Wagneriana, nº11. 1993
UN HOLANDÉS "COMPUESTO Y SIN NOVIA"
Por Juan Carlos Juárez
 

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LA TEMPORADA del Liceu de este año se iniciaba con una representación del drama wagneriano "El holandés errante", en una producción de la Opera del Estado de Köln (Alemania) bajo la dirección escénica de Willy Decker.

Como suele ser habitual en las últimas representaciones del compositor, asistimos con esta producción a una parte más de la degeneración de la obra wagneriana. Creemos que en el programa de la ópera y en los carteles anunciándola deberían poner el aviso que en ocasiones se pone en algunas películas: "Los personajes de esta representación son imaginarios, cualquier parecido con el "holandés errante" de Wagner es pura coincidencia.

La producción de Willy Decker es una más de la larga lista de producciones en donde el talento de los directores de escena es suplido con originalidades. Lamentablemente no sólo vivimos en una época en donde la creación de nuevas obras de arte no existe, lo verdaderamente preocupante es que ante la falta de creatividad para poder realizar algo nuevo, lo creadores de "originalidades" se aferran a las obras geniales de otras épocas para así poder escribir su nombre junto al de los grandes maestros.

En una reciente emisión del programa radiofónico Gran Gala de Radio Nacional, se acusaba a nuestra Asociación de provocar escándalos únicamente ante producciones conocidas (por ejemplo, el "Tannhäuser" de Harry Kupfer) con la única finalidad de que se hablara de nosotros; pero lo cierto es que los que utilizan estos métodos son precisamente los modernos directores escénicos, que sabiendo que si realizaran una producción totalmente propia nadie iría a verla, no tienen más remedio que presentar sus originalidades junto a nombres inmortales, como único reclamo para atraer al público. ¿Quién iría a ver una ópera que se titulase, por ejemplo, "Estudio psiquiátrico de una enamorada", de Willy Decker, si no fuera por que este mismo artista presenta su nombre junto al de Ricardo Wagner?

En ocasiones nos hemos preguntado porqué todavía no se han atrevido a "retocar" la música original de los compositores, y creemos que el motivo es muy sencillo:
si alteran el rol de los cantantes, si hacen irreconocible la escenografía, si hacen caso omiso de las indicaciones escénicas de los autores, si mutilan determinadas estrofas de los poemas, sólo les queda la música como reclamo; si algún día se atreviesen a cambiar ostensiblemente la música, romperían completamente con el autor y entonces no les quedaría más remedio que presentar su nombre sólo en las producciones (que por otro lado también se representarían solas, ya que perderían a gran parte de su público). Recordemos que el público que asiste a una representación wagneriana no va a ver a tal o cual director escénico, sino a ver -o lamentablemente, tendríamos que decir a escuchar-, a Wagner. A tal efecto pensemos seriamente cuántas personas de las que por ejemplo asistieron al "Lohengrin" de la temporada pasada, se acuerdan del nombre del director de la producción.

Pasaremos sin más, a comentar el "Holandés" que nos ocupa, intentando que este comentario sirva principahnente para que el lector conozca como se desarrolló la representación, ya que extendernos en las ideas generales que deberían predominar en el que fue realmente el primer drama wagneriano no tendría cabida -por motivos de espacio- en este pequeño artículo.

La producción que se estrenó en el Liceu se representaba ininterumpidamente, sin descanso entre los actos. Pensamos que la idea es acertada, a pesar de que el esfuerzo de los cantantes es evidentemente mayor con esta solución, pero en cambio se compensa con un mayor atractivo y comprensión de la obra.

Al levantarse el telón observamos la escenografía expresionista que nos acompañará durante toda la representación; se trata de una habitación de paredes blancas, con una enorme puerta, que da al exterior y que se irá abriendo y cerrando según lo requiera el movimiento escénico. Por esta puerta, observamos al principio que los marineros del barco de Daland entran las cuerdas para amarrar el barco, única concesión -absurda por otro lado- al mar, que el director de escena cree conveniente expresar en este primer acto.

La acción en el momento en que el Holandés entra posteriormente en escena por la mencionada puerta, ya nos aproxima a lo que puede depararnos el resto de la representación, un Holandés fantasmagórico al que el mismo Daland saluda más por obligación que por que se sienta atraído hacia él. En una escena verdaderamente moderna, tal y como podía suceder en la actualidad, Daland y el Holandés intercambian sus regalos, y decimos intercambian porque al no muy convencido Holandés, al que esta historia le empieza a no gustar, parece no bastarle con la descripción que de su hija hace Daland, por lo que el capitán noruego, para atraer al rico forastero le da lo que parece un retrato o una fotografía de la misma.

Después del diálogo entre ambos, nos trasladamos hacia la estancia en donde se encuentran Senta, junto con las muchachas supuestamente hilanderas, pero a las que Willy Decker, en un alarde de gran originalidad ha convertido en cosedoras, sustituyendo las mecas por una enorme tela, con lo que las continuas referencias en el poema a la acción de hilar quedan como algo incomprensible, por no decir jocoso. Senta no se encuentra extasiada ante el retrato del Holandés que cuelga en la pared, entre otras cosas porque el retrato no está colgado, sino que es llevado permanentemente por ella entre los brazos, lo que le vale más de una reprimenda por parte de Mary, que la zarandea violentamente en alguna que otra ocasión, lo que suponemos que hace pensar a Senta si merece la pena realmente sacrificarse por lo que el director de escena denomina "fantasías enfermizas", suponemos que refiriéndose a lo que Wagner llamaba "redención por amor". Posteriormente entra en escena Erik, convertido en el verdadero protagonista de la obra, el cual para dar mayor énfasis a sus palabras se dirige hacia Senta para zarandearla un poco más, al mismo tiempo que hace un amago de quitarla el cuadro de las manos y una tentativa de acuchillar con una daga al retrato del Holandés, que a estas alturas todavía no sabe lo que le viene encima. Senta escucha no muy convencida el sueño de Erik, sobre todo por que no hace falta que éste se lo cuente, ya que ella estuvo personalmente "oteando" en el primer acto.

Cuando por fin llegan Daland y el Holandés, se produce una situación un tanto desagradable, ya que al abrirse la dichosa puerta por enésima vez, Serna da la espalda deliberadamente a quienes entran en la habitación, mientras que observamos al Holandés, a estas alturas ya bastante resignado a no ser redimido, como mira hacia afuera y sin pasar dentro de la habitación escucha las palabras de Daland sin prestar ninguna atención a Senta. Para intentar remediar esta tensa situación, Daland se dirige a Senta y -¡como no!- zarandeándola nuevamente la insta a contraer matrimonio con el rico extranjero, que entre tanto contmúa dando la espalda a los presentes. En el posterior diálogo a solas entre el Holandés y Senta, no se produce el más mínimo atisbo de que la cosa vaya a acabar bien, aunque afortunadamente, el holandés, más considerado con la muchacha, tiene el detalle de no zarandearla, a pesar de que ésta no se digna mirarle en casi todo el acto.

Finalmente, en lo que sería el tercer acto, asistimos al desenlace de la obra, que por supuesto no se parece en nada a lo escrito por el autor. La fiesta de los marineros casi acaba convertida en un ajusticiamiento del protagonista de la obra.., pero no, no nos referimos al Holandés, convertido a estas alturas en mero comparsa, sino a Erik, al que debido a las exigencias del movimiento escénico dirigido por Willy Decker, y unido a lo llamativo de sus ropas de cazador, que contrastan con los negros vestidos de la mayoría de los presentes en la obra, le es dado un mayor protagonismo en escena del que en realidad debería tener.

Tras las discusiones de rigor y ante el acoso de sus conciudadanos -zarandeos a la protagonista incluidos- unido a la falta de interés del Holandés, Senta decide suicidarse delante de todos, lo que hace clavándose un puñal, acabando así con sus inquietudes y con las del Holandés, que se ve prácticamente empujado hacia afuera de la habitación, mientras tras él se cierra rápidamente la puerta, en lo que podía interpretarse como un portazo de despedida.

La obra finaliza cuando una de las muchachas recoge el cuadro del Holandés, para reiniciar así una historia sin fin, de esta manera siempre habrá una "Senta" dispuesta a continuar con la historia; aunque pensamos que el Holandés, al que se le presenta por última vez en la famosa puerta llevando en brazos el cadáver de Senta, preferirá, dentro de siete años, echar el anda en otro puerto, en vista de las pocas posibilidades de obtener la redención si vuelve al mismo sitio.

* * * *

Acabados los comentarios a las interpretaciones escénicas, reseñaremos lo que a nuestro juicio fue el aspecto musical de la obra.

Lisbeth Baslev, cantó un magnífico papel de Senta, que se vió recompensado por los aplausos finales del público, convirtiéndose además por su casi continua permanencia en escena en la heroína de la velada. Franz Grundheber, el Holandés, estuvo correcto, aunque acusó una cierta falta de intensidad en algunos momentos, dando la sensación de que cantaba con "miedo", no sabemos si por "exigencias del guión". Oddbjörn Tennfjord, que debutaba en el Liceu, estuvo francamente sensacional en su papel de Daland. Michael Pabst, canto bién su papel de Erik, y se vió fortalecido por el protagonismo que le otorga este montaje, que supo resolver con éxito. Por último, interpretación correcta de Anny Schlemm como Mary y Joan Cabero como el timonel. Por su parte la orquesta no empezó con buen pie, debatiéndose en un ligero naufragio, debido a la extremada lentitud con la que interpretaron la obertura, aunque conforme se avanzaba, Uwe Mund supo sacar a la orquesta toda la fuerza que se requería, finalizando de una manera estupenda.
Los coros fueron realmente los animadores de la jornada interpretando perfectamente la partitura; lástima que el movimiento en escena no fuera el adecuado para su total lucimiento.

Por nuestra parte, lo que deseamos es que dentro de siete años, cuando el capitán holandés llegue a otro puerto, pueda encontrar por fin la redención que Willy Decker no le ha querido otorgar en esta ocasión.