DANIEL BARENBOIM Y EL ACTO DE LA INTERPRETACIÓN
Un reportaje de Santiago Chotsourian para la revista Clásica, septiembre de 1995

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En sus Memorias, Juan Carlos Paz sostenía que el material escrito en una partitura sólo vibra y tiene
sentido en la medida en que el oyente aprecia el sonido presentificado durante la ejecución.  Tal vez
sin saberlo, Daniel Barenboim retoma esa misma idea, pero poniendo en juego el papel activo del
intérprete frente a la obra.  Antes de su venida a Buenos Aires para actuar en el Teatro Colón al frente
de la Staatskapelle Berlín (25 y 27 de septiembre) y como solista de piano (30 de septiembre y 1º de
octubre) para el Mozarteum Argentino, Clásica tuvo oportunidad de hablar con él en exclusiva desde
Salzburgo.

Tenemos en cuenta su inclinación hacia los ciclos de versiones integrales y damos
permanentemente cuenta de ellos a través de nuestra Radio Clásica.  Ha pensado encarar en el
corto plazo algún proyecto de este tipo?
 
D.B.: En estos momentos me encuentro terminando el ciclo integral de las sinfonías de Bruckner en
discos compactos, con la Filarmónica de Berlín.  Ya hemos grabado desde la cuarta hasta la última;
ahora nos faltan las primeras tres.  Y también con la Filarmónica de Berlín estamos terminando los
conciertos de Mozart.  Ahí faltarán aún unos seis u ocho.
 
Tiene pensado en algún momento grabar también las sinfonías de Mahler?
 
D.B.: No.  Al menos no por el momento.  La verdad es que yo he dirigido mucho Mahler, tanto las
canciones como algunas de las sinfonías.  Pero nunca me he ocupado profundamente de todos sus
trabajos sinfónicos, de modo que sería un proyecto que en estos momentos no se encuentra en mi
agenda.
 
Respecto a la interpretación, cree usted que el intérprete sirve a la obra o más bien que la obra sirve
al intérprete?  Cuál es su opinión respecto al objetivismo o subjetivismo de la interpretación?
 
D.B.: Yo creo que el tema es algo más complejo de como usted lo formula.  Lo que pasa es que si
uno examina un poco el trayecto de una obra, ella primero existe sólo en la mente del compositor, lo
que equivale a decir que es dependiente únicamente de las leyes que aquél pueda fijarse en su
propio cerebro.  Es algo que no tiene nada que ver con la realidad; no hay leyes, ni físicas ni
metafísicas, según las cuales se pueda controlar.  La obra está sujeta en principio, entonces,
solamente a la imaginación del compositor.  Digamos que éste tiene la obra en estado embrionario:
es quien la ha escrito.  La obra en sí no existe; son sólo manchas negras sobre un papel blanco.
Ahora, lo que pasa cuando viene un músico, un pianista, un instrumentista, un cantante o un
director de orquesta, no es cuestión de interpretación; es una cuestión de traer esas manchas
negras sobre papel blanco en forma de sonido a nuestro mundo real, a nuestro mundo físico.
O sea que la Quinta Sinfonía de Beethoven ahora no existe, lo que hay es un código según el cual se
la puede leer.  Pero los sonidos no existen en el mundo en forma permanente, los sonidos son
efímeros y desaparecen una vez que terminan de sonar.  Así que en cada oportunidad resulta
necesaria la intervención de todo un proceso para retraerlos físicamente a este mundo.  No es como
un objeto, que una vez que se ha construido o ya existe queda.  Es por este motivo que no se puede
hablar de servir a la obra o de servirse de ella; en el mismo momento en que se plantea tal cuestión
ya hay algo que no funciona, algo que es falso.  El rol del intérprete es tratar de entender esas
señales que significan en el papel impreso y conocer suficientemente el fenómeno del sonido, cómo
funciona tanto física como metafísicamente, para luego darle vida a la obra poniéndola realmente en
acto.  El intérprete, en el momento mismo en que produce el primer sonido de una obra, establece
para ella una voluntad propia de existir y desarrollarse, y ahí hay que saber cómo manejarla.
 
Siendo tantas las grabaciones que usted hace, lleva un control de los detalles técnicos de la calidad
de sonido o simplemente piensa en dar su mejor interpretación y delega este aspecto a los
técnicos?
 
D.B.: Yo trato de delegar ese aspecto en el personal técnico, y generalmente creo que he tenido
razón en hacerlo así.  Cuando se presenta algún problema específico, naturalmente me intereso,
pero en el momento de la grabación trato de dar toda mi energía y toda mi concentración al aspecto
musical de la obra.  Porque cuando uno empieza a tratar de ocuparse de todo y cede a la manía del
omnicontrol, esta inclinación se vuelve algo muy peligroso.
 
Cómo enfrenta usted una obra nueva?  Tiene un método de análisis especial o se maneja de una
manera un poco más intuitiva?
 
D.B.: Creo que cada obra y cada estilo necesita un análisis diferente.  El primer impulso siempre es
intuitivo.  Cuando uno ve una partitura por primera vez, antes de poder realizarla, recibe un golpe
instintivo y le da esa reacción a lo que está leyendo o tocando.  Pero hay que pasar rápidamente a
un estado más analítico, porque uno puedo imaginar lo que pasaba en el subconsciente de un
compositor; y si bien eso no se puede analizar, sí se puede analizar el resultado objetivo de lo que el
compositor escribió.  Y luego, la tercera etapa, que es la más difícil e interesante y que a mi entender
resulta asimismo imprescindible, es volver a un estado que esté por encima de eso, ya después de
la base racional de conocimiento, para reconstruir a través de ese conocimiento un estado intuitivo.
Y esto es lo que da la dimensión creativa, es lo que puede diferenciar una ejecución correcta de una
recreación.
 
Su relación con Pierre Boulez ha influido en su manera de analizar las obras en esa segunda etapa
objetiva?
 
D.B.: Bueno, yo tengo mucha admiración por él, tanto como compositor como en su rol de director,
y hemos hecho mucha música juntos.  Creo que tenemos un sentido final común, aunque el camino
por el cual llegamos no sea siempre el mismo.  Lo que quiero decir es que la gran capacidad de
Boulez es sonora, de transparencia, de claridad, y de hecho no tan estructural.
 
En el criterio de selección de sus repertorios parecería que hay cierta voluntad casi compositiva,
como si se intentara hacer una especie de suite de sólida estructura.  Cómo ve usted esta
impresión?
 
D.B.: Yo creo que es correcta.  Siempre me ha interesado mucho la continuidad:  la continuidad de
la música, la continuidad del estilo, la continuidad del desarrollo musical.  Y por eso mismo es que
no soy partidario de hacer conciertos con programas dedicados  únicamente a la música
contemporánea.  Porque a la música contemporánea la hallamos en un especie de ghetto, y eso no
es muy justo.  Por ejemplo, sin hablar de música contemporánea pero sí al menos de nuestro siglo,
quiero ver a Webern o Schoenberg a través de Brahms, o Berg a través de Wagner.  Es justamente
esa continuidad la que me fascina y me interesa.
 
Y que va a estar representada en el programa de piano que va a realizar aquí en Argentina.
 
D.B.: La idea detrás de ese programa es la madurez y originalidad de tres grandes compositores en
su primera época:  el Beethoven op. 2, el Schoenberg op. 11 y el Brahms op. 5.  Aunque de los tres
Beethoven fue el más revolucionario, sobre todo en su primer período, en los tres hay una
originalidad y, por así decirlo, una salida estética.
 
Cuál es su posición frente al auge del historicismo musical?
 
D.B.: Toda la preocupación vinculada con las modalidades históricas de la ejecución de la música
ha traído mucho material positivo para la reflexión.  Y la utilización de los instrumentos de época
también ha afinado los oídos, que estaban demasiado llenos de un lenguaje musical propio del siglo
XIX.  Al mismo tiempo, suele haber una falta de comprensión de la dimensión eterna de toda esa
música, y a la vez un malentendido en lo que hace a definir una ejecución como correcta o
definitiva.  Porque hay también una serie de fenómenos acústicos a definir.  Tocar de una manera
determinada con ciertos instrumentos en salas en las que cabían 200 ó 300 personas es una cosa;
tratar de hacer eso mismo en el Teatro Colón o en el Carnegie Hall es otra muy diferente.  Hay
entonces ahí un fallo puramente físico.  Yo no soy partidario de aceptar una esclavitud ligada ni a la
preocupación por la forma de ejecutar ni a la cuestión de los instrumentos.  Lo que sí tomo en
cuenta es todo lo que he podido aprender de las discusiones en torno a esos problemas.
 
Le hago una última pregunta, que es algo que aquí en Argentina nos intriga a todos, y tiene que ver
con la administración de su tiempo...
 
D.B.: Ja, ja (risas).
 
Nadie se explica cómo se las arregla usted para hacer tantas cosas.  Tal vez nos pueda dar una idea
de cómo es un día de agenda suyo, el de hoy o el de mañana, por ejemplo.
 
D.B.: Bueno, hoy fue un día relativamente simple, porque tocamos ayer el concierto de apertura del
Festival de Salzburgo con la Filarmónica de Viena, con el Concierto en Do menor de Mozart y la
Novena de Bruckner, y hoy se repite el mismo programa.  Así que considero que he tenido el día
libre, y lo he gozado mucho.
 
 
 
                               CRONOLOGIA FUNDAMENTAL
 
 
1942 - Hijo de padres músicos, Daniel Barenboim nace en Buenos Aires.
1949 - Debuta en su ciudad natal a los 7 años de edad, como un niño prodigio del piano.
1952 - Emigra a Israel, para continuar allí su preparación.
           Estudia con el pianista Edwin Fischer y el director Igor Markevich.
           Debuta como intérprete de piano en recitales en Roma y Viena.
1955 - Recibe el Diploma de la Academia de Santa Cecilia en Roma.
           Gana el Certamen de Piano Alfredo Casella en Nápoles.
           Estudia composición en París con Nadia Boularnger.
1957 - Interpreta el Concierto para piano de Prokofiev en Nueva York, dirigido por Leopoldo Leopoldo Stokowski.  Desde este momento figurará en los programas de las salas más importantes de Europa y los Estados Unidos.
1960 - Se radica un tiempo en Londres, donde traba amistad con músicos como Zubin Mehta, Itzhak Perlman, Pinchas Zukerman, Isaac Stern y la cellista Jacqueline Du Pré, con quien se casa en 1967.
1967 - Inicia su carrera como conductor en Londres.  Mientras tanto, continúa ofreciendo recitales de piano, tocando música de cámara, acompañando recitales de Lieder y dirigiendo conciertos.
1974 - Hace su debut como director de ópera con Don Giovanni en el Festival de Edimburgo.
1975 - Es nombrado Director Musical de la Orquesta de París, cargo que mantiene hasta el año 1989.
1978 - Hace sus primeras apariciones con la Opera Alemana de Berlín.
1981 - Debuta en Bayreuth como conductor en la producción de Jean Pierre Ponnelle de Tristán (R.Kollo-J.Meier-M.Salminen-H.Becht-H.Schwarz).
1988-92 Dirige el ciclo del Anillo del Nibelungo de Harry Kupfer en Bayreuth.
1990 - Acompaña a la Filarmónica de Berlín en su primera gira en Israel.
1991 - Es nombrado Director Principal de la Orquesta Sinfónica de Chicago.
1992 - Firma un contrato de diez años como director artístico de la Orquesta de la Opera Alemana Unter den Linden.
1993 - Dirige la producción de Heiner Müller de Tristan en Bayreuth.
1994 - Dirige el Don Giovanni de Patrice Chéreau en el Festival de Salzburgo.
1995 - Continúa dirigiendo la Orquesta Filarmónica de Berlín, la Orquesta Sinfónica de Chicago y la Orquesta de la Opera Alemana de Berlín.  Su desempeño en Fidelio con la Orquesta de la Opera Alemana en el Théâtre du Châtelet de París es aclamado por la crítica.  Dirige y graba la ópera de Hannibal Lokumbes African Portraits en Chicago.  Realiza presentaciones en Bayreuth como conductor y en el Festival de Salzburgo como director y pianista.