Á Un Caballero Español.
[p. 11] No le era á V. suficiente, sin duda, habernos colocado en el horrible trance de contestar á su magnífico artículo La ópera en Viena, sino que, cruel hasta la exageracion, nos obliga hoy á empuñar la torpe é inexperta pluma para cumplir con el más árduo de los deberes, con el más duro y acerbo de los compromisos.
Wagner: tal es el título del segundo artículo con que ha embellicido V. las columnas de LA ILUSTRACION, artículo que ha causado impresion profundísima en los círculos artístico-musicales de Madrid y dado lugar á calorosos comentarios, así entre los amantes del arte como entre las gentes del métier.
La sorpresa que en nosotros produjo el título citado, y la curiosidad, la avidez mejor dicho, con que devoramos el artículo, sólo es comparable al deseo que teniamos de conocer la opinion de V. respecto al célebre innovador aleman cuyas doctrinas han sido aquí mal juzgadas y peor comprendidas.
Más de una vez, asediados por las súplicas de varios amigos, hemos estado á punto de emprender la tarea, no muy fácil ciertamente, de poner en claro, hasta donde nuestras fuerzas lo permitieran, las teorías revolucionarias del maestro de Leipzig; más de una vez abrigamos el pensamiento de tratar extensamente de la música del porvenir, y ¡asómbrese V.! ya bullia en nuestra mente la idea audaz y temeraria de cambiar el calificativo de música del porvenir por el de el porvenir de la música; pero estos deseos no se han traducido en hechos hasta ahora, limitándose tan sólo á inocentes pullas, á infantiles indirectas que alguna vez han visto la luz pública en las columnas de El Imparcial.
Hoy es imposible callar por más tiempo; fuera el silencio, á más descortesía, temor á un peligro que jamas llegó á asustarnos, que si tiempos atras pudo con razon infundirnos algun espanto; la cuasi seguridad de hallarnos solos en la contienda, hoy ha desaparecido ese temor, hoy ya no existe esa situacion ambarazosa que nos hubiera envuelto con el manto de la soledad, en las sombras de la oscuridad y del silencio.
Era necesario que una palabra elocuente, que una palabra admirable, inspiradas por los acentos de la verdad y la justicia, hiciera oir por vez primera los grandes conceptos filosóficos de una moderna innovacion; era preciso que una voluntad enérgica, que un espíritu delicado, escrutador, y sensible cual pocos á las bellezas del arte, desgarrára con mano firme la tupida venda que oculta tanta parcialidad, ridiculeces tantas.
Esa voz elocuente, esa admirable pluma ha venido, han llegado los acentos de la verdad y la justicia; ese espíritu fino y escrutador se halla ya entre nosotros, y su poderoso aliento, su ardimiento sin igual, su valor esforzado, han sido más que suficientes para producir una revolucion en el juicio público, ansioso siempre de escuchar el lenguaje de la verdad y de la conciencia
A V., Caballero Español, ha cabido esta gloria, que como gloria estimamos nosotros lo que V. ha hecho: destruir, derrumbar de una plumada un edificio sólido y grande al parecer, contruido con la piedra berroqueña de las preocupaciones, amasado con la arcilla del doctrinarismo y endurecido por las sutiles y no por eso ménos crueles brisas de la chacota y el ridículo.
Este edificio ha caido á impulso de su pluma de V., que ensanchando las hendiduras del falso monumento, é introduciendo por ellas la poderosa palanca de la verdad y la razon, ha conmovido todos los cimientos donde se asentaban la pasion y el encono, dando en tierra con ellos, hundiéndose en el polvo para construir sobre los escombros del caido palacio un templo riquísimo al arte moderno, al arte del porvenir.
Hé aquí la obra que V. ha emprendido y llevado á cabo con una profundidad, lozanía y brillantez que jamas nos cansarémos de admirar, y cuyo éxito ha sido, créalo usted, meyor, mucho mayor, del que nosotros esperábamos.
- ¿Has leido el artículo Wagner, escrito por un Caballero Español?
- No tengo noticias.
- Pues léelo y dime luégo lo que te ha parecido.
- ¿Habla de la música del povenir?
- No habla de otra cosa.
- Pues no quiero leeerlo. Que lleven á Leganés á ese Caballero Español y hemos concluido.
- Quien debiera ir á Leganés eres tú. Poco á poco; nadie nos ha ganado ni á mí, ni á Fulano, ni á Zutano, ni á Mengano (omitimos nombres) en la repugnancia que nos ha inspirado Wagner segun hablan de él A., B., C. y D. (volvemos á omitir nombres que V. conoce muy bien), y si es cierto cuanto dice el Caballero Español, nos ha engañado miserablemente: Wagner debe ser, no hay remedio, un talento inmenso, y si las obras que de él conocemos no habian podido convencer á algunos, declaro que á mí y á otros muchos nos ha aplastado (sic) ese artículo de LA ILUSTRACION. ¡Ah! ¡Si se pusiera en escena el Lohengrin!
Al dia siguiente:
- ¿Leiste el artículo?
- Sí.
- Vamos, antiwagnerista feroz, ¿qué te ha parecido?
- Que venga Wagner; quiero conocerlo.
Ahí tiene V., querido amigo, las conversaciones de que hemos sido testigos en un importante círculo musical, círculo sin duda alguna el más importante tratándose del porvenir de Wagner en España.
Los adeptos del maestro aleman han cobrado ánimo y vigor, los indecisos han hecho al fin profesion de fe, los indiferentes se han vuelto curiosos, y mañana quizá entrarán en la comunidad.
Hé aquí la obra de V., ad majorem artis gloriam; hé aquí el resultado de su incomparable artículo, escrito con una fluidez, con una fuerza de razonamientos tan brillante y severa al mismo tiempo, que no se concibe sean fruto de quien no sabe si el mi ó el do se escriben en espacio ó en línea.
¡Gran Dios! ¿Qué hemos dicho? ¡Oh pluma rebelde! ¡Oh impremeditada ligereza! Considérese V. muerto, amigo queridísimo; cubra V. sus carnes con un tosco sayal y ande á pié y descalzo 10 leguas de camino en justa penitencia por haber tenido la osadía, la incalificable, la terrible audacia de ocuparse de música sin ser compositor.
¡Cómo! ¿Se ha atrevido V. á hablar del arte de los sonidos sin enseñar ántes su diploma de discípulo de Fetis ó Mercadante? Prepárese, insigne Caballero, prepárese á recibir cualquier dia una chistosa visita, que no tardará en hacerle algun Quijote musical.
Ya le vemos introducirse con paso lento y torva mirada en la habitacion de V.; ya parece que le vemos dirigirse á V.; ya oimos la conversacion que se entabla entre ambos.
- ¿Es V. ese Caballero Español que firma el artículo Wagner de LA ILUSTRACION?
- Servidor de V.
- Y dígame, si le place, ¿la disonante debe subir ó bajar de grado?
- Puede hacer lo que guste
- ¡Hola! Parece que no está V. muy fuerte en armonía. Vamos á ver; y la sensible, ¿qué me dice V. de la sensible? Supongo que la sensible no será á V. desconocida. ¡Por Dios! Aunque vea V. que Meyerbeer y Gounod la hacen bajar frecuentemente á la quinta para dejar el acorde completo, no siga V. esas perniciosas doctrinas, no señor, yo se lo suplico. La sensible siempre arriba; no hay remedio. Ve V., la tónica es la aguja imantada, y la sensible es el acero; hay una atraccion irresistible. Arriba, pues, siempre arriba. Y si no.....
- Señor mio, soy perfectamente insensible, si he de hablar con franqueza, á esos equilibrios de la sensible, á la que concedo desde luégo mi regium exequatur para que suba ó baje ó se esté donde quiera.
- ¡Cielos! ¿Ni aún sabrá V. siquiera escribir una fuga?
- ¿De consonantes ó de vocales?
- ¡Ah! Me lo habia supuesto. Usted no es músico, no entiende una palabra de armonía ni de contrapunto, y se atreve á escribir artículos musicales. Es la fruta del tiempo, inicada por cuatro títeres que hablan siempre de lo que no entienden. ¡Decir que Meyerbeer es un gran compositor, llamar admirable al terceto del Guillermo, entusiasmarse con el Fausto y el Romeo y Julieta de Gounod, y no saber hacer una fuga!
- Caballero, quien va á hacer una fuga ahora mismo es V. marchándose de aquí y librándome de oir sus tonterías. No necesito saber nada de lo que V. me dice para sentir, mejor que V., los efectos de la música y darlos á conocer en la forma que estime más oportuna, y ni Stendhal, ni Castilblaze, ni Scudo, ni Fiorentino, ni Blaze de Bury, ni Azevedo, ni otros mil, han tenido necesidad de saber hacer fugas para hacer oir su voz y conquistarse mayor ó menor autoridad. Beso a V. la mano.
- Beso á V. la suya y prométole que ha de saber quien soy. ¡Escribir sobre música y no haber sido discípulo de Fétis ó Mercadante! Adios.
Hé aquí un diálogo que es muy fácil pudiera realizarse, aunque á V. parezca sobrado impertinente. No lo dude usted, querido amigo; hay personas en este país, sabios henchidos de conocimientos técnicos, en cuyo magin no cabrá jamas la idea de que la música pueda ser juzgada por quien no conozca muy á fondo todos, absolutamente todos los secretos mecánicos del arte. ¡Y hay que oir sus bramidos de indignacion cuando saben que un profano se permite discurrir sobre la filosofía de la música, ramo ajeno al tecnicismo musical! ¡Hay que admirar el insolente desprecio, la ridícula vanidad con que tratan cualquier escrito que no lleve impreso el sello de la sabiduría escolástica!
Para ellos la belleza consiste en tal diseño melódico, en tal acorde de esta ó de la otra manera resuelto; no perdonarán jamas á Rossini las quintas seguidas del Guillermo, que, á su juicio, disminuyen el mérito de la partitura, y á escribir ellos una crítica musical, es seguro que llevarian á cabo una minuciosa autopsia armónica, hablando de si esta disonancia estaba mal resuelta, si aquel pedal era inoportuno, desmenuzando la ópera por frases, fragmentos de frase y períodos, hasta que aburridos los lectores con la árida fraseología musical, enviarán noramala al sabio escritor ó se durmieran profundamente, poseidos del más férvido entusiasmo.
[p. 14] ¡Como si los grandes compositores al escribir una obra no pudieran dar lecciones á todos estos Aristarcos de relumbron! ¡Cómo si la música se escribiera sólo para los músicos! ¡Desgraciada de ella si tal sucediera!
Pero vemos, distinguido Caballero Español y leal amigo, que nuestra fatal tendencia á las disgresiones ha sido causa de que nos hayamos hasta ahora desentendido por completo del objeto principal de estas desaliñadas líneas.
A fe que nunca para el bien es tarde, y muy escasas habian de ser nuestras fuerzas si, sacándolas de flaqueza, no cumpliéramos lo prometido al principio de este artículo. Quédese, no obstante, para otro dia, que de sobra hemos hoy molestado la atencion de V. Al fin y á la postre, nadie más que V. tiene la culpa. Sírvale, pues, la lectura de nuestro escrito de penitencia, y agréguela á la que le hemos impuesto anteriormente por su magistral fotografía del porvenir.
Con dejar correr solamente su admirable pluma, ha ganado V. una gran batalla, ha conquistado V. victoria envidiable. Sea en buen hora; ahora toca á nosotros recoger los muertos y tratar de curar los heridos que hayan quedado en nuestro campo, obra caritativa y bienhechora que nos esforzarémos en cumplir de la mejor manera posible.
Conformes completamente con cuantas apreciaciones han sugerido á V. las teorías de Ricardo Wagner, vamos á tratar próximamente de la terrible, la fantasmagórica melodía infinita, deseando únicamente contribuir á que el prodigioso artículo de V. quede aún más completo con respecto á las ideas puramente musicales de Wagner. ¡Quiera Dios que nuestro tosco lenguaje, que nuestra escasez de conocimientos y ningun valor no empañen el brillo de esa preciosa joya con que ha engalanado V. la literatura musical de nuestra España!