sus melodías.
Uno de sus más sensitivos receptivos fué Charles Baudelaire; éste se embriagaba del halo esencialmente poemático que, aun fuera de lo literario, trasciende de la música del gran reformador. De esa melodía infinita por intención supracadencial, ya que lo inherente a la música wagneriana es la radical insatisfacción; no el superhumanismo de Federico Nietzche, tan su amigo antes, cuanto después su contradictor apasionado, sino el ultrahumanismo, la renuncia para la posesión que, lejos de ser integral, resulta transfigurada, resolviéndose musicalmente todo ese vago ensueño extraño a toda filosofía y, con una inconsciencia absoluta, del todo opuesto a su más admirado filósofo Schopenhauer.
No obstante, sólo tal pretensión unida a su individualismo, a su unión con Luis II de Baviera, a sus intimidades individuales y a su predilección por Venecia, donde fué destinado a morir en un final evanescente según cumplía su vida, mostraban bien a las claras que Ricardo Wagner, inspirado en leyendas que no tienen su origen alemán, contemplativo creador de fabulosas invenciones renanas, no tenía nada del personaje simbólico con que trató el imperialismo germánico de interpretarlo para sumarlo a su causa como glorioso resumen.
El poético misticismo de «Lohengrin», sublimado al final de su vida por «Parsifal», el costumbrismo de lírica artesanía que aspira exclusivamente a la liberación de mezquinas trabas en el arte de los «Maestros Cantores»; el amor que ha de resolverse en la torre castellana que abre hacia la inmensidad del mar, donde lo finito se anega en la superación infinita de un horizonte inconmensurable que recoge uno de los más sublimes acentos del amor, en «Tristán e Iseo», «Las Walkyrias», «Sigfredo» y «El ocaso de los dioses»; la obra total de Wagner y su vida toda, si bien y definitivamente alemanas, son de un puro artista y pertenecen al patrimonio universal.
Por aspiración impaciente se rebeló, siendo expulsado como revolucionario, revolucionarismo del cual curó pronto repitiendo en muchas ocasiones que él sólo se cuidaba de su arte; lo cual era ya bastante. Su vida pasó por pruebas de ásperas materialidades, poco avenidas a su ser de grandes exigencias. El lujo lo consideraba, lo sentía necesidad primordial para su vida y logró vivir siempre espléndidamente en medio de su situación precaria. Parecido en eso a Grabiel D’Annunzío, siempre pedía socorros para sus necesidades monetarias desde bellos refugios campestres con el máximo confort de su tiempo, o desde palacios venecianos, o de las márgenes del Rhin. Únicamente hubo de vivir más estrechamente en Paris cuando no era huésped de honor en la superelegante embajada de Viena, cuya embajadora, apasionada wagneriana, era la princesa Paulina de Metternich, nacida princesa Sandor.
Sentíase muy extraño a la vida y al espíritu de París, pero pronto se dejó seducir, aunque no lo confesó. Allí tuvo su grupo íntimo y una de sus amigas más dilectas fué la hija de Teófilo Gautier, Judith, confidente apasionada, en plena juventud, y de chic peculiar.
Las nostalgias del pasado dan
mayor encanto a los goces y atractivos encuentros del presente. Tal el
caso de Wagner en París.
Retrocedamos un tanto con el
desorden de un conversar, que es lo que pretenden estas líneas preliminares.
Pensemos con delectación en aquellos días serenos de la «Colina verde» y las plácticas subyugadoras en la terraza de la Villa Wesendonk, a voz queda, mientras fulguraban los rayos del poniente como absorbiendo las ideas de la novación wagneriana que habría de cerrar dentro de su sentido renovador el ciclo de toda una época. Allí germinaba todo el fondo pasional de «Tristán», la espiritual Matilde se nimbaba de la propia figuración de Iseo. Representaba el amor prohibido, positivo amor, amor practicado y gozosamente sufrido por la renuncia misma.
Matilde Wesendonk vino a ser un sublime ensayo de la pasión de Tristán hacia Iseo; el ensayo se convierte en vida; la realidad nunca es el hecho en sí, no el suceso sino la reacción del hombre, realidad de todo.
Una misma cosa, jamás es la misma para dos hombres diferentes, sólo el modo de sentir y reaccionar forman la realidad.
Wagner fusionó su invención apasionada con la pasión a Matilde «la maravillosa criatura». La gestación de su magna obra requería la confidencia íntimamente sentimental con un ser digno y capaz de ser amado.
Amigo dilecto y favorecido por el acaudalado Otto Wesendonk; huésped en el «Asilo», pabellón confortable cercano a la villa de la «Colina verde», Matilde y Ricardo complicaron su amistad exaltada por las melodías del Tristán y por el poema que seducía sus sentimientos y -¡quién sabe!- también quizá su ambición de héroes poemáticos.
Gracias a tales circunstancias huyó Wagner al tranquilo apartamiento de Venecia, desde donde alternó sus trabajos del gran poema musical con las numerosas cartas a la amada ausente, correspondencia muy mezclada, donde lo más perentoriamente vulgar se engarza a imágenes de original pensamiento poético. Cartas verdaderamente vivenciales, desesperanzadas y de una firme y segura soberbia que hace fe de su genio.
Hay en ellas un esfuerzo constante para transformar la pasión en sublime amistad perdurable. Pero Wagner no fué nunca hombre apto a la amistad; su extremada fuerza temperamental no le perrnitía ese disfrute, que es el mejor y más seguro de la vida. «L’amitié passe avant tout», decía su incondicional admiradora María Kalergis. A él le estaba vedado este supremo bienestar. Sus cartas a Liszt, igual que las dirigidas a Luis II de Baviera, tienen un tono exaltado, que agudiza morbosamente la unión fusionada en afinidad amistosa. Prueba concluyente es aquélla que parecía tan consistente y formada en fidelidad de discípulo predilecto y prosélito a todo riesgo, la que bien a pesar de todo se quebró, cediendo a la pasión, sacrificándole en lo que constituía lo mejor de su vida y hería su mismo honor.
Tampoco supo amar sino basta el momento en que el tumulto pasional obraba. El amor de amistad no pudo gozarlo, aunque lo intentó, precisamente, con Matilde Wesendonk, pero bien claro está que en cuanto el tiempo y la distancia serenaron el arrebato pasional, sus cartas se vuelven misivas de mero cumplido formulario.
Debido a eso, he procurado transcribir solamente las que imaginaban en Matilde, la Isolda del Tristán, ya que ellas nos dan lo más auténtico y valioso de Wagner. Su signo demoníaco, tan opuesto al sublime reposo ideal de Goethe como lo fuera Liszt con respecto a Schiller, y este paralelismo viene aquí por haber tratado ambos de ser figuras sucedáneas y eficientes en la vida artística de Weimar.
Este fatalismo pasional de Wagner hizo la tragedia de su vida siendo primero causa de su prematuro matrimonio con Mina Planer, y sus altercados y desaveniencias inevitables de constante desasosiego e insatisfacción incluso material, porque su exceso pasional no hemos de confundirlo con la corriente sensualidad. Wagner era lo que, en ello, suele decirse un cerebral. Su naturaleza requería una pasión del rango de sus héroes y aun de los mismos morbosos filtros. La única pasión más normalizada y conclusa tuvo origen de remordimiento y fué tardía, contando él dos años menos que el padre de su mujer, su glorioso - y a lo primero disconforme suegro - Liszt. Sólo por el talento excepcional de la espiritual Cosima, su propia mujer, supo algo de lo que significa la tranquila unión que dialoga con caridad en centrada confianza huida de extremos hipertensivos. Nunca lo pudo con Liszt, ni con otro alguno, que no fuera corresponsal de mera fórmula, ya lo he indicado.
Quiénes como Judith Gautier y Baudelaire, Catulle Mendes y otros hicieron figura de amigos, pero eran únicamente admiradores.
Sin confundir en nada el arte con un sentido místico, religioso, ni siquiera idolátrico, me arriesgo al supuesto de que, quien sintió la intensidad poemática de Tristán y Parsifal y acertó a expresarla con tanta maravillosa sublimidad, habría de ser un hombre superior incluso en su conciencia.
Por eso Wagner representa en el fondo, algo de la fatalidad del sino, aunque ello no pretenda ni mucho menos, eludir la libertad individual; únicamente la predisposición a un ímpetu terrible que le torturó hasta sus últimos años.
El arte fué su verdadera vida y él le redimió. Nos queda un tanto en interrogante la figura y, sobre todo, el caso de Matilde Wesendonk. Desde luego, la dulce y espiritual burguesa no alcanzaba las cimas pasionales de Isolda, cuyo era su papel histórico.
Mujer mimada por su acaudalado esposo de cometido histórico tan noble como aparentemente desairado, le guardaba una fidelidad exterior y cumplía la debida sumisión matrimonial que demandaba Otto, muy dado también al arte wagneriano, merced al que le corresponde un personaje simbólico, majestático por derecho de corona y de amor por amor en la figura del Rey Marco en Tristán e Isolda. Otto Wesendonk no vivió ni sufrió, sin embargo, el cometido asignado. El desenlace humano se anticipó al del arte, devaneciéndose en melancolía de pasado que dejó un nimbo de perenne gloria en sustitución al trágico desenlace y al fatal efecto del filtro en la obra de arte imperecedera.
Las cartas de Venecia con algunas otras, nos sirven de guía para el camino florido y espinoso, no sólo de la inspiración de Wagner, sino de su posición y oposición al mundo circundante.
Su misticismo poético tomó forma viva en ese amor sublimado en derredor del cual giraban sus ideas, pensamientos y emociones. Algunas de tales cartas resuenan como soliloquios que no demandan siquiera reciprocidad buscan un eco universal, la explicación de la obra de arte que va germinando. Estaban impregnadas de la melancolía infinita; quizá excesiva para las sensibilidades de hoy, para la exigida concreción de un ayer muy reciente.
La ley motivo que él nos trajo, se contiene en su vida misma, vida muy definida; esculpida en suavidades de mármol tras las heridas de un cincel especialísimo, pero esa su definición nos lega un grupo de cuanto ha constituído su fogosidad redimida, fijada en aquella perpetuidad con que el arte transforma la conmoción en forma inconmovible.
Si la Iseo de carne palpitante para la pasión de Ricardo Wagner pasó rápidamente, antes de que la obra emergiera al mundo, nunca cesó para él ese anhelo de sentido cromático y ascendente que le es inherente. Únicamente descansó, según he indicado, en la clarividente Cosima, descansó no del todo sosegado para su conciencia, porque hay algo que excede al mismo derecho del genio, frase y concepto de los que se ha abusado mucho sin pararse, en cambio, en los deberes que impone una superioridad excepcional. El primero, tal vez, el ser fiel a su voluntad de arte. Aquel, pues, que se inspiró con tal personalidad en el sublime poema de amor que significa «Tristán e Iseo», ha de ahondar todo cuanto significa la felicidad amorosa y nunca liberarse y menos desentenderse de su credo poematizado.
Goethe se liberó casi medicalmente del morbo wertheriano, más, a fin de cuentas, no le dió una solución superhumana. Wagner se la dió para el símbolo de la eternidad del amor. El poema arrastraba en cierto modo la traición del genial inventor. No aludo aquí -es el caso opuesto- al amor materializado, pero es que, al parecer, la misma amistad con la amada quedó aminorada como hemos visto.
El arte tropieza con esa falsedad de eternizar pasiones. No creo que ninguna pasión pueda ser perdurable, ni la de los intereses siquiera. El amor puede ser apreciado, y sólo se sabe cuando el tóxico pasional ha sido completamente eliminado.
Posible fuera que Matilde Wesendonk haya amado y seguido fiel a Ricardo Wagner, porque aparte de algún arrebato circunstancial, no tuvo ninguna pasión hacia él, sino al artista, su amigo y confidente. Cosima le amó porque fué subyugada por su arte y su atractivo espiritual. Le amó luego enlazada en sus proyectos, y le amó durante una viudez de casi medio siglo.
Pienso que la lectura de estas cartas marcan un momento crítico e inmarcesible, por muy lejano que nuestro mundo de ahora se encuentre de aquellos ideales nunca pasados, aunque se expresen de manera diferente.
Un paisaje nórdico sin parecerse, contraponiéndose, incluso a otro meridional, se nos revelan en paisaje; es decir, dentro de una concepción idéntica.
La selva primitiva, fantasmagórica, legendaria y nimbada de panteísmo del Freischütz de Weber y del «Sigfredo» de Wagner, están a tal distancia, que nos causan invencible nostalgia de esos jardines andaluces que espiritualizan sus sentidos en los nocturnos de Manuel de Falla, por sensación de paisaje evidentemente.
El que una época sea pasada no supone nada contra la estimación de sus valores. Valor y actualidad no tienen relación ni indican supremacía alguna. Lo que sí supone inferioridad es el actuar con forma caducada, porque el hombre, necesariamente, es de su tiempo; distinguiendo tiempo y generación. Hay quienes presos en su generación no pueden avanzar, y los que, voluntariamente, se niegan a todo avance. Son incambiables. Desde luego, quienes lo sean no comprenden tampoco su tiempo, porque fué igualmente modernidad. Los que protestan contra todo cambio, resultan infieles al que dicen su tiempo, que no fué sino evolución. Así pues un anquilosado en el wagnerianismo, es un infiel al arte y a la significación musical de Wagner. Obsérvese con qué audacia y energía combatió Roberto Schumann por el avance musical y el desdén con que hablaba de los “filisteos”. Aprovecharé la ocasión para decir que las apariencias no equivalen a la realidad y que más cerca se halla Schumann de la estética actual que Wagner con su gran reforma.
Mas todo esto me llevaría muy lejos y resultaría inoportuno para los lectores que aguardan llegar a las cartas de Ricardo Wagner, no sin penitencia si han cumplido la cortesía de leer este comentario antecedente.
Penetremos en el Tristán herido que aguarda a su bienamada y contemplemos a Wagner en Venecia, embebiendo su soledad en el tercer acto de Tristán antes de escribir a Matilde, su elegida modelo para la Isolda, por lo cual pasó a la historia entre las escogidas figuras del arte.
Honorable señora:
Dios le guardará, en adelante, de mis malas maneras. Sin duda comprende
usted ahora que, no aceptando sus amables invitaciones sino con inquietud,
no obedecía a un capricho fútil, y que mi mal humor podía
importunar a mis mejores amigos tanto como a mí mismo. Si en adelante
mis renunciamientos son más frecuentes -¿y cómo no
habrían de serlo tras la experiencia de ayer? -, esté usted
cierta que es ante todo por obtener su perdón, por una mejor manera
de obrar.
Espero saber mañana,
por su marido, en Basilea, que no ha quedado usted más perturbada
en su quietud, tan preciosa para nosotros, por mis malignas palabras.
Deseándolo cordialmente,
me recomiendo a su indulgencia.
*
Sus arreglos, querido amigo
(1), son perfectos; le doy las gracias de todo corazón. Con el fin
de debutar dignamente en mi nueva situación de deudor y de inspirarle
confianza, acabo de solventar hoy una deuda ya antigua: remita usted, se
lo ruego, a su mujer, la sonata incluída, mi primera composición
después de la terminación de Lohengrin: ¡Hace seis
años!
Pronto tendrá usted
noticias mías, pero antes dígame cómo va usted. Suyo
__
(1) Esta carta está
dirigida a Otto Wesendonk.
¿Qué hacer
para levantar un poco la moral, pobre enferma? He remitido a Eschenbure
los programas con las traducciones. ¿Pero, en qué puede seros
eso de alguna utilidad? Otto debe daros inmediatamente las leyendas indias
adaptadas por Adolfo Holtzmann-Stuttgart. Las he traído conmigo
a Londres, su lectura ha sido mi único placer aquí. Todas
son bellas; pero aquella de Savitri es particularmente espléndida
y si usted quiere llegar a conocer mi religión, lea Usinar. Toda
nuestra cultura es bien miserable en comparación de estas puras
revelaciones de la humanidad, la más noble del antiguo Oriente.
Ahora cada mañana, antes de ponerme al trabajo, leo un canto de Dante: estoy aún profundamente enfrascado en la lectura del Infierno; sus horrores me acompañan en la ejecución del segundo acto de las «Walkyrias». Fricka ha salido hace un instante y Woton va a dar libre curso a su terrible dolor.
Aquí no puedo hacer más que este segundo acto; mi trabajo no avanza sino lentamente y cada día me es preciso luchar contra una nueva contrariedad.
Mis experiencias de Londres me han decidido a retirarme por algunos años de la vida musical pública, quiero acabar con estas direcciones de concierto. Estos señores de Zurich no deben de ninguna manera hacer gastos por mi causa. En este momento tengo necesidad de todo mi equilibrio interior para acabar mi gran obra, que podría fácilmente, lo temo, quedar en una grotesca quimera, a consecuencia de este eterno e insultante contacto con lo insuficiente e incompleto.
Para que se dé usted cuenta, reflexione un poco sobre la cuestión de saber cuántas fugas deberán intervenir en mi oratorio londinense, si Lord Jesús llevará guantes negros o blancos, o si la Magdalena tendrá en la mano un bouquet o un abanico. Si usted está de acuerdo consigo misma sobre ello, lo pensaremos todavía.
Hoy tengo el cuarto concierto: la sinfonía en «La Mayor», la cual, en todo caso, no marchará tan bien como en Zurich y luego aun muchas bellas cosas que yo creía no haber dado jamás en mi vida. Pero lo que me da ánimo es la certeza de que será por última vez. Mis cumplimientos a Otto, al que agradezco cordialmente su última agradable carta. Si eso puede servirle de placer, le volveré a escribir. ¿Es que María no irá pronto a vuestra casa?
Mañana, después del concierto escribiré a mi mujer; ella no tendrá nada nuevo que decirme.
Salude igualmente a Myrrha (1). Hasta la vista y guarden su serenidad.
*
Sin duda no se burlará usted de mi llanto. Suyo
Mi muy querida amiga: mi
mujer me participa una feliz idea que me decide a solicitar de usted un
gran favor.
Se trata de procurar todavía obtener en arriendo la propiedad Bodmer, en Seefeld, cerca de Zurich, por todo el resto de mi vida. Si se logra, quedaré libre de las inquietudes de una propiedad personal y sólo mediante el pago del alquiler llegaré al goce que busco.
Esta propiedad está actualmente alquilada por una familia Trümpler para el verano. Se trataría de persuadir a Bodmer de que rescindieran amigablemente el contrato, y de cederme la propiedad por todo el resto de mi vida o, pudiera ser, por un término de diez años.
Por lo que yo sé, los Trümpler ocupan la propiedad de Bodnier, más bien por tradición que por obligación; si los Bodmer quisieran cedérnosla voluntariamente, no dudo que les sería fácil obtener la renuncia de los Trümpler. Se trata pues, solamente de interesar a los Bodmer en mi favor, y mi mujer, a la que he encargado de entenderse con la señora Bodmer, desearía la ayuda de una tercera persona la cual haría a la señora Bodmer todas las recomendaciones a nuestro favor que no podríamos hacer por nosotros mismos. Esta tercera persona sería, según piensa mi mujer, usted, querida amiga. Por consiguiente yo le suplico insistentemente que tenga la bondad de escribir a la señora Bodmer y obtener su beneplácito. Mi mujer cree que para llegar a ello sería útil hacerles ver mi decaimiento y la necesidad que tengo de un lugar tranquilo en pleno campo. También sería igualmente hábil a su entender, conquistarla por la vanidad y llamar su atención sobre este punto: que sería un honor para ellos, ciertamente, el procurar un asilo conveniente en su propiedad a mis futuras creaciones de arte.
¿Qué piensa usted? ¿Quisiera usted encargarse de ello?
En vista de mi inminente vuelta a Zurich, quisiera que este asunto que me llega tanto al alma, llegase a tal punto que pueda tomar, sin tardar demasiado, la decisión necesaria.
¿Quisiera usted creer
el placer que tendría en darle los buenos días a usted también
en Berna?
Mis saludos cordiales de vuestro
Mi hermana tiene que guardar cama. Si Ud. no se encuentra en la misma necesidad le ruego que disponga del cubierto que queda libre en la mesa, a menos que no quiera Ud. economizarlo, - lo que merece consideración, teniendo en cuenta la miseria de los tiempos y el mal asunto de la seda-; en el primer caso yo propongo - sin ningún derecho de prerrogativa, bien entendido - Boohm (1).
Suyo,
*
El señor y la señora Wesendonk son amigablemente invitados a venir a nuestra casa el próximo domingo, al mediodía.
Puesto que el señor y la señora Wesendonk han tenido a bien enfriar sus relaciones con nosotros hasta el punto de no visitarnos por la noche sin ser invitados, nos es forzoso preguntarles en términos oficiales si el señor y la señora Wesendonk se decidirán a sorprendernos hoy o bien, en el caso en que ciertos profesores tuvieran que mostrar su ciencia al señor y a la señora esta noche precisamente ¿podríamos esperar la sorpresa de su visita mañana?
Guardar las localidades con
el tiempo necesario.
Muy buenos días.
*
A la honorable familia Wesendonk.
Mirrha, Guido, Carlos, etc.
No quiero abandonar al azar
vuestra visita de esta noche, por lo que prefiero asegurarme esta encantadora
dicha invitándoles. Semper y Herwegh serán de los nuestros.
Por consiguiente hasta la hora en punto.
¿Quiere usted ponerse
en camino con este viento del Oeste y estos anuncios de mal tiempo?
Sencilla pregunta.
Suyo,
Todo está en regla. ¿Vendrá
usted un rato para el tercer acto de la Walkyria?
La espero,
Señora Matilde Wesendonk:
Muchas gracias por las bellas
flores, el viejo pensamiento bien cuidado ha conservado toda su belleza,
por lo cual lo guardaré.
Una buena cosa, ayer he acabado
el acto y lo he enviado (1).
Hoy no hubiera podido trabajar,
el catarro ha empeorado y la fiebre no me abandona nunca del todo. Por
lo demás, todo va bien, todo marcha fácilmente. ¿Cómo
va en la casa de enfrente?
*
No tengo nada que decir
al padre de mi país; si se atreve a venir a visitarme en mi nido
de golondrina le pondré en la puerta. Sus colores son blanco y verde:
eso para Baur.
La musa comienza a serme favorable.
¿Significa esto un presagio feliz de la certidumbre de vuestra visita?
He encontrado en primer lugar una melodía, que me fué imposible
de adaptar entonces; pero descubrí las palabras en la última
escena del Sigfredo. ¡Buena señal! Ayer se me reveló
el comienzo del acto segundo y especialmente el sueño de Fafner,
en el cual he encontrado hasta una nota humorística. Ud. conocerá
todo ello, cuando mañana venga la golondrina a visitar su nido.
Creo que nos hemos olvidado
de invitaros según las formas establecidas para el domingo por la
noche; permítame reparar la cosa por la presente. Ya sabe que se
trata de una pequeña fiesta en honor de Sulzer. También debo
informarle de que se servirá el té a las siete.
Espero que le veremos a la
hora en punto con el señor Kutter, al que suplico que invite de
nuestra parte con toda insistencia.
Para su satisfacción
personal le advierto que no he podido trabajar esta noche, pero Calderón
sin embargo lo he quitado de en medio. Devrient me encarga que les complimente.
Por lo demás, el mundo existe siempre. Fafner está con vida,
todas las cosas tal como han sido.
No me encuentro bien y debería
celebrar el cumpleaños de mi mujer, en casa. Muy cordiales gracias
por su bondad.
He aquí, querido
amigo (1), mi primer plazo de alquiler. Con el tiempo, espero pagarle todo
lo debido, es posible que eso no tarde mucho, entonces exclamará
Ud., ¡vaya el señor Tristant cómo puede pagar el tributo!
Y con eso, como siempre, mis
más expresivas gracias por toda la bondad, por toda la amistad que
Ud. me ha prodigado.
Suyo,
*
«La herida causada
por Horold, la sano con el fin de que vuelva a la vida», etc., etc.
He conseguido muy bien el pasaje
hoy. Será necesario que se lo ejecute.
La escena de explosión
entre Tristán e Isolda la he logrado a la perfección, estoy
en el colmo de la felicidad.
*
Ya tengo el libro de Soden
sin encuadernar, pero pronto disponible.
Ya tenía la lista completa
por Schulthess. Es posible que el volumen sobre «El Emperador Otón
en Florencia», etc., valiera la pena de ser leído.
Las traducciones de Ricardo
(1) también me parecen dignas de interés en lo que se refiere
al asunto tratado.
Pensemos todavía en
las novelas de Cervantes; yo las he tenido ya por algún tiempo.
Por lo demás, ya tengo
bastante provisión; leo poco.
Muchas gracias por Ifigenia.
Aquí incluyo alguna
cosa de Strasburgo, pero ningún pastel de foie-gras.
Un saludo en nombre de nuestro
Dios.
¿Nos veremos esta noche?
*
Acabo de leer «Fernando el Santo», ¿he debido encontrarlo bello y emocionante? ¿Será quizá mi estado de espíritu la causa? Si me hubieran predicho la muerte con toda certeza para este año, lo saborearía como el acontecimiento más solemne y feliz de mi existencia. Únicamente la incertidumbre sobre el tiempo que hemos de vivir todavía nos sumerge en la duda y en el pecado; pero la certeza sobre el tiempo que me quede parece dejarme libre de todo roce. ¿Cómo lograr lo que deseo con tanto ardor?
¡Qué maravilloso
nacimiento de la criatura rica en el dolor! ¿Nos será necesario
vivir así? ¿A quién se le podría pedir jamás
abandonar a sus criaturas?
¡Que Dios nos asista!,
pobres de nosotros. ¡O es que somos muy ricos!
¿Nos es necesario ayudarnos
nosotros mismos solos?
La carta. - ¡Cómo
me ha entristecido! - El demonio abandona uno de nuestros dos corazones
para entrar en el otro. ¿Cómo vencerlo? ¡Oh, somos
dignos de lástima! Ya no nos pertenecemos. ¡Demonio, hazte
Dios! ... La carta me ha entristecido.
Ayer he escrito a nuestra amiga
(1). Sin duda va a regresar pronto.
¡Demonio! ¡Demonio,
hazte Dios!
(Notas musicales).
¡Querido hijo extraviado!
¡Ve, quería precisamente
escribirte eso, cuando encontré tus bellos, tus nobles versos!
Sin duda no esperas que
deje tu maravillosa, tu espléndida carta sin contestación.
¿O sería mejor que renunciase, ante la suprema nobleza de
tu palabra, al hermoso derecho de contestarte? ¿Pero cómo
podría yo contestarte, si no es de una manera digna de ti?
Las luchas formidables que
hemos sostenido, ¿cómo podrían acabar de otra manera
más que por la victoria conseguida sobre todas nuestras aspiraciones,
sobre todos nuestros deseos? ¿No sabíamos nosotros, incluso
en los minutos más ardientes en los que estábamos el uno
junto al otro, que tal era nuestro fin?
¡Ciertamente! Era precisamente
por lo inaudito de la dificultad por lo que no podíamos llegar más
que a costa de las luchas más penosas. ¿Pero es que no habíamos
conocido ya todas las luchas? ¿Qué otras luchas podrían
esperarnos todavía? Verdaderamente que yo siento en lo más
profundo de mí mismo que hemos visto al fin.
Cuando hace un mes, le expresaba
a tu marido mi decisión de romper toda relación personal
con vosotros dos, había ... renunciado a ti. Sin embargo, aún
no me sentía completamente puro; me daba cuenta de que sólo
una separación completa, o bien una unión absoluta, podría
salvar nuestro amor de esas terribles proximidades, en las cuales lo habíamos
visto expuesto durante estos últimos tiempos. Así pues en
vista del sentimiento de que nuestra separación era necesaria, se
encontraba la posibilidad de una unión si no querida, al menos concebida.
De ahí una tensión nerviosa que ni uno ni otro podríamos
soportar. Yo me confesé a ti y descubrimos con evidencia que toda
otra posibilidad hubiera constituído un crimen, cuyo pensamiento
mismo era intolerable. Pero la necesidad de renunciar el uno al otro adquiere
naturalmente otro carácter; a la tensión nerviosa sucedió
una solución sedante.
El último egoísmo
desapareció de mi corazón, y mi decisión de frecuentar
de nuevo su casa fué entonces la victoria de la humanidad más
pura sobre el último sobresalto del deseo personal.
Yo no quería sino reconciliar,
aplacar, consolar, serenar, y así procurarme la única dicha
a que aún podía aspirar.
Jamás en toda mi vida
hube sentido emociones tan intensas y tan terribles que en estos últimos
meses. Todas mis impresiones precedentes, resultaban vacías en comparación
de éstas. Tales sacudidas como las que sufrí por esta catástrofe,
deberían imprimir en mí profundas señales y si alguna
cosa pudiera agravar todavía mi estado de espíritu, sería
la salud de mi mujer.
Durante dos meses, esperaba
de un día a otro el anuncio de su muerte repentina, el doctor creyó
deber prepararme para tal suceso. En rededor de mí todo era sensación
de muerte, mi mirada hacia el porvenir o al pasado se llenaba siempre de
imágenes fúnebres y la vida real perdía para mí
su último atractivo. Debiendo observar junto a la desgraciada mujer
los más extremados cuidados, no era menor mi deber de resolverme
a destruir nuestro hogar y, para su mayor consternación, comunicarle
esta decisión.
Figúrate mi estado de
espíritu, cuando contemplaba en este magnífico verano el
bello «Asilo», tan perfectamente, tan únicamente conforme
a mis deseos, a mis aspiraciones de antes, cuando me paseaba por la mañana
por el bonito jardincillo, admirando los tesoros de flores cada vez más
ricos, escuchando a los pájaros posados en los rosales. Imagina
lo que me había costado arrancarme del pensamiento tan bella convicción.
¡Imagínatelo, tú que me conoces a fondo, mejor que
nadie!
¿Crees tú que
habiendo huido ya lejos del mundo un día podría volver ahora?
¿Ahora que todo en mí ha llegado a ser extraordinariamente
tierno, sensible, por la falta de costumbre cada vez más prolongada
de todo contacto con él? Mi última en-trevista con el Gran
Duque Weimar, me probó también más claramente que
nunca, que la inde-pendencia absoluta es la condición esencial para
mi vida y mi trabajo, de tal suerte que me es preciso renunciar, en lo
más profundo de mí mismo, a toda obligación, incluso
con este Príncipe real-mente digno de ser amado.
No puedo tampoco, menos que
nunca, entregarme al mundo; me es imposible establecerme en una gran ciudad
por algún tiempo, y ¿podría soñar toda-vía
en la fundación de un nuevo «Asilo», de un nuevo hogar
cuando he tenido que destruir el otro en el que apenas he gozado, ese que
me había creado la amistad y el más noble amor, en ese delicioso
paraíso? ¡Oh, no! ... ¡Para mí, irme de aquí
significa... morir!
Con tal herida en el corazón
no puedo intentar fundar un nuevo hogar.
Hija mía, no me es ya
posible imaginar más que una única salvación, y no
me puede venir más que de lo más profundo de mi corazón,
ya no de tal o cual causa exterior. Tiene nombre: ¡La paz! En el
apaciguamiento absoluto impuesto al deseo. ¡Noble y digna victoria!
Vivir para otros, para otros... Será nuestro propio consuelo.
Tú conoces ahora la
grave crisis decisiva de mi alma: ella responde a mi concepción
de la vida, al porvenir íntegro, a todo lo que me es próximo
- por consiguiente también a ti -, el ser que me es más querido.
Déj ame que sobre las ruinas de este mundo de deseo te lleve aún
la salvación.
Sabes que nunca en mi vida
me he mostrado inoportuno, más bien siempre de una sensibilidad
casi extremada. Por primera vez quiero parecerte ahora inoportuno y rogarte
que quedes con respecto a mí, tranquila en el fondo de tu alma.
No iré a veros a menudo porque no debéis encontrarme en lo
sucesivo más que cuando esté seguro de poder mostrar una
fisonomía serena y tranquila. Antes iba a tu casa con el sufrimiento
y el deseo en el corazón; y allí donde buscaba el consuelo,
no llegaba más que la tranquilidad y la pena. Esto no debe ser más.
Si por consiguiente no me ves más que de tarde en tarde... ruega
por mí en secreto. Porque entonces, has de saber que sufro. Pero
si voy, puedes estar segura que llevaré a tu casa lo mejor de mí
mismo, un don que sólo yo puedo ofrecer sin duda, yo que he sufrido
tanto involuntariamente.
Según todas las probabilidades,
seguramente pronto, según creo a principios de invierno, llegará
el momento en que dejaré Zurich por bastante tiempo; de un día
a otro puede llegar la amnistía esperada que me permitirá
entrar en Alemania, a donde iré periódicamente con el objeto
de encontrar el equivalente de la única cosa que no he podido poseer
aquí. Entonces estaré largo tiempo sin veros. Pero el regreso
después de eso, «al Asilo» que me ha llegado a ser tan
querido, con el fin de reposar mis preocupaciones, de las inevitables exasperaciones,
para respirar el aire puro y recobrar el gusto para la obra a la cual el
destino me ha llevado una vez para siempre, eso será, para mí,
el dulce rayo de luz que allá lejos sostendrá mis fuerzas,
al apetecido consuelo que me llamará hacia aquí.
¿Y no eres tú
la que me ha conferido el mayor bien de la existencia? ¿No es a
ti a quien debo la única cosa, que aún puede parecerme digna
de gratitud y de interés en este momento. ¿Y no he de procurar
yo recompensarte por lo que me has conquistado al precio de tales sacrificios,
y al precio de tales sufrimientos?
Hij a mía, estos últimos
meses me han blanqueado sensiblemente los cabellos por las sienes; una
voz llama a mí con insistencia al reposo, este reposo que yo deseaba,
hace muchos años, a mi holandés del «Buque Fantasma».
Es la intensa aspiración hacia una patria, hacia un hogar, y no
hacia el goce exuberante de la vida pasional. Una mujer fiel y entregada
plenamente podría únicamente procurar esta patria a mi héroe.
¡Entreguémosnos a esta bella muerte que envuelve y aplaca
todas estas aspiraciones, todos estos deseos! Muramos dichosos, con una
mirada luminosa y tranquila con la divina sonrisa de la victoria bellamente
lograda! Cuando somos vencedores.
Adiós, ángel
bienamado.
*
El telegrama siguiente hace mención al concierto de Beethoven en la Villa Wesendonk.
Otto Wesendonk. - Zurich.
La última noche pasada
en el «Asilo» me acosté después de las once,
a las cinco de la mañana siguiente tenía que marchar. Antes
de cerrar los ojos fui vivamente impresionado por el recuerdo del tiempo
en
que me decía que algún día moriría allí
mismo, y vendrías junto a mí por última vez rodeando
con tus brazos mi cabeza en presencia de todo el mundo y recibiendo mi
alma en un supremo beso. Esta muerte me la imaginaba con dicha; concordaban
los menores detalles con el decorado de mi alcoba; la puerta que da a la
escalera estaba cerrada; tú entrabas por la del estudio, me envolvías
con tus brazos, entonces yo te miraba al morir. Ahora, esta posibilidad
de morir ¿me era también rechazada? Fríamente, como
si hubiera sido despedido, abandoné esta casa donde estaba encerrado
en compañía de un demonio al que no podía conjurar
más que por la fuga. ¡Dónde, dónde morir ahora!
... Así me dormí.
Un ligero ruido maravilloso,
me hizo salir de mi pesadilla despertándome, sentí un beso
en mi frente seguido de un suspiro penetrante. Resultaba tan distinto cuando
me incorporé y miré en torno a mí. Silencio absoluto.
Encendí la luz, era un poco antes de la una, la hora de los aparecidos
tocaba a su fin. ¿Habría velado junto a mí, a mi cabecera,
un fantasma durante esta hora maldita? ¿Velabas o dormías
tú durante ese tiempo? ¿Cómo te encontrabas? Imposible
de reconciliar el sueño. Durante largo tiempo me agitaba en la cama,
después me levanté, me arreglé completamente, cerré
con llave la última maleta, aguardé, lleno de angustia, el
día, yendo y viniendo por la habitación y echándome
a ratos sobre la cama. Me parecía que el día tardaba más
que en mis noches de insomnio del pasado verano. Con un rubor de vergüenza
salió el sol de las montañas, miré por última
vez largo tiempo a la «Colina verde». ¡Oh, cielo!, ni
una lágrima me humedeció los ojos, pero me pareció
que los cabellos de mis sienes se blanquearon. Ya había hecho todas
mis despedidas. En mí, ahora, era todo frío, seguro; bajé.
Mi mujer me esperaba. Me ofreció el té, fué un instante
de un dolor desgarrador. Ella me acompañó al jardín.
La mañana era radiante. Yo no retrocedí. En el minuto supremo,
mi mujer prorrumpió en suspiros. Mis ojos quedaron secos por primera
vez. Le dije todavía que se mostrase paciente y digna, que se consolase
en cristiana. Pero su antigua violencia vindicativa se encendió
nuevamente. «No pudo ser salvada - fui obligado a decirme -. Sin
embargo no puedo vengarme de la desgraciada. Ella misma debe ejecutar su
propia sentencia». Yo me mantenía profundamente grave; había
en mí una amargura y una tristeza espantosas. Pero no podía
llorar. Así es como partí. Y entonces - no lo niego -, me
envolvió una sensación de calma, respiré libremente...
Iba a la soledad: -en ella estoy en mí; allí puedo amarte
con todas las fuerzas de mi alma.
Aquí no he hablado todavía
a nadie más que a servidores. Incluso he escrito a Carlos Ritter
que no viniera a verme. ¡Me hace tanto bien eso de poder no hablar!
... He leído tu diario antes de acostarme, por primera vez después
de mi partida. ¡Tu diario! ¡Esos trazos divinos y profundos
de tu ser! ... He dormido bien.
Al día siguiente, elegí
un departamento que he alquilado por semanas. En él me encuentro
tranquilo. Al abrigo de importunidades; me recojo y espero el fin de los
calores para irme a Italia. No salgo en todo el día.
Ayer he escrito a mi hermana
Clara que tú viste hace dos años. Deseaba una fraternal explicación
de mi parte: mi mujer le había escrito y anunciado su llegada. Yo
le hice ver todo lo que tú eras para mí desde hace seis años;
qué cielo me habías preparado; al precio de qué luchas,
y de qué sacrificios me habías protegido; con qué
mano ruda y torpe había sido desnaturalizada esta milagrosa intervención
de tu alto y noble amor. Yo sé que ella me comprende; es una naturaleza
entusiasta en una envoltura desaliñada. Me era necesario pues desarrollar
mis explicaciones respecto a tal punto.
Pero ¡qué temblores
en mi corazón, en mi alma, mientras que escribía eso, mientras
que me era permitido pintar tu sublime pureza! ... ¡Sí, ciertamente,
nosotros olvidaremos, nosotros venceremos todo: no quedará sino
un solo sentimiento, la certeza de que un milagro tuvo lugar aquí,
tal como la naturaleza no lo realiza más que una sola vez durante
siglos, sin llegar siquiera a una tal nobleza de fines. Deja ahí
todo el dolor. Somos los más felices de los seres. ¿Con quién
querríamos cambiar nuestra suerte?
Te he visto en sueños
sobre la terraza; llevabas traje de hombre y tenías sobre la cabeza
un sombrero de viaje. Tu mirada se fijaba en la dirección por donde
yo había partido. Sin embargo, yo llegaba por el otro lado. De esta
manera tenías siempre tu mirada desviada de mí y yo buscaba
en vano hacerte señas de que estaba allí hasta el instante
en que llamé: « ¡Matilde! » Suavemente primero,
después más alto, siempre más alto hasta despertarme
al fin por el ruido de mi propia voz. Volviéndome a dormir al poco
tiempo y recayendo en mis ensueños, leía tus cartas, que
me confesaban amores de juventud: el bien amado, había renunciado
a él; pero elogiaba sin embargo sus cualidades, no venías
hacia mí más que para encontrar consuelo, lo que me enfadaba
un poco. No quería seguir ese sueño y me levanté para
escribir estas líneas... Durante todo el día había
sufrido de una violenta crisis de nostalgia y un cruel desabrimiento de
la vida se había apoderado de mí.
Esta noche no tenía
sueño, he estado largo tiempo despierto. Mi dulce criatura no me
dice como se encuentra. El Gran-Canal es maravillosamente bello en la noche.
Una góndola se desliza delante del palacio. A lo lejos se llaman
cantando unos gondoleros. Es una sensación de belleza, de una nobleza
extraordinaria.. Las estrofas del Tasso no acompañan el canto como
en otro tiempo; pero las melodías son seguramente muy viejas, tan
antiguas como Venecia misma y ciertamente más viejas que las estrofas
del Tasso, adaptadas probablemente a las melodías. Así se
ha conservado en la melodía lo eternamente verdadero, mientras que
las estrofas, como un fenómeno pasajero, han sido absorbidas por
ellas para desaparecer a lo largo completamente. Estas melodías,
profundamente melancólicas, cantadas con una voz sonora y potente
que el agua trae de lejos y que van a morir todavía más allá,
han producido en mí una impresión solemne. ¡ Sublime!
Ayer he visto a la Ristori
en el papel de María Stuardo. Hace algunos días que la había
visto por primera vez en el de Medea, en el que me gustó mucho,
sí, en el que me hizo verdaderamente gran impresión. Virtuosidad
poco corriente; posee una seguridad de escena que aún no había
visto nunca llevada a la perfección suya. Sin embargo, he reconocido
claramente esta vez lo que falta completamente en su arte, porque eso es
absolutamente indispensable en el papel de María Stuardo, (no lo
había notado antes porque semejante observación no puede
aplicarse al papel de Medea). En el de María Stuardo hace falta
la espiritualidad, el entusiasmo, un intenso, un apasionado calor. La insuficiencia
de la artista resultaba verdaderamente penosa al señalarla, y yo
sentía, con algún orgullo, la elevación y significación
del arte alemán, acordándome de haber visto ya varias trágicas
alemanas interpretando este papel con un calor comunicativo, incluso irresistible,
mientras que la Ristori, al pasar rápidamente de la prosa refinada
a efectos de plástica, por decirlo así, animal, probaba que
no se daba realmente cuenta de la naturaleza de su papel, que no era capaz
de cumplirlo. Era verdaderamente lamentable e irritante. Es realmente esta
espiritualidad del arte alemán lo que hace posible mi música
y, por ella, mis poemas. ¡Qué alejadas resultan, por el contrario
estas revoluciones franco-italianas de todo lo que yo pueda crear! Y sin
embargo, el elemento espiritual obra sobre los italianos y los franceses,
sin que lo adviertan, cuando les viene de fuera, de suerte que yo no puedo
considerarlo como una característica particularmente alemana: De
ello he podido darme cuenta por las impresiones que experimentaron ciertas
personas después de la representación de mis obras. ¿Dónde
radica entonces la diferencia entre el idealismo del que hablo y estos
efectos de plástica realista? Acuérdate de la escena de María
Stuardo, en el tercer acto, cuando dirige en el jardín una invocación
a la libertad: imagínate a la Ristori descuidando casi todo lo que
en este odio naciente contra Isabel no le da ocasión para exhibir
su virtuosismo de mímica rápida y variada. Estas explicaciones
no te muestran la cosa con absoluta claridad. Pero ciertamente comprenderás
pronto lo que quiero decir cuando yo te rememore nuestro amor.
Hoy he recibido una carta
de la señora Wille. Son las primeras noticias tuyas. Según
lo que escribe, está resignada, tranquila y resuelta a ir hasta
el fin en la vía del renunciamiento. Los padres, los hijos, los
deberes.
¡Qué mal se armonizaba
esto con mi estado de alma divinamente sereno y grave a la vez!
Pensando en ti no me han venido
al pensamiento nunca los parientes, los hijos, los deberes; sabía
solamente que tú me amabas y que todo lo que es elevado y altivo
en este mundo debe sufrir. Desde esta altura, me espanto de haber determinado
exactamente las circunstancias que nos hacen desgraciados. Entonces te
vislumbro repentinamente en tu magnífica mansión; veo todas
las cosas, oigo a todas las personas a las cuales hemos de ser eternamente
incomprendidos, los que no se acercan a nosotros más que para separarnos
con angustia de lo más próximo. Me da un deseo furioso le
decir: ¿Son esos, que no saben nada de ti, que no comprenden nada
de ti, pero exigen todo de ti a los que sacrificarás todo? Tal cosa
no puedo ni verla ni entenderla, si quiero cumplir dignamente la misión
que me ha sido dada en la tierra. Es únicamente en lo más
profundo de mí mismo donde encontraré la fuerza necesaria:
por fuera todo me empuja a la amargura, todo lo que quiere imponerse a
mis decisiones.
¿Esperas verme este
invierno algunas horas en Roma? Temo que me sea imposible verte. Verte
y separarme en seguida de ti por la satisfacción de otro ser. ¿Podría
serlo aún? Seguramente no.
Tampoco quieres carta. Yo te
he escrito y conservo la esperanza firme de que mi carta no será
rechazada; sí, estoy cierto de la respuesta.
¡Tregua a esta loca imaginación!
Espero.
Ayer me encontraba bastante
mal, tenía fiebre. Por la noche, recibí una nueva carta de
la señora Wille, en la cual me era devuelta mi breve carta sin abrir.
Eso no debieras haberlo hecho.
¡No, eso no!
Hoy no tengo nada para mi diario.
Mi pensamiento, nada más que mis pensamientos. Es necesario que
se clarifiquen.
Me es un consuelo saber que
tú vuelves a encontrar la calma y la fuerza. Yo tengo otro consuelo
todavía, que parece casi una venganza: un día, leerás
también esta carta reexpedida y sentirás la injusticia espantosa
de haberla rechazado. Y, sin embargo, he sufrido tales repulsas a menudo.
¡Ah! Alguna cosa de
ti, tres palabras directamente, nada más.
Los intermediarios, incluso
los más seguros, los más fieles, no pueden reemplazar nada.
¡Qué difícil es ya el comprenderse absolutamente cuando
se es dos, el uno frente al otro! Y todavía es necesario que estos
dos estén igualmente en disposiciones favorables, aquellas que sólo
la plena conciencia del amor presente puede asegurar. Un tercero es siempre
un extraño. ¿Qué ser podría despojarse de su
yo y de su ambiente particular tan completamente para que pudiese participar
de los otros dos? Yo comprendo que la señora Wille no pueda decidirse
a remitirte cartas mías nada más que por consideración
hacia ella misma. En tal caso es imposible interesarse en el contenido,
ver de qué manera son apaciguadoras, necesarias, tales comunicaciones:
una cosa basta, son cartas y ella puede, ella debe tal vez vacilar en remitirlas.
De otra manera ¿de qué opinión sería pues la
amiga? Ella no puede obrar sino lo que según su situación
particular concerniente a todos los interesados le permite, y le permite
ciertamente en el sentido mejor, el más noble. Solamente ella obra
según tus deseos. ¿Entonces qué? ¡Una religión
entre nosotros!
Bastante por hoy. ¡La
paz! ¡La paz!
Estaba tan triste que ni
siquiera he podido confiar la menor línea a mi diario. Hoy recibo
tu carta, tu carta a la señora Wille. Que tú me amas, lo
sabía bien: eres como siempre, buena, profunda y llena de razón;
he debido sonreír y casi alegrarme de mis recientes adversidades
puesto que tú me procuras tan alta sensación de felicidad.
Yo te comprendo - incluso cuando te quito un poco la razón -, porque
en mi interior profundo tengo por injusto todo lo que me precisa considerar
como medio de defensa contra una eventual inoportunidad de mi parte. Creía
sin embargo, haber probado por mi alej amiento de Zurich, - de tan horrible
memoria -, que era capaz de ceder y que desde entonces, tenía derecho
de sentir la menor duda sobre mi ternura resignada como una grave e inmediata
herida. ¿Pero a qué todo eso ahora? La sublime belleza de
mi estado de alma estaba abatida; es necesario ahora levantarme penosamente.
Perdóname si aún estoy vacilante. Yo encontraré la
serenidad de uno o de otro modo. Dentro de poco escribiré a la señora
Wille; Pero también en las cartas que le dirigíré,
estoy decidido a poner a prueba mi moderación. ¡Dios mío,
todo es igualmente difícil y el fin supremo no puede ser alcanzado
más que manteniéndome moderado! ¡Sí! Todo está
bien y todo irá bien. Nuestro amor domina todos los obstáculos
y cada dificultad nos hace más ricos, más próximos
a la espiritualidad, más nobles, más vueltos hacia el fondo,
la esencia misma del amor que fortifica nuestra indiferencia por lo que
no es esencial. Sí, criatura buena, pura y bella, venceremos; ya
estamos en plena victoria.
Me siento serenado y dispuesto.
Tu carta me alegra aún siempre. ¡Qué sensato, bello,
encantador, es todo lo que viene de ti! El destino de nuestras personas
me es, por decirlo así, indiferente. Es todo tan puro interiormente,
se armoniza tan perfectamente con mi ser y la necesidad! Con estos bellos
sentimientos quiero volver a empezar mi trabajo y espero el piano de cola.
Tristán me costará muchos esfuerzos todavía: Cuando
esté acabado, creo que me parecerá que un maravilloso período
de mi vida habrá encontrado su conclusión y que elevaré
en adelante mi mirada hacia el mundo con calma, claramente, profundamente,
como un espíritu renovado y esto que a través del mundo miraré,
serás tú. Tal es la razón por la cual experimento
un deseo tan vivo de ponerme a trabajar.
Por el momento, tengo una odiosa
e interminable correspondencia, que me lleva mucho tiempo; pero siempre
eres tú la que me traes el consuelo, y Venecia también me
asiste maravillosamente. Por la primera vez respiro esta atmósfera
siempre igual, pura y deliciosa; el aspecto magnífico de la ciudad
me tiene en un estado de sueño dulcemente melancólico del
que experimento aún y siempre el beneficio. Cuando a la tarde voy
en góndola al Lido, hay alrededor de mí como esa vibración
tierna y prolongada del violín, que tanto amo y a la cual te he
comparado un día: puedes ahora imaginarte lo que yo siento al claro
de luna sobre el mar.
*
La taza y el servicio han
llegado bien. Es el primer signo amistoso desde fuera. ¿Qué
digo? «Desde fuera». ¿Cómo aplicar esta palabra
a cosas que me vienen de ti? Y sin embargo ello viene de lejos, de esa
lejanía que ahora me es tan próxima. ¡Mil gracias,
criatura imaginativa y encantadora! Callándonos de esta suerte,
claramente nos decimos lo que nos es a tal punto inexpresable.
Por el momento no puedo
siquiera ocuparme de mi diario; es abrumador la de cartas que tengo que
escribir cargadas de comisiones y tareas. ¡Qué insensato soy!
Esta eterna inquietud de vivir en el fondo, una tal aversión por
esta vida que necesariamente he de cordinar artificialmente, a fin de no
tenerla delante de los ojos, en todo su repelente horror. ¿Quién
sabrá nunca lo que hay entre mí y la posibilidad de la paz,
necesaria para mi trabajo? Pero quiero tener conformidad, porque es preciso.
Yo no me pertenezco y mis sufrimientos, mi angustias, son los medios para
llegar a un fin que los desafíe. ¡Valor, valor! Es preciso.
En este momento aparece
la luna menguante tardíamente. Cuando estaba en toda su plenitud,
me procuraba mucho consuelo; me ha iluminado agradables sensaciones de
las que tenía necesidad. Después de la puesta del sol, por
lo general, bogaba hacia su encuentro en góndola yendo al Lido.
La lucha entre el día y la noche resultaba siempre un espectáculo
magnífico bajo el cielo puro. A la derecha, en medio del éter
de un rosa pálido, brillaba la fiel claridad de la estrella de la
noche; la luna en todo su esplendor lanzaba hacia mí la red de sus
brillantes rayos en el mar. Yo le volvía la espalda en aparecido.
Un poco por encima de las Pléyades (1), grave y clara con su estela
de luz creciente, se presentaba a mi mirada errante la cometa en dirección
de tu vivienda, desde donde tú contemplabas la luna. Para mí
el cometa no tenía nada de temeroso; además nada me inspira
ya ningún temor, porque no tengo ninguna esperanza, ningún
porvenir. Incluso no podía menos de sonreír de la emoción
popular, la escogí como mi estrella con una cierta jactancia orgullosa.
¿Soy yo mismo un tal meteoro? ¿Llevé la desgracia?
¿Era por mi culpa? No podía quitármela de la vista.
En la calma y en el silencio, llegué a la Piazzetta, alegremente
iluminada, perpetuamente atravesada por una masa regocijada. Después,
viene el curso por el Gran-Canal, grave y melancólico: a izquierda
y a derecha magníficos palacios; silencio absoluto, nada más
que el dulce deslizamiento de las góndolas, en el golpe de los remos.
Grandes ondas proyectadas por la luna. Subo al palacio mudo: grandes alas,
vastas galerías, habitadas sólo por mí. La lámpara
arde; tomo un libro, leo un poco, reflexiono profundamente. Todo es silencioso,
allá en el Gran-Canal, música. Una góndola, brillantemente
iluminada con cantores y músicos; embarcaciones cada vez más
numerosas, siguen cargadas de oyentes. A todo lo largo del canal avanza
la escuadrilla, casi sin movimiento, deslizándose suavemente. Bellas
voces, instrumentos medianos ejecutan canciones. Todos son oídos.
Al fin, de un modo apenas perceptible, dan la vuelta y desaparecen más
imperceptiblemente todavía; largo tiempo continúo escuchando
la música, ennoblecida y purificada por el silencio nocturno: no
puede entusiasmarme como arte, pero aquí se hace naturaleza. En
fin, todo se calla; la última nota se funde en el claro de luna
que continúa brillando, como el mundo de los sonidos hecho visible.
La luna ha decrecido ahora.
Yo no me siento bien desde
hace algunos días: me ha sido necesario renunciar a mi paseo de
noche. No me queda más que mi soledad y mi existencia sin porvenir.
Sobre la mesa, delante de mí,
hay un retrato pequeño. Es el de mi padre que no te pude enseñar
cuando llegó. Tiene una fisonomía noble, dulce, melancólica
y doliente que me enterneció infinitamente. Este retrato me ha llegado
a ser muy querido. Quien quiera que venga a visitarme, espera ver, según
todas las probabilidades, la imagen de una mujer amada. ¡No! No poseo
ninguno de ella. Pero llevo su alma en mi corazón. Que mire en ella
quién pueda.
Buenas noches.
*
Hoy he pasado por muchas
emociones. He sabido la ansiedad respecto a mí de aquellos que me
son queridos; con ellos una bella carta, triste y alegre a la vez, como
yo lo estaba verdaderamente.
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Mi antiguo horror por los casamientos
precoces me ha vuelto; salvo el caso de personas absolutamente indiferentes,
no he visto ninguno que, a la larga, no termine en un desacuerdo profundo.
¡Qué desdicha entonces! Alma, carácter, talento, todo
ha de perecer al menos que no intervengan coyunturas extraordinarias e
incluso dolorosas. Así pues, todo es desdicha en torno a mí:
lo que significa algo doloroso y abandonado; toda la insuficiencia quiere
alegrarse absolutamente de existir. ¿Pero qué le importa
eso a la Naturaleza? esta persigue sus fines ciegamente, no se ocupa más
que de la especie, es decir, no quiere más que vivir siempre de
nuevo, recomenzar largamente, hasta el infinito. El individuo al que carga
de todos los sufrimientos de la vida no le supone más que un grano
de arena en esta inmensidad de la especie, grano que puede reemplazar miles
y millones de veces, si prefiere sobre todo a la especie. ¡Oh! No
me gusta oír a nadie recurrir a la Naturaleza: los corazones nobles
piensan siempre noblemente, y en sus llamadas son siempre ellos mismos
los que hablan, es verdad. La naturaleza, por el contrario, no tiene corazón,
está desprovista de sentimiento y cualquier ser egoísta,
incluso cruel, puede invocarla con más confianza y certidumbre que
el ser dotado de sensibilidad.
¿Qué significa,
pues, ahora una unión de esta suerte que convenimos para toda la
vida en plena juventud desbordante, a la primera llamada del instinto propagador?
¿Y qué raramente logran ser discretos los padres por su propia
experiencia? Cuando finalmente se han librado de la miseria y han encontrado
el bienestar, olvidan todo y sin pensar en más, dejan a sus hijos
precipitarse en el mismo camino. Sin embargo, en esto ocurre como en todo
en la naturaleza, prepara la miseria al individuo, la desesperación
y la muerte; solamente debe dejarle la facultad de elevarse por encima
de estas tres pruebas, hasta la conquista de la más alta resignación.
Ella no puede recusarse, mira entonces asombrada y dice: ¿ «Estaba
bien lo que he querido»?
Todavía no me siento
completamente centrado; espero sin embargo mucho en esta noche, si duermo
bien. Ciertamente tú no te alegrarás ¿no es verdad?
Buenas noches.
No hace mucho tiempo mi
mirada iba de la calle a la tienda de un comerciante de aves, distraidamente
examinaba la mercancía dispuesta de una manera limpia y apetitosa,
cuando entonces un individuo, en un rincón se ocupaba en desplumar
a un pollo, otro individuo introducía la mano en una jaula empuñando
a otro pollo vivo al que arrancaba la cabeza. El grito espantoso del animal
y sus quejidos de más en más débiles, durante el acto
de violencia, hirieron espantosamente mi corazón. Desde entonces
he podido sacudir esta impresión tan a menudo ya experimentada.
Es desconsolador el pensar sobre qué abismos de crueles miserias
está fundada en suma nuestra existencia, más ávida
sin embargo de goces. Esto fué siempre para mi observación
de una evidente claridad y, en razón de mi sensibilidad creciente,
me doy cada vez más cuenta de que la verdadera causa de todos mis
sufrimientos, radica únicamente en el hecho de no poder renunciar
definitivamente a la vida y a las ambiciones. Las consecuencias deben señalarse
por todo en mi humor, de una versatilidad a menudo inexplicable y amarga
en relación a los seres más queridos, lo que no se comprende
más que por esta oposición. En seguida que apercibo el absoluto
bienestar y el esfuerzo intenso para llegar a él, retrocedo con
una cierta sensación de horror dentro de mí. Cuando una existencia
me parece libre de dolor o únicamente ocupada en apartar todo sufrimiento,
soy capaz de perseguirla con indefectible amargura, porque me parece extraña
al cumplimiento de la verdadera misión del hombre. Así pues,
sin que haya de mi parte la menor envidia, experimento un odio instintivo
contra los ricos, admito que, a pesar de lo que poseen, no se les puede
estimar como dichosos; solamente hay en ellos el visible esfuerzo de querer
serlo, y es lo que hace que yo me aleje. Con un refinamiento de intenciones,
apartan todo lo que la miseria pudiera mostrar a su eventual compasión,
todo aquello sobre lo que reposa su bienestar deseado; y sólo eso
pone un nudo entre ellos y yo. Yo me he observado y he confirmado que me
atrae una irresistible simpatía en dirección opuesta y que
no estoy seriamente emocionado, más que cuando mi piedad ha despertado
mi compasión. Esta compasión parece el rasgo más instintivo
de mi yo moral, y, probablemente es ella tambien la fuente de mi arte.
Lo que caracteriza la compasión,
es que no está afectada por ninguno de los aspectos individuales
del sujeto que sufre, sino más bien y únicamente por el sufrimiento
observado en sí mismo. En amor no es así, en él nos
elevamos hasta la comunidad absoluta de la alegría. ¡No podemos
tomar parte en la dicha de una persona sino cuando sus cualidades especiales
nos son homogéneas y agradables en el más alto grado. Cuando
se trata de sujetos ordinarios, esto es más pronto y fácilmente
posible, porque el instinto sexual es, por decirlo así, la causa
exclusiva. Cuanto más elevada es la naturaleza, más difícil
será llegar a la comunidad de la alegría; pero en tal caso
tocará a lo sublime. Por el contrario, la compasión puede
entregarse al ser más ordinario, más insignificante a quien,
aparte de su sufrimiento, no despierta en nosotros simpatía ninguna;
al que incluso si consideramos lo que puede hacerle feliz, nos resulta
decididamente antipático. La causa de este hecho es inmensamente
más profunda y apercibiéndola nos vemos elevados por encima
de los límites de la individualidad, porque nuestra compasión
se dirige solamente al sufrimiento en sí mismo, haciendo abstracción
de la persona. A fin de enervarse contra la fuerza de la compasión
se pretende corrientemente que las naturalezas inferiores, según
el testimonio de la experiencia, sienten menos el sufrimiento que los organismos
superiores; que el sufrimiento gana en realidad siguiendo el grado de sensibilidad
que despierta la compasión, partiendo de que la piedad experimentada
por naturalezas inferiores, constituye una prodigalidad, una exageración,
incluso una degeneración de la sensibilidad. Esta opinión
tiene por base, sin embargo, el error fundamental del que se ha originado
toda la filosofía realista; y es aquí cuando aparece el idealismo
en la plenitud de su significación verdaderamente moral, mostrándonos
esta filosofía como estrechamente egoísta. No se trata del
sufrimiento ajeno, sino más bien de que yo sufro viendo sufrir a
mis semejantes. No conocemos el mundo que nos rodea sino cuanto podemos
figurárnoslo, y tal como yo me lo figuro, existe para mí.
Si yo lo ennoblezco, es que hay nobleza en mí; si siento profundamente
el sufrimiento de aquellos que me rodean, es que mi sensibilidad es capaz
de intensa emoción. Aquellos que por el contrario, se imaginan el
sufrimiento de los demás en dimensiones reducidas, prueban por eso
mismo que no hay grandeza en ellos. Así mi compasión hace
del sufrimiento de los demás una verdad, y