Prólogo y traducción de Carlos Bosch. Buenos Aires, 1947
Epistolario a Matilde Wesendonk
Por Ricardo Wagner

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COMENTARIO EN TORNO A RICARDO WAGNER SUGERIDO
POR SU CORRESPONDENCIA PASIONAL A MATILDE WESENDONK

La falta de consecuencias en la obra total de un autor determinado es, muchas veses, lo que significa su mayor potencialidad y su total singularidad. Si el artista recoge y se acaudala de antecedentes directamente tradicionales, con los cuales se lanza con intrepidez de despreocupada originalidad hacia el encuentro de sí mismo, viene a crear una cosa excepcional que marca una transformación dentro de los cánones permitidos, aunque signifique sorpresa de inaudito coraje para los filisteos, que ni siquiera comprenden que aquello no deja, en su genialidad inventiva, de originarse con acusados rasgos de filisteísmo.

Tales inventores tienen, a pesar de sus detractores, numerosos adeptos y discípulos fidelísimos, pero no eficaces continuadores si, como es el caso de Ricardo Wagner, son llamados a cerrar un ciclo y una época; artistas eminentemente históricos que definen un total resumen.

Nada más vacío y de ruido menos sonoro que esos compositores influidos por Wagner, de los que aquí mismo hemos padecido.
La consecuencia más relevante la tuvo en Ricardo Strauss quien significa la antítesis del idealismo wagneriano. Los poemas de Ricardo Strauss se marifiestan con magistrales recursos de materialismo acústico, de imitaciones de naturalismo sonoro y con un lirismo vulgar en lo melódico, sólo atento a indagaciones armónicas e instrumentales.

La eficacia de futuro que cupo a Wagner fué sencillamente la de arrojar la llave de una época murada para que naciera otra revolucionaria y renovadora que había de culminar en Debussy. Fué, por consiguiente, una reacción de necesidad que, un tanto arriesgadamente, pudiera diagnosticarse de fisiológica, esta consecuencia inconsecuente que derivó de la extensión por demás intensiva de los sublimes poemas genialmente musicales merced al genio portentoso de Wagner.

Tal figura había de producirse fatalmente en el arte: es de imperioso sino histórico. Por ello fué su vida empujando a la masa de sus contemporáneos y recibiendo golpes en su avance.

Si procedía de Beethoven, en cuanto atañe a una cierta humanización en lo sinfónico que se apresta a la audacia en romper moldes formales establecidos -considerando los desarrollos de los poemas dramáticos wagnerianos en su forma trabada por los motivos temáticos y su conjunto en la integración-, más directo sucesor era, por autor teatral, de Weber, quien señaló los fundamentos de
la ópera alemana con su lirismo inconfundible y el misterio selvático y legendario pintado de panteísmo. Pero ahí estaba la dificultad y la lucha inevitable. La ópera italiana estaba todavía en su apogeo y el público adoraba los pugilatos de los divos, que hacían su delicia en los escenarios donde actuaban, daban ocasiones a las más selectas galas de la sociedad elegante y temas para entretenidas discusiones y apasionadas disputas en favor de unos u otros.

Aun con una evidencia manifiesta, le hubiera costado bastante esfuerzo a Wagner el imponer su radical reforma, pero he aquí que aun actuaba Rossini, entre otros grandes valores, y, verdaderamente, el autor de “El barbero de Sevilla” nos seduce sin reserva alguna. Es decir, que quedamos plenamente satisfechos y en gozo de conciencia al haber cedido a su seducción. ¡Qué bello éxtasis de melancolía es el ceder también a los encantos de los cantos y de la dulcísima y constantemente original melodía, montada al aire en su brillo inmaculado, de Bellini!

El ambiente no estaba preparado para la necesaria renovación wagneriana.

Las creaciones que se producen a destiempo suelen ser las que definen luego su tiempo; las que, egregiamente, forman época.

¡Qué triste soledad ha de sentir el hombre abocado a un futuro glorioso que le será póstumo! No tanto, sin embargo, porque el hombre siempre encuentra al hombre si esencialmente es hombre (no lo reduzco a la vulgarizada confusi6n de hombre por varón).

Siempre hallaremos la réplica que nos convenga. Wagner fué el más incomprendido y el más perfectamente comprendido por selectas minorías fanáticas, términos que parecen no avenirse bien.

Liszt fué su profeta, y, en realidad, predecesor suyo en la concepción musical, en el abarque, y, en ocasiones, disposición de sus armonías y en la amplitud y libre expansión y originalidad de sus melodías.

Uno de sus más sensitivos receptivos fué Charles Baudelaire; éste se embriagaba del halo esencialmente poemático que, aun fuera de lo literario, trasciende de la música del gran reformador. De esa melodía infinita por intención supracadencial, ya que lo inherente a la música wagneriana es la radical insatisfacción; no el superhumanismo de Federico Nietzche, tan su amigo antes, cuanto después su contradictor apasionado, sino el ultrahumanismo, la renuncia para la posesión que, lejos de ser integral, resulta transfigurada, resolviéndose musicalmente todo ese vago ensueño extraño a toda filosofía y, con una inconsciencia absoluta, del todo opuesto a su más admirado filósofo Schopenhauer.

No obstante, sólo tal pretensión unida a su individualismo, a su unión con Luis II de Baviera, a sus intimidades individuales y a su predilección por Venecia, donde fué destinado a morir en un final evanescente según cumplía su vida, mostraban bien a las claras que Ricardo Wagner, inspirado en leyendas que no tienen su origen alemán, contemplativo creador de fabulosas invenciones renanas, no tenía nada del personaje simbólico con que trató el imperialismo germánico de interpretarlo para sumarlo a su causa como glorioso resumen.

El poético misticismo de «Lohengrin», sublimado al final de su vida por «Parsifal», el costumbrismo de lírica artesanía que aspira exclusivamente a la liberación de mezquinas trabas en el arte de los «Maestros Cantores»; el amor que ha de resolverse en la torre castellana que abre hacia la inmensidad del mar, donde lo finito se anega en la superación infinita de un horizonte inconmensurable que recoge uno de los más sublimes acentos del amor, en «Tristán e Iseo», «Las Walkyrias», «Sigfredo» y «El ocaso de los dioses»; la obra total de Wagner y su vida toda, si bien y definitivamente alemanas, son de un puro artista y pertenecen al patrimonio universal.

Por aspiración impaciente se rebeló, siendo expulsado como revolucionario, revolucionarismo del cual curó pronto repitiendo en muchas ocasiones que él sólo se cuidaba de su arte; lo cual era ya bastante. Su vida pasó por pruebas de ásperas materialidades, poco avenidas a su ser de grandes exigencias. El lujo lo consideraba, lo sentía necesidad primordial para su vida y logró vivir siempre espléndidamente en medio de su situación precaria. Parecido en eso a Grabiel D’Annunzío, siempre pedía socorros para sus necesidades monetarias desde bellos refugios campestres con el máximo confort de su tiempo, o desde palacios venecianos, o de las márgenes del Rhin. Únicamente hubo de vivir más estrechamente en Paris cuando no era huésped de honor en la superelegante embajada de Viena, cuya embajadora, apasionada wagneriana, era la princesa Paulina de Metternich, nacida princesa Sandor.

Sentíase muy extraño a la vida y al espíritu de París, pero pronto se dejó seducir, aunque no lo confesó. Allí tuvo su grupo íntimo y una de sus amigas más dilectas fué la hija de Teófilo Gautier, Judith, confidente apasionada, en plena juventud, y de chic peculiar.

Las nostalgias del pasado dan mayor encanto a los goces y atractivos encuentros del presente. Tal el caso de Wagner en París.
Retrocedamos un tanto con el desorden de un conversar, que es lo que pretenden estas líneas preliminares.

Pensemos con delectación en aquellos días serenos de la «Colina verde» y las plácticas subyugadoras en la terraza de la Villa Wesendonk, a voz queda, mientras fulguraban los rayos del poniente como absorbiendo las ideas de la novación wagneriana que habría de cerrar dentro de su sentido renovador el ciclo de toda una época. Allí germinaba todo el fondo pasional de «Tristán», la espiritual Matilde se nimbaba de la propia figuración de Iseo. Representaba el amor prohibido, positivo amor, amor practicado y gozosamente sufrido por la renuncia misma.

Matilde Wesendonk vino a ser un sublime ensayo de la pasión de Tristán hacia Iseo; el ensayo se convierte en vida; la realidad nunca es el hecho en sí, no el suceso sino la reacción del hombre, realidad de todo.

Una misma cosa, jamás es la misma para dos hombres diferentes, sólo el modo de sentir y reaccionar forman la realidad.

Wagner fusionó su invención apasionada con la pasión a Matilde «la maravillosa criatura». La gestación de su magna obra requería la confidencia íntimamente sentimental con un ser digno y capaz de ser amado.

Amigo dilecto y favorecido por el acaudalado Otto Wesendonk; huésped en el «Asilo», pabellón confortable cercano a la villa de la «Colina verde», Matilde y Ricardo complicaron su amistad exaltada por las melodías del Tristán y por el poema que seducía sus sentimientos y -¡quién sabe!- también quizá su ambición de héroes poemáticos.

Gracias a tales circunstancias huyó Wagner al tranquilo apartamiento de Venecia, desde donde alternó sus trabajos del gran poema musical con las numerosas cartas a la amada ausente, correspondencia muy mezclada, donde lo más perentoriamente vulgar se engarza a imágenes de original pensamiento poético. Cartas verdaderamente vivenciales, desesperanzadas y de una firme y segura soberbia que hace fe de su genio.

Hay en ellas un esfuerzo constante para transformar la pasión en sublime amistad perdurable. Pero Wagner no fué nunca hombre apto a la amistad; su extremada fuerza temperamental no le perrnitía ese disfrute, que es el mejor y más seguro de la vida. «L’amitié passe avant tout», decía su incondicional admiradora María Kalergis. A él le estaba vedado este supremo bienestar. Sus cartas a Liszt, igual que las dirigidas a Luis II de Baviera, tienen un tono exaltado, que agudiza morbosamente la unión fusionada en afinidad amistosa. Prueba concluyente es aquélla que parecía tan consistente y formada en fidelidad de discípulo predilecto y prosélito a todo riesgo, la que bien a pesar de todo se quebró, cediendo a la pasión, sacrificándole en lo que constituía lo mejor de su vida y hería su mismo honor.

Tampoco supo amar sino basta el momento en que el tumulto pasional obraba. El amor de amistad no pudo gozarlo, aunque lo intentó, precisamente, con Matilde Wesendonk, pero bien claro está que en cuanto el tiempo y la distancia serenaron el arrebato pasional, sus cartas se vuelven misivas de mero cumplido formulario.

Debido a eso, he procurado transcribir solamente las que imaginaban en Matilde, la Isolda del Tristán, ya que ellas nos dan lo más auténtico y valioso de Wagner. Su signo demoníaco, tan opuesto al sublime reposo ideal de Goethe como lo fuera Liszt con respecto a Schiller, y este paralelismo viene aquí por haber tratado ambos de ser figuras sucedáneas y eficientes en la vida artística de Weimar.

Este fatalismo pasional de Wagner hizo la tragedia de su vida siendo primero causa de su prematuro matrimonio con Mina Planer, y sus altercados y desaveniencias inevitables de constante desasosiego e insatisfacción incluso material, porque su exceso pasional no hemos de confundirlo con la corriente sensualidad. Wagner era lo que, en ello, suele decirse un cerebral. Su naturaleza requería una pasión del rango de sus héroes y aun de los mismos morbosos filtros. La única pasión más normalizada y conclusa tuvo origen de remordimiento y fué tardía, contando él dos años menos que el padre de su mujer, su glorioso - y a lo primero disconforme suegro - Liszt. Sólo por el talento excepcional de la espiritual Cosima, su propia mujer, supo algo de lo que significa la tranquila unión que dialoga con caridad en centrada confianza huida de extremos hipertensivos. Nunca lo pudo con Liszt, ni con otro alguno, que no fuera corresponsal de mera fórmula, ya lo he indicado.

Quiénes como Judith Gautier y Baudelaire, Catulle Mendes y otros hicieron figura de amigos, pero eran únicamente admiradores.

Sin confundir en nada el arte con un sentido místico, religioso, ni siquiera idolátrico, me arriesgo al supuesto de que, quien sintió la intensidad poemática de Tristán y Parsifal y acertó a expresarla con tanta maravillosa sublimidad, habría de ser un hombre superior incluso en su conciencia.

Por eso Wagner representa en el fondo, algo de la fatalidad del sino, aunque ello no pretenda ni mucho menos, eludir la libertad individual; únicamente la predisposición a un ímpetu terrible que le torturó hasta sus últimos años.

El arte fué su verdadera vida y él le redimió. Nos queda un tanto en interrogante la figura y, sobre todo, el caso de Matilde Wesendonk. Desde luego, la dulce y espiritual burguesa no alcanzaba las cimas pasionales de Isolda, cuyo era su papel histórico.

Mujer mimada por su acaudalado esposo de cometido histórico tan noble como aparentemente desairado, le guardaba una fidelidad exterior y cumplía la debida sumisión matrimonial que demandaba Otto, muy dado también al arte wagneriano, merced al que le corresponde un personaje simbólico, majestático por derecho de corona y de amor por amor en la figura del Rey Marco en Tristán e Isolda. Otto Wesendonk no vivió ni sufrió, sin embargo, el cometido asignado. El desenlace humano se anticipó al del arte, devaneciéndose en melancolía de pasado que dejó un nimbo de perenne gloria en sustitución al trágico desenlace y al fatal efecto del filtro en la obra de arte imperecedera.

Las cartas de Venecia con algunas otras, nos sirven de guía para el camino florido y espinoso, no sólo de la inspiración de Wagner, sino de su posición y oposición al mundo circundante.

Su misticismo poético tomó forma viva en ese amor sublimado en derredor del cual giraban sus ideas, pensamientos y emociones. Algunas de tales cartas resuenan como soliloquios que no demandan siquiera reciprocidad buscan un eco universal, la explicación de la obra de arte que va germinando. Estaban impregnadas de la melancolía infinita; quizá excesiva para las sensibilidades de hoy, para la exigida concreción de un ayer muy reciente.

La ley motivo que él nos trajo, se contiene en su vida misma, vida muy definida; esculpida en suavidades de mármol tras las heridas de un cincel especialísimo, pero esa su definición nos lega un grupo de cuanto ha constituído su fogosidad redimida, fijada en aquella perpetuidad con que el arte transforma la conmoción en forma inconmovible.

Si la Iseo de carne palpitante para la pasión de Ricardo Wagner pasó rápidamente, antes de que la obra emergiera al mundo, nunca cesó para él ese anhelo de sentido cromático y ascendente que le es inherente. Únicamente descansó, según he indicado, en la clarividente Cosima, descansó no del todo sosegado para su conciencia, porque hay algo que excede al mismo derecho del genio, frase y concepto de los que se ha abusado mucho sin pararse, en cambio, en los deberes que impone una superioridad excepcional. El primero, tal vez, el ser fiel a su voluntad de arte. Aquel, pues, que se inspiró con tal personalidad en el sublime poema de amor que significa «Tristán e Iseo», ha de ahondar todo cuanto significa la felicidad amorosa y nunca liberarse y menos desentenderse de su credo poematizado.

Goethe se liberó casi medicalmente del morbo wertheriano, más, a fin de cuentas, no le dió una solución superhumana. Wagner se la dió para el símbolo de la eternidad del amor. El poema arrastraba en cierto modo la traición del genial inventor. No aludo aquí -es el caso opuesto- al amor materializado, pero es que, al parecer, la misma amistad con la amada quedó aminorada como hemos visto.

El arte tropieza con esa falsedad de eternizar pasiones. No creo que ninguna pasión pueda ser perdurable, ni la de los intereses siquiera. El amor puede ser apreciado, y sólo se sabe cuando el tóxico pasional ha sido completamente eliminado.

Posible fuera que Matilde Wesendonk haya amado y seguido fiel a Ricardo Wagner, porque aparte de algún arrebato circunstancial, no tuvo ninguna pasión hacia él, sino al artista, su amigo y confidente. Cosima le amó porque fué subyugada por su arte y su atractivo espiritual. Le amó luego enlazada en sus proyectos, y le amó durante una viudez de casi medio siglo.

Pienso que la lectura de estas cartas marcan un momento crítico e inmarcesible, por muy lejano que nuestro mundo de ahora se encuentre de aquellos ideales nunca pasados, aunque se expresen de manera diferente.

Un paisaje nórdico sin parecerse, contraponiéndose, incluso a otro meridional, se nos revelan en paisaje; es decir, dentro de una concepción idéntica.

La selva primitiva, fantasmagórica, legendaria y nimbada de panteísmo del Freischütz de Weber y del «Sigfredo» de Wagner, están a tal distancia, que nos causan invencible nostalgia de esos jardines andaluces que espiritualizan sus sentidos en los nocturnos de Manuel de Falla, por sensación de paisaje evidentemente.

El que una época sea pasada no supone nada contra la estimación de sus valores. Valor y actualidad no tienen relación ni indican supremacía alguna. Lo que sí supone inferioridad es el actuar con forma caducada, porque el hombre, necesariamente, es de su tiempo; distinguiendo tiempo y generación. Hay quienes presos en su generación no pueden avanzar, y los que, voluntariamente, se niegan a todo avance. Son incambiables. Desde luego, quienes lo sean no comprenden tampoco su tiempo, porque fué igualmente modernidad. Los que protestan contra todo cambio, resultan infieles al que dicen su tiempo, que no fué sino evolución. Así pues un anquilosado en el wagnerianismo, es un infiel al arte y a la significación musical de Wagner. Obsérvese con qué audacia y energía combatió Roberto Schumann por el avance musical y el desdén con que hablaba de los “filisteos”. Aprovecharé la ocasión para decir que las apariencias no equivalen a la realidad y que más cerca se halla Schumann de la estética actual que Wagner con su gran reforma.

Mas todo esto me llevaría muy lejos y resultaría inoportuno para los lectores que aguardan llegar a las cartas de Ricardo Wagner, no sin penitencia si han cumplido la cortesía de leer este comentario antecedente.

Penetremos en el Tristán herido que aguarda a su bienamada y contemplemos a Wagner en Venecia, embebiendo su soledad en el tercer acto de Tristán antes de escribir a Matilde, su elegida modelo para la Isolda, por lo cual pasó a la historia entre las escogidas figuras del arte.

Carlos Bosch.
***



 
 
 

Zurich, 17 de marzo de 1853.


Honorable señora: Dios le guardará, en adelante, de mis malas maneras. Sin duda comprende usted ahora que, no aceptando sus amables invitaciones sino con inquietud, no obedecía a un capricho fútil, y que mi mal humor podía importunar a mis mejores amigos tanto como a mí mismo. Si en adelante mis renunciamientos son más frecuentes -¿y cómo no habrían de serlo tras la experiencia de ayer? -, esté usted cierta que es ante todo por obtener su perdón, por una mejor manera de obrar.

Espero saber mañana, por su marido, en Basilea, que no ha quedado usted más perturbada en su quietud, tan preciosa para nosotros, por mis malignas palabras.
Deseándolo cordialmente, me recomiendo a su indulgencia.

Ricardo Wagner.
*
Zurich, 29 de mayo de 1853.
Aquí de la dulce templanza por el hielo de ayer (1).
Ricardo Wagner.
__
(1) Esta carta está acompasada de una página musical con compases de polka. (N. del T.)

*

Zurich, 1 de junio de 1853.
Honorable señora: Usted me ha perniitido que le pregunte hoy si podría venir a pasar un rato en nuestra casa esta noche.
Si es así, yo le propondría que tuviera a bien pasar algunas horas tranquilas en ella  hasta las diez; no invitaré a nadie más con el fin de no estropear esta santa velada.
Espero recibir un sí amistoso. Suyo
Ricardo Wagner.
*
Zurich, 20 de junio de 1853.


Sus arreglos, querido amigo (1), son perfectos; le doy las gracias de todo corazón. Con el fin de debutar dignamente en mi nueva situación de deudor y de inspirarle confianza, acabo de solventar hoy una deuda ya antigua: remita usted, se lo ruego, a su mujer, la sonata incluída, mi primera composición después de la terminación de Lohengrin: ¡Hace seis años!
Pronto tendrá usted noticias mías, pero antes dígame cómo va usted. Suyo
__
(1) Esta carta está dirigida a Otto Wesendonk.

R.W.
*
16 de marzo de 1854.
Homero se ha escapado subrepticiamente de mi biblioteca.
Yo le he preguntado: «A dónde vas?»
Respuesta: «A felicitar a Wesendonk, por su cumpleaños».
Entonces le he contestado: «Hazlo conmigo».
R.W.
*
Londres, 30 de abril de 1855.


¿Qué hacer para levantar un poco la moral, pobre enferma? He remitido a Eschenbure los programas con las traducciones. ¿Pero, en qué puede seros eso de alguna utilidad? Otto debe daros inmediatamente las leyendas indias adaptadas por Adolfo Holtzmann-Stuttgart. Las he traído conmigo a Londres, su lectura ha sido mi único placer aquí. Todas son bellas; pero aquella de Savitri es particularmente espléndida y si usted quiere llegar a conocer mi religión, lea Usinar. Toda nuestra cultura es bien miserable en comparación de estas puras revelaciones de la humanidad, la más noble del antiguo Oriente.

Ahora cada mañana, antes de ponerme al trabajo, leo un canto de Dante: estoy aún profundamente enfrascado en la lectura del Infierno; sus horrores me acompañan en la ejecución del segundo acto de las «Walkyrias». Fricka ha salido hace un instante y Woton va a dar libre curso a su terrible dolor.

Aquí no puedo hacer más que este segundo acto; mi trabajo no avanza sino lentamente y cada día me es preciso luchar contra una nueva contrariedad.

Mis experiencias de Londres me han decidido a retirarme por algunos años de la vida musical pública, quiero acabar con estas direcciones de concierto. Estos señores de Zurich no deben de ninguna manera hacer gastos por mi causa. En este momento tengo necesidad de todo mi equilibrio interior para acabar mi gran obra, que podría fácilmente, lo temo, quedar en una grotesca quimera, a consecuencia de este eterno e insultante contacto con lo insuficiente e incompleto.

Para que se dé usted cuenta, reflexione un poco sobre la cuestión de saber cuántas fugas deberán intervenir en mi oratorio londinense, si Lord Jesús llevará guantes negros o blancos, o si la Magdalena tendrá en la mano un bouquet o un abanico. Si usted está de acuerdo consigo misma sobre ello, lo pensaremos todavía.

Hoy tengo el cuarto concierto: la sinfonía en «La Mayor», la cual, en todo caso, no marchará tan bien como en Zurich y luego aun muchas bellas cosas que yo creía no haber dado jamás en mi vida. Pero lo que me da ánimo es la certeza de que será por última vez. Mis cumplimientos a Otto, al que agradezco cordialmente su última agradable carta. Si eso puede servirle de placer, le volveré a escribir. ¿Es que María no irá pronto a vuestra casa?

Mañana, después del concierto escribiré a mi mujer; ella no tendrá nada nuevo que decirme.

Salude igualmente a Myrrha (1). Hasta la vista y guarden su serenidad.

R.W.
__
(1) Hija de Matilde Wesendonk

*

Zurich, 8 de julio de 1855.
Tengo bastante miedo de ver morir hoy a mi bueno, viejo fiel amigo - Mi Peps (1) -. Me es imposible abandonar al pobre animal moribundo. ¿Se molestaría usted si le suplicásemos que comiesen sin nosotros? En todo caso, quedamos hasta el miércoles; no es más que cita aplazada.

Sin duda no se burlará usted de mi llanto. Suyo

Ricardo Wagner.
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(1) El perro de Wagner.
*
Mornex, 11 de agosto de 1856.


Mi muy querida amiga: mi mujer me participa una feliz idea que me decide a solicitar de usted un gran favor.

Se trata de procurar todavía obtener en arriendo la propiedad Bodmer, en Seefeld, cerca de Zurich, por todo el resto de mi vida. Si se logra, quedaré libre de las inquietudes de una propiedad personal y sólo mediante el pago del alquiler llegaré al goce que busco.

Esta propiedad está actualmente alquilada por una familia Trümpler para el verano. Se trataría de persuadir a Bodmer de que rescindieran amigablemente el contrato, y de cederme la propiedad por todo el resto de mi vida o, pudiera ser, por un término de diez años.

Por lo que yo sé, los Trümpler ocupan la propiedad de Bodnier, más bien por tradición que por obligación; si los Bodmer quisieran cedérnosla voluntariamente, no dudo que les sería fácil obtener la renuncia de los Trümpler. Se trata pues, solamente de interesar a los Bodmer en mi favor, y mi mujer, a la que he encargado de entenderse con la señora Bodmer, desearía la ayuda de una tercera persona la cual haría a la señora Bodmer todas las recomendaciones a nuestro favor que no podríamos hacer por nosotros mismos. Esta tercera persona sería, según piensa mi mujer, usted, querida amiga. Por consiguiente yo le suplico insistentemente que tenga la bondad de escribir a la señora Bodmer y obtener su beneplácito. Mi mujer cree que para llegar a ello sería útil hacerles ver mi decaimiento y la necesidad que tengo de un lugar tranquilo en pleno campo. También sería igualmente hábil a su entender, conquistarla por la vanidad y llamar su atención sobre este punto: que sería un honor para ellos, ciertamente, el procurar un asilo conveniente en su propiedad a mis futuras creaciones de arte.

¿Qué piensa usted? ¿Quisiera usted encargarse de ello?

En vista de mi inminente vuelta a Zurich, quisiera que este asunto que me llega tanto al alma, llegase a tal punto que pueda tomar, sin tardar demasiado, la decisión necesaria.

¿Quisiera usted creer el placer que tendría en darle los buenos días a usted también en Berna?
Mis saludos cordiales de vuestro

Ricardo Wagner.
*
Muy fiel protectora de las Artes.

Mi hermana tiene que guardar cama. Si Ud. no se encuentra en la misma necesidad le ruego que disponga del cubierto que queda libre en la mesa, a menos que no quiera Ud. economizarlo, - lo que merece consideración, teniendo en cuenta la miseria de los tiempos y el mal asunto de la seda-; en el primer caso yo propongo - sin ningún derecho de prerrogativa, bien entendido - Boohm (1).

Suyo,

R.W.
P. D. Tengo toda clase de contrariedades penosas en mi casa porque ayer habló usted de manera poco respetuosa sobre Rienzi.
___
(1) Baunigartnen, compositor muerto en 1867. (N. del T.)

*

En Zurich (de estas cartas no se pueden precisar las fechas).

El señor y la señora Wesendonk son amigablemente invitados a venir a nuestra casa el próximo domingo, al mediodía.

R.E.L.P.
Familia Wagner.
*

Puesto que el señor y la señora Wesendonk han tenido a bien enfriar sus relaciones con nosotros hasta el punto de no visitarnos por la noche sin ser invitados, nos es forzoso preguntarles en términos oficiales si el señor y la señora Wesendonk se decidirán a sorprendernos hoy o bien, en el caso en que ciertos profesores tuvieran que mostrar su ciencia al señor y a la señora esta noche precisamente ¿podríamos esperar la sorpresa de su visita mañana?

R.W.
Mi mujer, ocupada en la cocina le aconseja que tome el coche del que se piensa usted servir incluso en el buen tiempo. Además hace mucho calor en nuestra casa.
Esto es para significarle que de ninguna manera pensamos en renunciar a ustedes.
R.W.
*
Para memoria:
Miércoles: Otello.
Ira Aldridge. (1)

Guardar las localidades con el tiempo necesario.
Muy buenos días.

R.W.
___
(1) Actor de color que desde 1852 dió en Europa numerosas representaciones de “Otello”.

*

Si la familia Wesendonk está dispuesta a sufragar los gastos de Enrique en el Hotel Baur, puede llevar también a mi mujer desde el teatro; si no tendrá que contentarse conmigo sólo.
Además, yo sé también el inglés.
R.W.
*

A la honorable familia Wesendonk.
Mirrha, Guido, Carlos, etc.
No quiero abandonar al azar vuestra visita de esta noche, por lo que prefiero asegurarme esta encantadora dicha invitándoles. Semper y Herwegh serán de los nuestros. Por consiguiente hasta la hora en punto.

R. W. Lázaro.
*
Viernes por la mañana.
Los Herwegh se han anunciado en casa para esta noche.
Si Ud. cree poder reponerse así del cansancio de las últimas invitaciones, nos será muy agradable verla  decidida a participar de nuestra charla.
Muy buenos días.
R.W.
*
Infinitas gracias por la amable invitación, la cual no podré aprovechar ¡qué lástima!
Adiós.
R.W.
*

¿Quiere usted ponerse en camino con este viento del Oeste y estos anuncios de mal tiempo?
Sencilla pregunta.
Suyo,

R.W.
*
No tengo necesidad de decirle que mi pregunta de ayer a propósito de la excursión no necesita respuesta.
R.W.
Mi soberana:
La señora Heim no podrá cantar antes del martes. Por consiguiente mañana - si usted quiere tener ese bullicio en su casa - sencilla soireé.
Pronto la veré.
Suyo,
R.W.
*

Todo está en regla. ¿Vendrá usted un rato para el tercer acto de la Walkyria?
La espero,

R.W.
*
A toda la familia Wesendonk:
Hijos míos, ¿es que no os veré hoy un rato?
Estoy mejor dispuesto que ayer.
R.W.
*
Porque en su casa no estén ya en la situación de deber contar más bellos trazos legendarios, yo deposito en la casa Wesendonk el ejemplar incluído; porque, en negro sobre blanco es indiscutiblemente bello.
Ya verá usted que no queda tan pronto libre de mí. He tomado de tal manera pie en su casa que incluso si Ud. la diera al fuego, una voz bien conocida le diría en medio del salvamento:
«¡Ya era tiempo de salir!»
R.W.
*
Muy buenos días.
¿Quiere usted ojear un poco este libro? Está escrito sin espíritu y se ve uno obligado a pasar por alto todos los puntos en que el autor cree deber dar su propia opinión; pero los hechos, sobre todo el período parisién de Gluck son de lo más interesante; y además este Gluck, apasionado y sin embargo tan imbuido de sí mismo, calmoso hasta en la vanidad, con su gran fortuna adquirida y su traje de corte bordado, en su edad avanzada, tiene algo de divertido y cómico.
Solamente, pase Ud. mucho del principio.
R.W.
*
¿ Quisiera usted tal vez para divertirse ver lo que mi consejero del Gobierno de Weimar ha comentado sobre mi poema?
Algunas indicaciones que yo le había dado son reproducidas con una extraña fidelidad en medio de su galimatías peculiar, lo que hace la cosa casi divertida.
Le deseo mucho placer.
Suyo muy poco satisfecho,
R.W.
*
Envío al encuadernador. Quisiera hacer encuadernar también «La estrella de Sevilla» de Lope de Vega. ¿Tiene usted necesidad de él por el momento?
R.W.
*
He aquí el diario musical y una carta de la princesa Wittgenstein. - Quisiera volverlo a leer cuando Ud. lo haya leído -.
Los mej ores saludos de parte de mi mujer.
R.W.
*
Así hará Ud. conocimiento con un hombre muy amable.
Buenos días.
Ricardo Wagner.
*
Señora Wesendonk; mis más expresivas gracias. Aún estoy un poco febril y me siento cansado. Pienso sin embargo gozar un poco del buen aire de hoy.
Muy suyo,
R.W.
*
Después de una excelente noche - aproximademente diez horas de sueño a lo Goethe - le deseo muy buenos días y le envío a Schack (1), prometiéndole una buena lectura para esta noche, si Otto lo consiente.
R.W.
___
(1) El conde de Schack. Historia de la Literatura Dramática Española.
*
He aquí el anochecer, que toma bellos matices rosados, ahora cae la nieve en el exterior.
He pasado una noche muy reconfortante. ¿Y cómo han dormido en Wahlheim?
Mis mejores saludos.
R.W.
*
Con todo mi corazón, buenos días.
Vamos regularmente. Agradecidísimo por todas sus bondades. Pienso ir despreocupadamente a pie al ensayo. Si es necesario, sin embargo, tomaré el coche a la 1,45, Ud. me seguirá entonces lo antes posible.
Ayer quise enviarle lo que acompaña a estas líneas.
Hasta luego.
R.W.
*
No he dormido muy bien esta noche.
Me preguntaba hace un momento si a pesar del hielo y de Vischer, iré. Ahora pienso pasar una horita en casa de Ud. Tengo el corazón oprimido, y sólo se trata siempre del único bien, sin el cual no poseeré, pobre como soy, ningún refugio en este mundo. ¡Esta cosa única!
Mil saludos.
R.W.
*
Gracias, he dormido bien. Hace falta que haya eso, ¡la cosa única!
Mis mejores saludos.
R.W.
*
¡Ah, el bello primo! Pero demasiado tierno. Por cansada y deprimida que esté con frecuencia mi cabeza no osaré jamás apoyarla ni siquiera si estuviera enfermo, todo lo más a mi muerte. Entonces quisiera reclinar mi cabeza encima tan cómodamente como si tuviera derecho, Ud. misma lo dispondría por mí. He ahí mi testamento.
Ricardo Wagner.
*
¿Y mi querida musa se encuentra siempre lejos de mí? En silencio he aguardado su visita; no quería perturbarla con mi súplica. Porque la musa, Corno el amor, no acerca la felicidad más que cuando quiere. Maldición al insensato, maldición al hombre sin amor que quiere obtener por violencia lo que ella no da espontáneamente. No se consigue nada por la fuerza. ¿No es verdad? ¿Cómo podría el amor ser todavía musa si sucumbiera por la violencia? ¿Y mi querida musa se encuentra siempre lejos de mí?
Ricardo Wagner.
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En Zurich. «Desde fin de abril de 1857 a agosto de 1858».
Feliz golondrina si quieres
Te construyes tu propio nido
Yo para germinar con toda tranquilidad
No puedo edificarme el silencioso refugio
El Silencioso refugio de madera  y de piedra
¡Ah! ¡Quién querrá ser mi golondrina!.
R.W.
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Mayo, 1857.


Señora Matilde Wesendonk:
Muchas gracias por las bellas flores, el viejo pensamiento bien cuidado ha conservado toda su belleza, por lo cual lo guardaré.
Una buena cosa, ayer he acabado el acto y lo he enviado (1).
Hoy no hubiera podido trabajar, el catarro ha empeorado y la fiebre no me abandona nunca del todo. Por lo demás, todo va bien, todo marcha fácilmente. ¿Cómo va en la casa de enfrente?

R.W.
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(1) “Sigfredo”, cuya partitura fué terminada en mayo del año 1857.

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21 de Mayo de 1857.


No tengo nada que decir al padre de mi país; si se atreve a venir a visitarme en mi nido de golondrina le pondré en la puerta. Sus colores son blanco y verde: eso para Baur.
La musa comienza a serme favorable. ¿Significa esto un presagio feliz de la certidumbre de vuestra visita? He encontrado en primer lugar una melodía, que me fué imposible de adaptar entonces; pero descubrí las palabras en la última escena del Sigfredo. ¡Buena señal! Ayer se me reveló el comienzo del acto segundo y especialmente el sueño de Fafner, en el cual he encontrado hasta una nota humorística. Ud. conocerá todo ello, cuando mañana venga la golondrina a visitar su nido.

Ricardo Wagner.
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1º de Julio de 1857.


Creo que nos hemos olvidado de invitaros según las formas establecidas para el domingo por la noche; permítame reparar la cosa por la presente. Ya sabe que se trata de una pequeña fiesta en honor de Sulzer. También debo informarle de que se servirá el té a las siete.
Espero que le veremos a la hora en punto con el señor Kutter, al que suplico que invite de nuestra parte con toda insistencia.
Para su satisfacción personal le advierto que no he podido trabajar esta noche, pero Calderón sin embargo lo he quitado de en medio. Devrient me encarga que les complimente. Por lo demás, el mundo existe siempre. Fafner está con vida, todas las cosas tal como han sido.

R.W.
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Septiembre de 1857.


No me encuentro bien y debería celebrar el cumpleaños de mi mujer, en casa. Muy cordiales gracias por su bondad.

R.W.
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1º de Octubre de 1857.


He aquí, querido amigo (1), mi primer plazo de alquiler. Con el tiempo, espero pagarle todo lo debido, es posible que eso no tarde mucho, entonces exclamará Ud., ¡vaya el señor Tristant cómo puede pagar el tributo!
Y con eso, como siempre, mis más expresivas gracias por toda la bondad, por toda la amistad que Ud. me ha prodigado.
Suyo,

Ricardo Wagner.
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(1) Otto Wesendonk K.

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Octubre de 1857.


«La herida causada por Horold, la sano con el fin de que vuelva a la vida», etc., etc.
He conseguido muy bien el pasaje hoy. Será necesario que se lo ejecute.

R.W.
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Diciembre de 1857.


La escena de explosión entre Tristán e Isolda la he logrado a la perfección, estoy en el colmo de la felicidad.

R.W.
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El 30 de Noviembre de 1857, Ricardo Wagner compuso la música del lied: «En los primeros días de mi infancia».
El 14 de Diciembre, el primer esquema del lied: «Di, qué sueños maravillosos».
El 15 de Diciembre la segunda versión de «Ensueños».
El 17 de Diciembre el lied titulado: .«Sufrimientos», con una segunda conclusión un poco más larga, a la que siguió pronto otra tercera conclusión conl estas líneas: «¡Será preciso que eso sea cada vez más bello!»
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Diciembre de 1857.
Después de una descansada noche reconfortante, mi primer pensamiento llegó a esta conclusión, corregida; veremos si eso le gusta a la señora Calderón cuando se lo ejecute hoy.
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22 de Febrero de 1857.
«¡Bordoneante rueda del tiempo!»
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1º de Mayo de 1858.
«En el invernadero.»
Los cinco heder aparecieron más tarde en la casa Schott hijo, en Maguncia, por expreso deseo del mismo maestro. Antes de su publicación, había ya titulado los dos lieder «Ensueños» y «En el invernadero». Estudios para Tristán e Isolda.
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Diciembre 1857.
He aquí todavía una flor de invierno para el árbol de Navidad, plena de miel, pura y dulce, sin el menor veneno.
R.W.
Dichoso,
Arrancado al dolor,
Libre y puro,
Siempre para ti,
Las lamentaciones
Y los remordimientos,
De Tristán e Isolda
En el casto lenguaje de oro de los sonidos,
Sus lágrimas, sus besos,
Yo deposito todo eso a tus pies
A fin de que celebren al ángel
Que me ha elevado tan alto.

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San Silvestre 1857 (1)
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(1) Acompaflada del esquema del primer acto del “Tristán”.
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Febrero de 1858.


Ya tengo el libro de Soden sin encuadernar, pero pronto disponible.
Ya tenía la lista completa por Schulthess. Es posible que el volumen sobre «El Emperador Otón en Florencia», etc., valiera la pena de ser leído.
Las traducciones de Ricardo (1) también me parecen dignas de interés en lo que se refiere al asunto tratado.
Pensemos todavía en las novelas de Cervantes; yo las he tenido ya por algún tiempo.
Por lo demás, ya tengo bastante provisión; leo poco.
Muchas gracias por Ifigenia.
Aquí incluyo alguna cosa de Strasburgo, pero ningún pastel de foie-gras.
Un saludo en nombre de nuestro Dios.
¿Nos veremos esta noche?

R.W.
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(1) C. Ricardo. Poemas románticos de Lope de Vega, 1824-28.

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Primavera de 1858.
Muy buenos días de todo corazón.
Mi pobre mujer ha caído gravemente enferma; por consiguiente la invitación de mañana la acepto para mí sólo.
Probablemente no estarán ustedes en su casa hoy, si no hubiera ido por la noche.
En mi casa todo es triste y gris, a pesar del aspecto exterior tan alegre de las habitaciones.
Espero que todo irá bien. Celebren las Pascuas alegremente.
Muchos saludos.
R.W.
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Primavera 1858.
Voy regular. ¿Cómo se porta la animosa discípula de de Sanctis? (1).
Gracias por el Cervantes prestado. Quiero prepararme poco a poco al trabajo. El segundo acto me espera.
¿Nos vemos hoy?
R.W.
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(1) Francisco de Sanctis, filósofo italiano -1818-1883-, profesor por aquel entonces de la escuela politécnica de Zurich.
 

Acabo de leer «Fernando el Santo», ¿he debido encontrarlo bello y emocionante? ¿Será quizá mi estado de espíritu la causa? Si me hubieran predicho la muerte con toda certeza para este año, lo saborearía como el acontecimiento más solemne y feliz de mi existencia. Únicamente la incertidumbre sobre el tiempo que hemos de vivir todavía nos sumerge en la duda y en el pecado; pero la certeza sobre el tiempo que me quede parece dejarme libre de todo roce. ¿Cómo lograr lo que deseo con tanto ardor?

R.W.
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Junio de 1858.
A Matilde Wesendonk.
He aquí al pequeño kobold, mi músico; que reciba buena acogida.
R.W.
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Julio de 1858.


¡Qué maravilloso nacimiento de la criatura rica en el dolor! ¿Nos será necesario vivir así? ¿A quién se le podría pedir jamás abandonar a sus criaturas?
¡Que Dios nos asista!, pobres de nosotros. ¡O es que somos muy ricos!
¿Nos es necesario ayudarnos nosotros mismos solos?

R.W.
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Verano de 1858.


La carta. - ¡Cómo me ha entristecido! - El demonio abandona uno de nuestros dos corazones para entrar en el otro. ¿Cómo vencerlo? ¡Oh, somos dignos de lástima! Ya no nos pertenecemos. ¡Demonio, hazte Dios! ... La carta me ha entristecido.
Ayer he escrito a nuestra amiga (1). Sin duda va a regresar pronto.
¡Demonio! ¡Demonio, hazte Dios!
(Notas musicales).
¡Querido hijo extraviado!
¡Ve, quería precisamente escribirte eso, cuando encontré tus bellos, tus nobles versos!

R.W.
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(1) Se refiere a la seflora Wille, gran amiga de Wagner.
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Verano de 1858. Martes por la mañana.


Sin duda no esperas que deje tu maravillosa, tu espléndida carta sin contestación. ¿O sería mejor que renunciase, ante la suprema nobleza de tu palabra, al hermoso derecho de contestarte? ¿Pero cómo podría yo contestarte, si no es de una manera digna de ti?
Las luchas formidables que hemos sostenido, ¿cómo podrían acabar de otra manera más que por la victoria conseguida sobre todas nuestras aspiraciones, sobre todos nuestros deseos? ¿No sabíamos nosotros, incluso en los minutos más ardientes en los que estábamos el uno junto al otro, que tal era nuestro fin?
¡Ciertamente! Era precisamente por lo inaudito de la dificultad por lo que no podíamos llegar más que a costa de las luchas más penosas. ¿Pero es que no habíamos conocido ya todas las luchas? ¿Qué otras luchas podrían esperarnos todavía? Verdaderamente que yo siento en lo más profundo de mí mismo que hemos visto al fin.
Cuando hace un mes, le expresaba a tu marido mi decisión de romper toda relación personal con vosotros dos, había ... renunciado a ti. Sin embargo, aún no me sentía completamente puro; me daba cuenta de que sólo una separación completa, o bien una unión absoluta, podría salvar nuestro amor de esas terribles proximidades, en las cuales lo habíamos visto expuesto durante estos últimos tiempos. Así pues en vista del sentimiento de que nuestra separación era necesaria, se encontraba la posibilidad de una unión si no querida, al menos concebida. De ahí una tensión nerviosa que ni uno ni otro podríamos soportar. Yo me confesé a ti y descubrimos con evidencia que toda otra posibilidad hubiera constituído un crimen, cuyo pensamiento mismo era intolerable. Pero la necesidad de renunciar el uno al otro adquiere naturalmente otro carácter; a la tensión nerviosa sucedió una solución sedante.
El último egoísmo desapareció de mi corazón, y mi decisión de frecuentar de nuevo su casa fué entonces la victoria de la humanidad más pura sobre el último sobresalto del deseo personal.
Yo no quería sino reconciliar, aplacar, consolar, serenar, y así procurarme la única dicha a que aún podía aspirar.
Jamás en toda mi vida hube sentido emociones tan intensas y tan terribles que en estos últimos meses. Todas mis impresiones precedentes, resultaban vacías en comparación de éstas. Tales sacudidas como las que sufrí por esta catástrofe, deberían imprimir en mí profundas señales y si alguna cosa pudiera agravar todavía mi estado de espíritu, sería la salud de mi mujer.
Durante dos meses, esperaba de un día a otro el anuncio de su muerte repentina, el doctor creyó deber prepararme para tal suceso. En rededor de mí todo era sensación de muerte, mi mirada hacia el porvenir o al pasado se llenaba siempre de imágenes fúnebres y la vida real perdía para mí su último atractivo. Debiendo observar junto a la desgraciada mujer los más extremados cuidados, no era menor mi deber de resolverme a destruir nuestro hogar y, para su mayor consternación, comunicarle esta decisión.
Figúrate mi estado de espíritu, cuando contemplaba en este magnífico verano el bello «Asilo», tan perfectamente, tan únicamente conforme a mis deseos, a mis aspiraciones de antes, cuando me paseaba por la mañana por el bonito jardincillo, admirando los tesoros de flores cada vez más ricos, escuchando a los pájaros posados en los rosales. Imagina lo que me había costado arrancarme del pensamiento tan bella convicción. ¡Imagínatelo, tú que me conoces a fondo, mejor que nadie!
¿Crees tú que habiendo huido ya lejos del mundo un día podría volver ahora? ¿Ahora que todo en mí ha llegado a ser extraordinariamente tierno, sensible, por la falta de costumbre cada vez más prolongada de todo contacto con él? Mi última en-trevista con el Gran Duque Weimar, me probó también más claramente que nunca, que la inde-pendencia absoluta es la condición esencial para mi vida y mi trabajo, de tal suerte que me es preciso renunciar, en lo más profundo de mí mismo, a toda obligación, incluso con este Príncipe real-mente digno de ser amado.
No puedo tampoco, menos que nunca, entregarme al mundo; me es imposible establecerme en una gran ciudad por algún tiempo, y ¿podría soñar toda-vía en la fundación de un nuevo «Asilo», de un nuevo hogar cuando he tenido que destruir el otro en el que apenas he gozado, ese que me había creado la amistad y el más noble amor, en ese delicioso paraíso? ¡Oh, no! ... ¡Para mí, irme de aquí significa... morir!
Con tal herida en el corazón no puedo intentar fundar un nuevo hogar.
Hija mía, no me es ya posible imaginar más que una única salvación, y no me puede venir más que de lo más profundo de mi corazón, ya no de tal o cual causa exterior. Tiene nombre: ¡La paz! En el apaciguamiento absoluto impuesto al deseo. ¡Noble y digna victoria! Vivir para otros, para otros... Será nuestro propio consuelo.
Tú conoces ahora la grave crisis decisiva de mi alma: ella responde a mi concepción de la vida, al porvenir íntegro, a todo lo que me es próximo - por consiguiente también a ti -, el ser que me es más querido. Déj ame que sobre las ruinas de este mundo de deseo te lleve aún la salvación.
Sabes que nunca en mi vida me he mostrado inoportuno, más bien siempre de una sensibilidad casi extremada. Por primera vez quiero parecerte ahora inoportuno y rogarte que quedes con respecto a mí, tranquila en el fondo de tu alma. No iré a veros a menudo porque no debéis encontrarme en lo sucesivo más que cuando esté seguro de poder mostrar una fisonomía serena y tranquila. Antes iba a tu casa con el sufrimiento y el deseo en el corazón; y allí donde buscaba el consuelo, no llegaba más que la tranquilidad y la pena. Esto no debe ser más. Si por consiguiente no me ves más que de tarde en tarde... ruega por mí en secreto. Porque entonces, has de saber que sufro. Pero si voy, puedes estar segura que llevaré a tu casa lo mejor de mí mismo, un don que sólo yo puedo ofrecer sin duda, yo que he sufrido tanto involuntariamente.
Según todas las probabilidades, seguramente pronto, según creo a principios de invierno, llegará el momento en que dejaré Zurich por bastante tiempo; de un día a otro puede llegar la amnistía esperada que me permitirá entrar en Alemania, a donde iré periódicamente con el objeto de encontrar el equivalente de la única cosa que no he podido poseer aquí. Entonces estaré largo tiempo sin veros. Pero el regreso después de eso, «al Asilo» que me ha llegado a ser tan querido, con el fin de reposar mis preocupaciones, de las inevitables exasperaciones, para respirar el aire puro y recobrar el gusto para la obra a la cual el destino me ha llevado una vez para siempre, eso será, para mí, el dulce rayo de luz que allá lejos sostendrá mis fuerzas, al apetecido consuelo que me llamará hacia aquí.
¿Y no eres tú la que me ha conferido el mayor bien de la existencia? ¿No es a ti a quien debo la única cosa, que aún puede parecerme digna de gratitud y de interés en este momento. ¿Y no he de procurar yo recompensarte por lo que me has conquistado al precio de tales sacrificios, y al precio de tales sufrimientos?
Hij a mía, estos últimos meses me han blanqueado sensiblemente los cabellos por las sienes; una voz llama a mí con insistencia al reposo, este reposo que yo deseaba, hace muchos años, a mi holandés del «Buque Fantasma». Es la intensa aspiración hacia una patria, hacia un hogar, y no hacia el goce exuberante de la vida pasional. Una mujer fiel y entregada plenamente podría únicamente procurar esta patria a mi héroe. ¡Entreguémosnos a esta bella muerte que envuelve y aplaca todas estas aspiraciones, todos estos deseos! Muramos dichosos, con una mirada luminosa y tranquila con la divina sonrisa de la victoria bellamente lograda! Cuando somos vencedores.
Adiós, ángel bienamado.

Ricardo Wagner.
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Agosto de 1858.
¡It must be so! (1)
R.W.
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(1) ¡ Así debe ser! - En inglés en el original. (N. del T.)

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Agosto 1858.
¡Adiós! ¡Adiós, mi bien amada!
Me voy tranquilo. Dondequiera que esté seré eternamente tuyo. Haz de manera que me puedas conservar «el Asilo». ¡Hasta la vista, hasta la vista, amada alma de mi alma! Adiós... y hasta la vista.

El telegrama siguiente hace mención al concierto de Beethoven en la Villa Wesendonk.

Otto Wesendonk. - Zurich.

Lucerna 8 h. 55. Zurich 31 marzo -58 - 9. h. 10.
Texto: El fiel maestro director se encuentra desgraciadamente imposibilitado para dirigir el concierto de hoy, por haber tenido que pagar el tributo al San Gotardo en la forma de un catarro muy acentuado. El concierto se llevará a cabo pues sin director de orquesta; los músicos no tienen más que ponerse de acuerdo.
Vuestro,
Ricardo Wagner.
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Venecia - Lucerna, 17 de agosto de 1858 a 4 de abril de 1859.
Después de mi huída del «Asilo».
Diario.
17 de agosto de 1858.
Ginebra 21 de agosto.

La última noche pasada en el «Asilo» me acosté después de las once, a las cinco de la mañana siguiente tenía que marchar. Antes de cerrar los ojos fui vivamente impresionado por el recuerdo del tiempo en que me decía que algún día moriría allí mismo, y vendrías junto a mí por última vez rodeando con tus brazos mi cabeza en presencia de todo el mundo y recibiendo mi alma en un supremo beso. Esta muerte me la imaginaba con dicha; concordaban los menores detalles con el decorado de mi alcoba; la puerta que da a la escalera estaba cerrada; tú entrabas por la del estudio, me envolvías con tus brazos, entonces yo te miraba al morir. Ahora, esta posibilidad de morir ¿me era también rechazada? Fríamente, como si hubiera sido despedido, abandoné esta casa donde estaba encerrado en compañía de un demonio al que no podía conjurar más que por la fuga. ¡Dónde, dónde morir ahora! ... Así me dormí.
Un ligero ruido maravilloso, me hizo salir de mi pesadilla despertándome, sentí un beso en mi frente seguido de un suspiro penetrante. Resultaba tan distinto cuando me incorporé y miré en torno a mí. Silencio absoluto. Encendí la luz, era un poco antes de la una, la hora de los aparecidos tocaba a su fin. ¿Habría velado junto a mí, a mi cabecera, un fantasma durante esta hora maldita? ¿Velabas o dormías tú durante ese tiempo? ¿Cómo te encontrabas? Imposible de reconciliar el sueño. Durante largo tiempo me agitaba en la cama, después me levanté, me arreglé completamente, cerré con llave la última maleta, aguardé, lleno de angustia, el día, yendo y viniendo por la habitación y echándome a ratos sobre la cama. Me parecía que el día tardaba más que en mis noches de insomnio del pasado verano. Con un rubor de vergüenza salió el sol de las montañas, miré por última vez largo tiempo a la «Colina verde». ¡Oh, cielo!, ni una lágrima me humedeció los ojos, pero me pareció que los cabellos de mis sienes se blanquearon. Ya había hecho todas mis despedidas. En mí, ahora, era todo frío, seguro; bajé. Mi mujer me esperaba. Me ofreció el té, fué un instante de un dolor desgarrador. Ella me acompañó al jardín. La mañana era radiante. Yo no retrocedí. En el minuto supremo, mi mujer prorrumpió en suspiros. Mis ojos quedaron secos por primera vez. Le dije todavía que se mostrase paciente y digna, que se consolase en cristiana. Pero su antigua violencia vindicativa se encendió nuevamente. «No pudo ser salvada - fui obligado a decirme -. Sin embargo no puedo vengarme de la desgraciada. Ella misma debe ejecutar su propia sentencia». Yo me mantenía profundamente grave; había en mí una amargura y una tristeza espantosas. Pero no podía llorar. Así es como partí. Y entonces - no lo niego -, me envolvió una sensación de calma, respiré libremente... Iba a la soledad: -en ella estoy en mí; allí puedo amarte con todas las fuerzas de mi alma.
Aquí no he hablado todavía a nadie más que a servidores. Incluso he escrito a Carlos Ritter que no viniera a verme. ¡Me hace tanto bien eso de poder no hablar! ... He leído tu diario antes de acostarme, por primera vez después de mi partida. ¡Tu diario! ¡Esos trazos divinos y profundos de tu ser! ... He dormido bien.
Al día siguiente, elegí un departamento que he alquilado por semanas. En él me encuentro tranquilo. Al abrigo de importunidades; me recojo y espero el fin de los calores para irme a Italia. No salgo en todo el día.
Ayer he escrito a mi hermana Clara que tú viste hace dos años. Deseaba una fraternal explicación de mi parte: mi mujer le había escrito y anunciado su llegada. Yo le hice ver todo lo que tú eras para mí desde hace seis años; qué cielo me habías preparado; al precio de qué luchas, y de qué sacrificios me habías protegido; con qué mano ruda y torpe había sido desnaturalizada esta milagrosa intervención de tu alto y noble amor. Yo sé que ella me comprende; es una naturaleza entusiasta en una envoltura desaliñada. Me era necesario pues desarrollar mis explicaciones respecto a tal punto.
Pero ¡qué temblores en mi corazón, en mi alma, mientras que escribía eso, mientras que me era permitido pintar tu sublime pureza! ... ¡Sí, ciertamente, nosotros olvidaremos, nosotros venceremos todo: no quedará sino un solo sentimiento, la certeza de que un milagro tuvo lugar aquí, tal como la naturaleza no lo realiza más que una sola vez durante siglos, sin llegar siquiera a una tal nobleza de fines. Deja ahí todo el dolor. Somos los más felices de los seres. ¿Con quién querríamos cambiar nuestra suerte?

Ricardo Wagner.
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23 de agosto, cinco de la mañana.


Te he visto en sueños sobre la terraza; llevabas traje de hombre y tenías sobre la cabeza un sombrero de viaje. Tu mirada se fijaba en la dirección por donde yo había partido. Sin embargo, yo llegaba por el otro lado. De esta manera tenías siempre tu mirada desviada de mí y yo buscaba en vano hacerte señas de que estaba allí hasta el instante en que llamé: « ¡Matilde! » Suavemente primero, después más alto, siempre más alto hasta despertarme al fin por el ruido de mi propia voz. Volviéndome a dormir al poco tiempo y recayendo en mis ensueños, leía tus cartas, que me confesaban amores de juventud: el bien amado, había renunciado a él; pero elogiaba sin embargo sus cualidades, no venías hacia mí más que para encontrar consuelo, lo que me enfadaba un poco. No quería seguir ese sueño y me levanté para escribir estas líneas... Durante todo el día había sufrido de una violenta crisis de nostalgia y un cruel desabrimiento de la vida se había apoderado de mí.

R.W.
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24 de agosto.
Ayer me sentía profundamente desgraciado. ¿Por qué vivir aún? ¿Por qué vivir pues? ¿Es cobardía, o bien valor? ¿Por qué esta inmensa dicha para ser infinitamente desgraciado? La noche siguiente dormí con sueño tranquilo. Hoy me encontraba mejor. He encargado aquí una bonita cartera con cierre, en la cual conservaré tus cartas y tus recuerdos: Puede contener mucho y lo que entrará en ella, una vez entrado, no saldrá jamás; no se devuelve nada a los niños malos. Por consiguiente reflexiona bien acerca de lo que me enviarás aún: nada te será devuelto... sino después de mi muerte, a menos que no me permitas encerrar todo ello conmigo en la tumba. Mañana salgo directamente para Venecia. Un deseo loco me atrae hacia allá; espero gozar allí el reposo absoluto. En cuanto al viaje mismo no lo hago sino contrariado. Hoy hace ya una semana que contemplé tu terraza por última vez.
R.W.
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Venecia, 3 de Septiembre.
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Ayer te escribí así como nuestra amiga (1).Hasta tal punto estuve absorbido por mi viaje y por mi ini instalación. En adelante llevaré mi diario con regularidad. Hice el trayecto por el Simplón. Las montañas, sobre todo el valle de Wallis, me causaron un sensación de agotamiento. He pasado bellos momentos sobre la terraza de la Isola Bella. Era una mañana admirablemente soleada. Yo conocía el sitio y despedí inmediatamente al jardinero para quedarme solo. Una bella calma, una singular elevación se apoderaron de mí: Era demasiado espléndido para que aquello durase mucho tiempo. Pero lo que me transportaba, lo que estaba cerca de mí y en mí, eso persistía: la dicha de ser amado de ti.
Pasé la noche en Milán. El 29 de agosto por la tarde, llegué a Venecia. Durante el recorrido del Gran-Canal hasta la Piazzetta, impresión de grave melancolía: grandeza, belleza y decadencia, todo junto lo uno a lo otro. Estaba transportado, sin embargo, con soñar que aquí no había prosperidad moderna, por lo tanto tampoco bulliciosa trivialidad. La Plaza de San Marcos me hizo una impresión magnífica. Un mundo lejano, una época vivida. Esta impresión satisface plenamente el deseo de soledad. Nada produce aquí la sensación de la vida real: toda obra objetivamente, como una obra de arte. Quiero quedarme aquí y esta voluntad se cumplirá. Al día siguiente, después de largas incertidumbres, elegí un departamento sobre el Gran-Canal, en un inmenso palacio, en el que estoy por el momento solo. Piezas vastas y grandiosas en las que puedo pasear bien desahogadamente. Como mi instalación debe servir de marco al mecanismo de mi trabajo, tiene para mí mucha importancia y pongo mucho cuidado en arreglarla a mi gusto. He escrito para que me envíen mi salón del palacio. El gran silencio que constituye la verdadera atmósfera del Canal, me dispone a maravilla. Hacia las cinco de la tarde solamente, salgo para ir a comer; después doy un paseo por el jardín público, con una corta parada en la Plaza de San Marcos. Ésta produce un efecto teatral por su carácter particular, y la muchedumbre de sus paseantes que me es completamente desconocida, me deja incluso indiferente, no hace más que divertir mi imaginación. Hacia las nueve vuelo en góndola; enciendo mi lámpara y leo un poco antes de acostarme. Así se desliza mi vida exterior y es lo que me hace falta. Desgraciadamente mi presencia es ya conocida; pero de una vez por todas he dado la orden de no recibir a nadie. Esta soledad, que no es casi posible sino aquí - ¡y tan deliciosamente posible! - me sonríe y acaricia mis esperanzas.
¡Sí, tengo la esperanza de sanar por ti! ¡Consérvate para mí, significa aguardarme para mi arte! Vivir con él, para consolarte, he ahí mi fin, he ahí lo que se armoniza con mi naturaleza, mi destino, mi voluntad, mi amor. Así como yo soy para ti, así llegarás tú igualmente a la salud por mí. Aquí se acabará Tristán, a pesar de las tormentas del mundo. Y con él, si yo puedo me volveré, para verte, para consolarte, para hacerte dichosa. Eso se evoca en mí como el más bello, el más sagrado de los deseos. ¡Vamos, valeroso Tristán, vamos, valerosa Isolda! ¡Asistidme, venid al socorro de mi ángel! Aquí cesará de correr vuestra sangre, aquí curarán y se cerrarán las heridas. De aquí sabrá el mundo la alta y noble angustia del más sublime amor, las quejas de las más dolorosas voluptuosidades. Resplandeciendo como un Dios, en salud moral y física, puro, me volverás a ver entonces, a mí, tu humilde amigo.
Ricardo Wagner.
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(1) La señora Wille
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5 de Septiembre


Esta noche no tenía sueño, he estado largo tiempo despierto. Mi dulce criatura no me dice como se encuentra. El Gran-Canal es maravillosamente bello en la noche. Una góndola se desliza delante del palacio. A lo lejos se llaman cantando unos gondoleros. Es una sensación de belleza, de una nobleza extraordinaria.. Las estrofas del Tasso no acompañan el canto como en otro tiempo; pero las melodías son seguramente muy viejas, tan antiguas como Venecia misma y ciertamente más viejas que las estrofas del Tasso, adaptadas probablemente a las melodías. Así se ha conservado en la melodía lo eternamente verdadero, mientras que las estrofas, como un fenómeno pasajero, han sido absorbidas por ellas para desaparecer a lo largo completamente. Estas melodías, profundamente melancólicas, cantadas con una voz sonora y potente que el agua trae de lejos y que van a morir todavía más allá, han producido en mí una impresión solemne. ¡ Sublime!

R.W.
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6 de Septiembre


Ayer he visto a la Ristori en el papel de María Stuardo. Hace algunos días que la había visto por primera vez en el de Medea, en el que me gustó mucho, sí, en el que me hizo verdaderamente gran impresión. Virtuosidad poco corriente; posee una seguridad de escena que aún no había visto nunca llevada a la perfección suya. Sin embargo, he reconocido claramente esta vez lo que falta completamente en su arte, porque eso es absolutamente indispensable en el papel de María Stuardo, (no lo había notado antes porque semejante observación no puede aplicarse al papel de Medea). En el de María Stuardo hace falta la espiritualidad, el entusiasmo, un intenso, un apasionado calor. La insuficiencia de la artista resultaba verdaderamente penosa al señalarla, y yo sentía, con algún orgullo, la elevación y significación del arte alemán, acordándome de haber visto ya varias trágicas alemanas interpretando este papel con un calor comunicativo, incluso irresistible, mientras que la Ristori, al pasar rápidamente de la prosa refinada a efectos de plástica, por decirlo así, animal, probaba que no se daba realmente cuenta de la naturaleza de su papel, que no era capaz de cumplirlo. Era verdaderamente lamentable e irritante. Es realmente esta espiritualidad del arte alemán lo que hace posible mi música y, por ella, mis poemas. ¡Qué alejadas resultan, por el contrario estas revoluciones franco-italianas de todo lo que yo pueda crear! Y sin embargo, el elemento espiritual obra sobre los italianos y los franceses, sin que lo adviertan, cuando les viene de fuera, de suerte que yo no puedo considerarlo como una característica particularmente alemana: De ello he podido darme cuenta por las impresiones que experimentaron ciertas personas después de la representación de mis obras. ¿Dónde radica entonces la diferencia entre el idealismo del que hablo y estos efectos de plástica realista? Acuérdate de la escena de María Stuardo, en el tercer acto, cuando dirige en el jardín una invocación a la libertad: imagínate a la Ristori descuidando casi todo lo que en este odio naciente contra Isabel no le da ocasión para exhibir su virtuosismo de mímica rápida y variada. Estas explicaciones no te muestran la cosa con absoluta claridad. Pero ciertamente comprenderás pronto lo que quiero decir cuando yo te rememore nuestro amor.

Ricardo Wagner
*
7 de Septiembre


Hoy he recibido una carta de la señora Wille. Son las primeras noticias tuyas. Según lo que escribe, está resignada, tranquila y resuelta a ir hasta el fin en la vía del renunciamiento. Los padres, los hijos, los deberes.
¡Qué mal se armonizaba esto con mi estado de alma divinamente sereno y grave a la vez!
Pensando en ti no me han venido al pensamiento nunca los parientes, los hijos, los deberes; sabía solamente que tú me amabas y que todo lo que es elevado y altivo en este mundo debe sufrir. Desde esta altura, me espanto de haber determinado exactamente las circunstancias que nos hacen desgraciados. Entonces te vislumbro repentinamente en tu magnífica mansión; veo todas las cosas, oigo a todas las personas a las cuales hemos de ser eternamente incomprendidos, los que no se acercan a nosotros más que para separarnos con angustia de lo más próximo. Me da un deseo furioso le decir: ¿Son esos, que no saben nada de ti, que no comprenden nada de ti, pero exigen todo de ti a los que sacrificarás todo? Tal cosa no puedo ni verla ni entenderla, si quiero cumplir dignamente la misión que me ha sido dada en la tierra. Es únicamente en lo más profundo de mí mismo donde encontraré la fuerza necesaria: por fuera todo me empuja a la amargura, todo lo que quiere imponerse a mis decisiones.
¿Esperas verme este invierno algunas horas en Roma? Temo que me sea imposible verte. Verte y separarme en seguida de ti por la satisfacción de otro ser. ¿Podría serlo aún? Seguramente no.
Tampoco quieres carta. Yo te he escrito y conservo la esperanza firme de que mi carta no será rechazada; sí, estoy cierto de la respuesta.
¡Tregua a esta loca imaginación! Espero.

R.W.
*
8 de Septiembre.
¡Ciegos ojos!
¡Oh corazones pusilánimes! (1)
R.W.
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(1) Acto 1º de Tristán. (N. del T.)
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10 de Septiembre.


Ayer me encontraba bastante mal, tenía fiebre. Por la noche, recibí una nueva carta de la señora Wille, en la cual me era devuelta mi breve carta sin abrir.
Eso no debieras haberlo hecho. ¡No, eso no!
Hoy no tengo nada para mi diario. Mi pensamiento, nada más que mis pensamientos. Es necesario que se clarifiquen.
Me es un consuelo saber que tú vuelves a encontrar la calma y la fuerza. Yo tengo otro consuelo todavía, que parece casi una venganza: un día, leerás también esta carta reexpedida y sentirás la injusticia espantosa de haberla rechazado. Y, sin embargo, he sufrido tales repulsas a menudo.

R.W.
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11 de Septiembre.


¡Ah! Alguna cosa de ti, tres palabras directamente, nada más.
Los intermediarios, incluso los más seguros, los más fieles, no pueden reemplazar nada. ¡Qué difícil es ya el comprenderse absolutamente cuando se es dos, el uno frente al otro! Y todavía es necesario que estos dos estén igualmente en disposiciones favorables, aquellas que sólo la plena conciencia del amor presente puede asegurar. Un tercero es siempre un extraño. ¿Qué ser podría despojarse de su yo y de su ambiente particular tan completamente para que pudiese participar de los otros dos? Yo comprendo que la señora Wille no pueda decidirse a remitirte cartas mías nada más que por consideración hacia ella misma. En tal caso es imposible interesarse en el contenido, ver de qué manera son apaciguadoras, necesarias, tales comunicaciones: una cosa basta, son cartas y ella puede, ella debe tal vez vacilar en remitirlas. De otra manera ¿de qué opinión sería pues la amiga? Ella no puede obrar sino lo que según su situación particular concerniente a todos los interesados le permite, y le permite ciertamente en el sentido mejor, el más noble. Solamente ella obra según tus deseos. ¿Entonces qué? ¡Una religión entre nosotros!
Bastante por hoy. ¡La paz! ¡La paz!

R.W.
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13 de Septiembre.


Estaba tan triste que ni siquiera he podido confiar la menor línea a mi diario. Hoy recibo tu carta, tu carta a la señora Wille. Que tú me amas, lo sabía bien: eres como siempre, buena, profunda y llena de razón; he debido sonreír y casi alegrarme de mis recientes adversidades puesto que tú me procuras tan alta sensación de felicidad. Yo te comprendo - incluso cuando te quito un poco la razón -, porque en mi interior profundo tengo por injusto todo lo que me precisa considerar como medio de defensa contra una eventual inoportunidad de mi parte. Creía sin embargo, haber probado por mi alej amiento de Zurich, - de tan horrible memoria -, que era capaz de ceder y que desde entonces, tenía derecho de sentir la menor duda sobre mi ternura resignada como una grave e inmediata herida. ¿Pero a qué todo eso ahora? La sublime belleza de mi estado de alma estaba abatida; es necesario ahora levantarme penosamente. Perdóname si aún estoy vacilante. Yo encontraré la serenidad de uno o de otro modo. Dentro de poco escribiré a la señora Wille; Pero también en las cartas que le dirigíré, estoy decidido a poner a prueba mi moderación. ¡Dios mío, todo es igualmente difícil y el fin supremo no puede ser alcanzado más que manteniéndome moderado! ¡Sí! Todo está bien y todo irá bien. Nuestro amor domina todos los obstáculos y cada dificultad nos hace más ricos, más próximos a la espiritualidad, más nobles, más vueltos hacia el fondo, la esencia misma del amor que fortifica nuestra indiferencia por lo que no es esencial. Sí, criatura buena, pura y bella, venceremos; ya estamos en plena victoria.

Ricardo Wagner.
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16 de Septiembre.


Me siento serenado y dispuesto. Tu carta me alegra aún siempre. ¡Qué sensato, bello, encantador, es todo lo que viene de ti! El destino de nuestras personas me es, por decirlo así, indiferente. Es todo tan puro interiormente, se armoniza tan perfectamente con mi ser y la necesidad! Con estos bellos sentimientos quiero volver a empezar mi trabajo y espero el piano de cola. Tristán me costará muchos esfuerzos todavía: Cuando esté acabado, creo que me parecerá que un maravilloso período de mi vida habrá encontrado su conclusión y que elevaré en adelante mi mirada hacia el mundo con calma, claramente, profundamente, como un espíritu renovado y esto que a través del mundo miraré, serás tú. Tal es la razón por la cual experimento un deseo tan vivo de ponerme a trabajar.
Por el momento, tengo una odiosa e interminable correspondencia, que me lleva mucho tiempo; pero siempre eres tú la que me traes el consuelo, y Venecia también me asiste maravillosamente. Por la primera vez respiro esta atmósfera siempre igual, pura y deliciosa; el aspecto magnífico de la ciudad me tiene en un estado de sueño dulcemente melancólico del que experimento aún y siempre el beneficio. Cuando a la tarde voy en góndola al Lido, hay alrededor de mí como esa vibración tierna y prolongada del violín, que tanto amo y a la cual te he comparado un día: puedes ahora imaginarte lo que yo siento al claro de luna sobre el mar.

R.W.
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18 de Septiembre.
Hoy hace un año que terminaba el poema de Tristán y te llevaba el último acto. Me acompañaste hasta la silla; delante del sofá me abrazaste diciéndome: ¡Ahora no me queda nada que desear!
En este día, en este preciso momento, nací verdaderamente. Lo que había precedido era sólo el prólogo de mi vida; ahora comenzaba el epílogo.
Sólo fué en el tránsito de este instante maravilloso cuando he vivido realmente. Tú sabes cómo he gozado. No con agitaciones, con arrebatos, con embriaguez; sino con solemnidad, profundamente, sintiéndome reconfortado, libre, con la mirada fija en la eternidad. Del mundo ya me había desprendido, más y más, dolorosamente. Tú te superabas -a la negación, a la defensa. Mi trabajo de artista había llegado a ser incluso doloroso, porque había en mí el deseo intenso, el inagotable deseo de encontrar para esta negación y esta defensa lo que me confirma, lo que me es propicio, lo que se une a mí. Este momento me lo otorgaba con tan indudable certidumbre que tuve la sensación de un silencio, de una parada solemne. Una mujer afectuosa, tímida y vacilante, se entregaba con un valor sublime en el océano de sufrimientos y de males para procurarme este momento espléndido, para decirme: «¡Yo te amo!» Así te consagraste a la muerte con el fin de darme la vida; asi recibí tu vida, con el fin de abandonar el mundo contigo, sufrir contigo y contigo morir. Entonces fué aniquilado el sortilegio del deseo insatisfecho. (1). Y tú sabes también que jamás estuve nunca después en desacuerdo conmigo mismo. La turbación y la angustia han podido apoderarse de nosotros, incluso tú has podido ser arrastrada por la ilusión de la pasión, pero yo, tú lo sabes, he sido siempre el mismo y mi amor por ti no podía ya desde este momento terrible, perder su perfume, ni siquiera perder un átomo de él. Toda mi amargura desapareció; he podido vagar, ser presa del dolor, pero para siempre sabía claramente que jamás se extinguiría esta luz, que tu amor era mi bien supremo y que sin él mi existencia sería una contradicción. ¡Gracias, ángel bello, pleno de amor!
Ricardo Wagner.
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(1) Frase que mantienen la esencia del poema de “Tristán e Isolda”. (N. del T.)

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23 de Septiembre.


La taza y el servicio han llegado bien. Es el primer signo amistoso desde fuera. ¿Qué digo? «Desde fuera». ¿Cómo aplicar esta palabra a cosas que me vienen de ti? Y sin embargo ello viene de lejos, de esa lejanía que ahora me es tan próxima. ¡Mil gracias, criatura imaginativa y encantadora! Callándonos de esta suerte, claramente nos decimos lo que nos es a tal punto inexpresable.

R.W.
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26 de Septiembre.


Por el momento no puedo siquiera ocuparme de mi diario; es abrumador la de cartas que tengo que escribir cargadas de comisiones y tareas. ¡Qué insensato soy! Esta eterna inquietud de vivir en el fondo, una tal aversión por esta vida que necesariamente he de cordinar artificialmente, a fin de no tenerla delante de los ojos, en todo su repelente horror. ¿Quién sabrá nunca lo que hay entre mí y la posibilidad de la paz, necesaria para mi trabajo? Pero quiero tener conformidad, porque es preciso. Yo no me pertenezco y mis sufrimientos, mi angustias, son los medios para llegar a un fin que los desafíe. ¡Valor, valor! Es preciso.

R.W.
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29 de Septiembre.


En este momento aparece la luna menguante tardíamente. Cuando estaba en toda su plenitud, me procuraba mucho consuelo; me ha iluminado agradables sensaciones de las que tenía necesidad. Después de la puesta del sol, por lo general, bogaba hacia su encuentro en góndola yendo al Lido. La lucha entre el día y la noche resultaba siempre un espectáculo magnífico bajo el cielo puro. A la derecha, en medio del éter de un rosa pálido, brillaba la fiel claridad de la estrella de la noche; la luna en todo su esplendor lanzaba hacia mí la red de sus brillantes rayos en el mar. Yo le volvía la espalda en aparecido. Un poco por encima de las Pléyades (1), grave y clara con su estela de luz creciente, se presentaba a mi mirada errante la cometa en dirección de tu vivienda, desde donde tú contemplabas la luna. Para mí el cometa no tenía nada de temeroso; además nada me inspira ya ningún temor, porque no tengo ninguna esperanza, ningún porvenir. Incluso no podía menos de sonreír de la emoción popular, la escogí como mi estrella con una cierta jactancia orgullosa. ¿Soy yo mismo un tal meteoro? ¿Llevé la desgracia? ¿Era por mi culpa? No podía quitármela de la vista. En la calma y en el silencio, llegué a la Piazzetta, alegremente iluminada, perpetuamente atravesada por una masa regocijada. Después, viene el curso por el Gran-Canal, grave y melancólico: a izquierda y a derecha magníficos palacios; silencio absoluto, nada más que el dulce deslizamiento de las góndolas, en el golpe de los remos. Grandes ondas proyectadas por la luna. Subo al palacio mudo: grandes alas, vastas galerías, habitadas sólo por mí. La lámpara arde; tomo un libro, leo un poco, reflexiono profundamente. Todo es silencioso, allá en el Gran-Canal, música. Una góndola, brillantemente iluminada con cantores y músicos; embarcaciones cada vez más numerosas, siguen cargadas de oyentes. A todo lo largo del canal avanza la escuadrilla, casi sin movimiento, deslizándose suavemente. Bellas voces, instrumentos medianos ejecutan canciones. Todos son oídos. Al fin, de un modo apenas perceptible, dan la vuelta y desaparecen más imperceptiblemente todavía; largo tiempo continúo escuchando la música, ennoblecida y purificada por el silencio nocturno: no puede entusiasmarme como arte, pero aquí se hace naturaleza. En fin, todo se calla; la última nota se funde en el claro de luna que continúa brillando, como el mundo de los sonidos hecho visible.
La luna ha decrecido ahora.
Yo no me siento bien desde hace algunos días: me ha sido necesario renunciar a mi paseo de noche. No me queda más que mi soledad y mi existencia sin porvenir.
Sobre la mesa, delante de mí, hay un retrato pequeño. Es el de mi padre que no te pude enseñar cuando llegó. Tiene una fisonomía noble, dulce, melancólica y doliente que me enterneció infinitamente. Este retrato me ha llegado a ser muy querido. Quien quiera que venga a visitarme, espera ver, según todas las probabilidades, la imagen de una mujer amada. ¡No! No poseo ninguno de ella. Pero llevo su alma en mi corazón. Que mire en ella quién pueda.
Buenas noches.

Ricardo Wagner.
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(1) Las pléyades las habfa escogido Wagner como arma.

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30 de Septiembre.


Hoy he pasado por muchas emociones. He sabido la ansiedad respecto a mí de aquellos que me son queridos; con ellos una bella carta, triste y alegre a la vez, como yo lo estaba verdaderamente.
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Mi antiguo horror por los casamientos precoces me ha vuelto; salvo el caso de personas absolutamente indiferentes, no he visto ninguno que, a la larga, no termine en un desacuerdo profundo. ¡Qué desdicha entonces! Alma, carácter, talento, todo ha de perecer al menos que no intervengan coyunturas extraordinarias e incluso dolorosas. Así pues, todo es desdicha en torno a mí: lo que significa algo doloroso y abandonado; toda la insuficiencia quiere alegrarse absolutamente de existir. ¿Pero qué le importa eso a la Naturaleza? esta persigue sus fines ciegamente, no se ocupa más que de la especie, es decir, no quiere más que vivir siempre de nuevo, recomenzar largamente, hasta el infinito. El individuo al que carga de todos los sufrimientos de la vida no le supone más que un grano de arena en esta inmensidad de la especie, grano que puede reemplazar miles y millones de veces, si prefiere sobre todo a la especie. ¡Oh! No me gusta oír a nadie recurrir a la Naturaleza: los corazones nobles piensan siempre noblemente, y en sus llamadas son siempre ellos mismos los que hablan, es verdad. La naturaleza, por el contrario, no tiene corazón, está desprovista de sentimiento y cualquier ser egoísta, incluso cruel, puede invocarla con más confianza y certidumbre que el ser dotado de sensibilidad.
¿Qué significa, pues, ahora una unión de esta suerte que convenimos para toda la vida en plena juventud desbordante, a la primera llamada del instinto propagador? ¿Y qué raramente logran ser discretos los padres por su propia experiencia? Cuando finalmente se han librado de la miseria y han encontrado el bienestar, olvidan todo y sin pensar en más, dejan a sus hijos precipitarse en el mismo camino. Sin embargo, en esto ocurre como en todo en la naturaleza, prepara la miseria al individuo, la desesperación y la muerte; solamente debe dejarle la facultad de elevarse por encima de estas tres pruebas, hasta la conquista de la más alta resignación. Ella no puede recusarse, mira entonces asombrada y dice: ¿ «Estaba bien lo que he querido»?
Todavía no me siento completamente centrado; espero sin embargo mucho en esta noche, si duermo bien. Ciertamente tú no te alegrarás ¿no es verdad? Buenas noches.

R.W.
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1º de Octubre...


No hace mucho tiempo mi mirada iba de la calle a la tienda de un comerciante de aves, distraidamente examinaba la mercancía dispuesta de una manera limpia y apetitosa, cuando entonces un individuo, en un rincón se ocupaba en desplumar a un pollo, otro individuo introducía la mano en una jaula empuñando a otro pollo vivo al que arrancaba la cabeza. El grito espantoso del animal y sus quejidos de más en más débiles, durante el acto de violencia, hirieron espantosamente mi corazón. Desde entonces he podido sacudir esta impresión tan a menudo ya experimentada. Es desconsolador el pensar sobre qué abismos de crueles miserias está fundada en suma nuestra existencia, más ávida sin embargo de goces. Esto fué siempre para mi observación de una evidente claridad y, en razón de mi sensibilidad creciente, me doy cada vez más cuenta de que la verdadera causa de todos mis sufrimientos, radica únicamente en el hecho de no poder renunciar definitivamente a la vida y a las ambiciones. Las consecuencias deben señalarse por todo en mi humor, de una versatilidad a menudo inexplicable y amarga en relación a los seres más queridos, lo que no se comprende más que por esta oposición. En seguida que apercibo el absoluto bienestar y el esfuerzo intenso para llegar a él, retrocedo con una cierta sensación de horror dentro de mí. Cuando una existencia me parece libre de dolor o únicamente ocupada en apartar todo sufrimiento, soy capaz de perseguirla con indefectible amargura, porque me parece extraña al cumplimiento de la verdadera misión del hombre. Así pues, sin que haya de mi parte la menor envidia, experimento un odio instintivo contra los ricos, admito que, a pesar de lo que poseen, no se les puede estimar como dichosos; solamente hay en ellos el visible esfuerzo de querer serlo, y es lo que hace que yo me aleje. Con un refinamiento de intenciones, apartan todo lo que la miseria pudiera mostrar a su eventual compasión, todo aquello sobre lo que reposa su bienestar deseado; y sólo eso pone un nudo entre ellos y yo. Yo me he observado y he confirmado que me atrae una irresistible simpatía en dirección opuesta y que no estoy seriamente emocionado, más que cuando mi piedad ha despertado mi compasión. Esta compasión parece el rasgo más instintivo de mi yo moral, y, probablemente es ella tambien la fuente de mi arte.
Lo que caracteriza la compasión, es que no está afectada por ninguno de los aspectos individuales del sujeto que sufre, sino más bien y únicamente por el sufrimiento observado en sí mismo. En amor no es así, en él nos elevamos hasta la comunidad absoluta de la alegría. ¡No podemos tomar parte en la dicha de una persona sino cuando sus cualidades especiales nos son homogéneas y agradables en el más alto grado. Cuando se trata de sujetos ordinarios, esto es más pronto y fácilmente posible, porque el instinto sexual es, por decirlo así, la causa exclusiva. Cuanto más elevada es la naturaleza, más difícil será llegar a la comunidad de la alegría; pero en tal caso tocará a lo sublime. Por el contrario, la compasión puede entregarse al ser más ordinario, más insignificante a quien, aparte de su sufrimiento, no despierta en nosotros simpatía ninguna; al que incluso si consideramos lo que puede hacerle feliz, nos resulta decididamente antipático. La causa de este hecho es inmensamente más profunda y apercibiéndola nos vemos elevados por encima de los límites de la individualidad, porque nuestra compasión se dirige solamente al sufrimiento en sí mismo, haciendo abstracción de la persona. A fin de enervarse contra la fuerza de la compasión se pretende corrientemente que las naturalezas inferiores, según el testimonio de la experiencia, sienten menos el sufrimiento que los organismos superiores; que el sufrimiento gana en realidad siguiendo el grado de sensibilidad que despierta la compasión, partiendo de que la piedad experimentada por naturalezas inferiores, constituye una prodigalidad, una exageración, incluso una degeneración de la sensibilidad. Esta opinión tiene por base, sin embargo, el error fundamental del que se ha originado toda la filosofía realista; y es aquí cuando aparece el idealismo en la plenitud de su significación verdaderamente moral, mostrándonos esta filosofía como estrechamente egoísta. No se trata del sufrimiento ajeno, sino más bien de que yo sufro viendo sufrir a mis semejantes. No conocemos el mundo que nos rodea sino cuanto podemos figurárnoslo, y tal como yo me lo figuro, existe para mí. Si yo lo ennoblezco, es que hay nobleza en mí; si siento profundamente el sufrimiento de aquellos que me rodean, es que mi sensibilidad es capaz de intensa emoción. Aquellos que por el contrario, se imaginan el sufrimiento de los demás en dimensiones reducidas, prueban por eso mismo que no hay grandeza en ellos. Así mi compasión hace del sufrimiento de los demás una verdad, y